Aún falta para el estreno de Toy story 5 este 18 de junio pero cada anuncio que se hace de la producción genera olas de conversación.

La pregunta no es por qué Woody y Buzz vuelven, sino por qué seguimos necesitándolos.

Cuando Toy story se estrenó en 1995 no solo inauguró la animación digital a gran escala sino una forma de mirar la infancia. Nos habló del mundo secreto de los objetos cuando el niño sale del cuarto. Del miedo a ser sustituido. Del vértigo de dejar de ser el favorito.

Durante casi tres décadas, la saga acompañó a generaciones que crecían, se mudaban, se despedían. Cada entrega dialogó con su época: pertenecer, soltar, aceptar que todo cambia. Hoy, el contexto es otro. En los 90 el enemigo era el olvido. En 2026 el adversario es la saturación. No porque la tecnología sea nueva (Pixar nació de ella), sino porque la experiencia infantil se ha transformado.

El tiempo de exposición a pantallas en menores ha aumentado de forma sostenida en la última década, según organismos de salud pública. El juego físico compite con dispositivos diseñados para capturar atención constante. Y entonces la pregunta cultural se vuelve inevitable: ¿qué significa que una saga sobre juguetes regrese cuando el juego ya no es el centro?

Disney no reactiva franquicias por romanticismo. Lo hace porque son marcas con retorno previsible en una industria que todavía reajusta su equilibrio tras la pandemia y el reordenamiento del streaming. Pero hay algo más profundo. Toy story siempre habló del miedo a quedarse atrás. Del juguete desplazado por el modelo nuevo. Hoy, ese conflicto ya no es solo argumento: es estructura.

El cambio no ocurre entre muñecos, sino entre formas de atención. Entre el juego inventado y la inmediatez del contenido infinito. No se trata de demonizar. El problema no son las pantallas, sino el ritmo que imponen. El consumo simultáneo. La dificultad para sostener la mirada sin estímulo inmediato. El juego tradicional exige algo que el algoritmo no ofrece: pausa interior. Espacio propio para que algo surja sin guía.

Hay una paradoja en que una franquicia nacida como revolución tecnológica pueda convertirse ahora en defensora simbólica del juego analógico. Pixar, que transformó la animación con software, podría terminar reivindicando la lentitud. Las sagas sobreviven porque se adaptan. Las infancias cambian porque el mundo se transforma. Si aún sabemos aburrirnos, si recordamos cómo era jugar sin tutorial, sin recompensa instantánea, sin una pantalla encendida como telón de fondo, quizá esta nueva entrega no tenga que salvar a los juguetes sino recordarnos que la imaginación desaparece cuando dejamos de concederle cuidado, dedicación.

Hoy lo escaso no es la innovación, es la capacidad de detenernos. Y tal vez por eso seguimos regresando a esa habitación donde nadie mira. No para que los juguetes hablen, sino para comprobar si todavía sabemos quedarnos ahí, sin prisa, mientras algo (imperfecto, lento, nuestro) nos abraza.

unmundodecine@gmail.com

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