Muchos economistas, políticos y miembros de la élite subvaloran la importancia de los trabajadores, especialmente en las empresas que se dedican a la logística, manufactura y transporte. Se menciona que la automatización y las nuevas revoluciones industriales disminuirán los costos de capital humano. Es cierto que la robotización masiva va a suceder en algún momento relativamente cercano, pero ahora mismo con la pandemia del COVID-19 el mundo depende de estos trabajadores, los cuales han sido menospreciados y catalogados como obreros de baja especialidad o de cuello azul (como les llaman los estadounidenses).

Desde los servicios públicos de limpieza o mantenimiento, hasta quienes se encargan de mantener activas las industrias que producen bienes básicos, estos trabajadores están cumpliendo con su obligación por necesidad y amenaza de un futuro incierto, pero a muchos de ellos se les está presionando hasta el límite con recortes salariales, falta de medidas de higiene básicas, descansos no pagados, despidos y recontrataciones ilegales, entre otras.

El problema con esta situación es que se asume que los trabajadores son fácilmente remplazables y el sector productivo continua, se vuelve más eficiente (mientras menos mano de obra exista y se mantenga el mismo nivel de producción, entonces habrá mayor nivel de ganancia). Pero, precisamente por esta lógica es que se están dando las condiciones para la formación de una crisis económica en la que la demanda se está contrayendo, provocando insuficiencia en la capacidad de gasto para reactivar el ciclo productivo, lo que va a limitar la posibilidad del sector laboral para contratar personal aún cuando la pandemia del COVID-19 haya terminado.

Ya el 26 de marzo de este año la mayoría de los economistas estadounidenses de renombre denunciaban con alarma el incremento de 1,500% en la tasa de desempleo de su país en tan solo una semana (por lo que se pasó de 282 mil a 3 millones de desempleados), algo de lo que ni siquiera se tiene registro, ya que en la historia no había sucedido algo similar, por lo que los efectos son todavía desconocidos.

Ahora bien, para comprender la dimensión real de la crisis económica a la que todos nos vamos a enfrentar en poco tiempo, también se suma la amenaza de cuarentena total que se cierne principalmente sobre los trabajadores informales, los cuales de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT) a nivel mundial son más del 60% de la Población Económicamente Activa (PEA). Y es que, como se sabe, los trabajadores informales no cuentan con seguridad social, prestaciones, pensiones y otros derechos básicos (aunque pareciera que dichas cuestiones tienen cada vez menos importancia por los recortes y debacles que amenazan los derechos de los trabajadores, así como por las bajas remuneraciones). Por lo que ante un panorama tan incierto este amplio sector va a tener que elegir entre el riesgo de enfermarse y contagiar a su familia o pasar hambre y, aún así tener altas probabilidades de contraer el padecimiento.

Por lo mencionado anteriormente es fundamental que los gobiernos comiencen a tomar conciencia de que no solamente se trata de incentivar la actividad económica mediante estímulos fiscales y monetarios, sino que esta es una buena oportunidad para establecer nuevos mecanismos de trabajo en el que los actores informales sean miembros activos que ayuden a colectivizar fondos de emergencia y subsidios para estas situaciones. Además de sentar bases para fortalecer la cohesión social, reconocer la aportación de estos y mejorar la capacidad productiva de los Estados.

Profesora Investigadora del Departamento de Producción Económica, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco y presidenta de la Sociedad Mesoamericana y del Caribe de Economía Ecológica. Correo: gioconda15@gmail.com

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