El ataque militar de Estados Unidos a Venezuela no puede leerse como un episodio aislado ni como una respuesta coyuntural a la figura de Nicolás Maduro, pues lo ocurrido marca un punto de inflexión en la redefinición de la geopolítica contemporánea, donde el uso abierto de la fuerza se impone sobre las cada vez más débiles instituciones multilaterales que ya de por sí venían heridas de muerte ante la imposibilidad de frenar el genocidio en Gaza, sin olvidar los múltiples conflictos que se desarrollan simultáneamente, desde Ucrania y Medio Oriente hasta África y Asia. Evidenciando la incapacidad, y en el peor de los casos, la complicidad de los organismos multilaterales para frenar estas problemáticas, poniendo en entredicho su relevancia, pues sino ¿cuál era el fin último de estos organismos?
Bajo el discurso oficial de combatir al narcotráfico y capturar a un fugitivo internacional, Washington reactivó una lógica que muchos -especialmente los que están fuera de América Latina creían superada-, la intervención directa para reordenar territorios considerados estratégicos. La narrativa jurídica, ya debilitada por el reconocimiento de que el llamado Cartel de los Soles no existía como organización formal, revela que el problema no era únicamente Maduro, sino la orientación geopolítica de Venezuela y su alineamiento con actores que disputan la hegemonía estadounidense, como China y Rusia.
Aquí hago un paréntesis: recuerdo con cierta amargura que hace un par de meses participé en un evento organizado por una universidad alemana, y al finalizar este, la principal queja de los colegas de ese país fue: “los latinoamericanos no han superado el trauma del intervencionismo, eso es un tema ya superado”. Me gustaría que hubiesen estado en lo correcto, pero todxs en esta región sabíamos que era cuestión de tiempo antes de que volviera a pasar una situación así.
En un mundo dominado todavía por los hidrocarburos y atravesado actualmente por crisis energéticas provocadas, es válido y correcto señalar que Estados Unidos hizo esto por el petróleo venezolano (principalmente, y sin reducirlo al absurdo), pues quien controla los flujos de energía controla buena parte del sistema internacional. El petróleo venezolano, junto con su gas, oro y demás minerales estratégicos, no es solo una riqueza económica, más bien se trata de una palanca de poder global para los yanquis.
Hoy en este escenario se presenta un actor que carece de contrapesos reales, capaz de ejecutar operaciones militares contra Estados soberanos sin que exista una reacción efectiva
de la comunidad internacional. Esto resulta particularmente inquietante para América Latina porque si el combate al crimen organizado puede utilizarse como justificación para una intervención de esta magnitud, entonces el problema no sólo es Venezuela, sino la elasticidad peligrosa del argumento, pues basta con fabricar una amenaza o exagerarla para convertir a cualquier país incómodo en un objetivo legítimo.
Dos casos son los más urgentes por las amenazas directas que ha lanzado el presidente Trump y parte de su equipo de trabajo, así como políticos menores ávidos de atención, en contra de sus gobernantes.
El primero es México, que ocupa una posición especialmente vulnerable, ya que no sólo es vecino inmediato de Estados Unidos, sino un territorio estratégico en términos de energía, agua, biodiversidad y minerales críticos. La crisis del narcotráfico que nos atraviesa desde hace más de dos décadas ha estado profundamente vinculada a dinámicas transnacionales donde el papel de Estados Unidos ha sido central, tanto en el consumo como en el tráfico de armas y capitales. En este contexto, la soberanía deja de ser un principio y se convierte en una concesión condicional, se tolera mientras no interfiera con intereses estratégicos mayores.
El segundo es Colombia, ya que Trump amenazó directamente al presidente Petro mencionando que sería el siguiente. Este país ha combatido al narcotráfico como ningún otro en la región, especialmente en el último periodo presidencial con resultados que superan por mucho a sus antecesores, por lo que ha pagado costos humanos altísimos y ha sido presentado durante años como el caso exitoso de la política estadounidense de cooperación. Sin embargo, bajo lógica intervencionista actual, los ataques no dependen del comportamiento histórico del país señalado, sino de su utilidad o incomodidad en un momento determinado.
La pregunta ya no es si México o Colombia podrían ser señalados, presionados o intervenidos bajo una lógica similar, sino qué tan preparados estamos para evitarlo si es que sucede. Venezuela nos muestra que, en el nuevo orden geopolítico, el derecho internacional no protege por sí solo y que los bienes naturales son más una sentencia que en una ventaja. México y Colombia no pueden limitarse a la prudencia discursiva, necesitan asumir un liderazgo activo en la defensa del multilateralismo, la soberanía y la vida, antes de que la advertencia que hoy llega desde Caracas se convierta mañana en una realidad propia.

