La historia deja verse como el milenario esfuerzo por ponerle contrapesos al poder ejecutivo (desde jefes de tribus y emperadores hasta presidentes y primeros ministros)?

Desde luego, hay muchas lecturas posibles de la historia, y esta pregunta postula una, hoy muy pertinente a la vista de los acontecimientos.

Las últimas declaraciones y acciones del especulador inmobiliario neoyorquino exigen una revisión de los contrapesos, que por momentos parecen no existir, pero que sí están actuando.

El fin de la Segunda Guerra Mundial –lo sabemos muy bien– trajo la exigencia de un nuevo orden internacional, con equilibrios de poderes y con contrapesos tales como la Organización de las Naciones Unidas. Se trataba básicamente de fortalecer el poder civil frente al poder militar.

Si entonces alguien hubiera dicho que el peligro de una Tercera Guerra Mundial provendría de un presidente norteamericano y de un individuo a la orilla del Mediterráneo oriental, nadie le hubiera creído. Y sin embargo dos personas con estas características traen al planeta en vilo, como no lo estaba desde la crisis de los misiles en octubre de 1962.

Creo haber entendido que en aquellos días el papa Juan xxiii envió sendas cartas al presidente norteamericano John F. Kennedy y al secretario general del Partido Comunista soviético Nikita Krushev y que tales letras contribuyeron a darle salida al conflicto.

Tendríamos un ejemplo de un poder institucional religioso, eclesiástico (aunque la Santa Sede es también un Estado), como contrapeso a aquel poder de la maquinaria de guerra contra el cual nos había alertado D. Eisenhower en su última alocución como presidente (enero de 1961: la crisis sobrevino menos de un año más tarde; el asesinato de Kennedy, menos de tres años; la defenestración de Krushev, menos de tres y medio).

Las iglesias serían hoy para mí representantes de un poder cívico en el cual también se encontrarían las organizaciones para la paz y para el cumplimiento de las 17 metas del milenio, expuestas hacia 2003. La educación es una meta. Las escuelas son un contrapeso frente a la barbarie de los poderes ejecutivos cuando estos últimos se ejercen desde la psicopatología y desde los intereses económicos a corto plazo.

Desgraciadamente una figura prestigiosa en Estados Unidos, el obispo Robert Barron, ha caído en la trampa tendida desde Avenida Pensilvania 1600 en D. C. y ha asistido a una cuasi función circense en el Ala Este para “bendecir” a los inminentes invasores. Un video en YouTube registra sus palabras, que sin duda contradicen el empeño del papa León xiv por hacernos entender que ninguna religión apoya el asesinato de seres humanos.

Sin quererlo, el valiosísimo obispo refuerza la hipótesis de una alianza “sionista–cristiana”, expuesta en textos que me llegan y que merecen un análisis cuidadoso. En todo caso, tal alianza agruparía solamente a poderosísimas cúpulas militares, económicas y políticas, ajenas a la mayoría de quienes profesan una u otra fe; las religiones ya tienen que haber comprendido que vivimos una era de últimas oportunidades, y las instituciones eclesiásticas y los miles de millones de personas en ellas acaso intuyen que esta es una última oportunidad para una religiosidad de la paz, no de la guerra. Sin duda, Robert Prevost lo entiende muy bien. Tal “alianza” es una parodia cruel del ecumenismo de un Juan xxiii o un Paulo vi.

La Iglesia católica practicó maldades durante siglos, mientras se asumió como poder ejecutivo político y militar; la Inquisición española –no se olvida– fue antecedente del nazismo, entre otras causas porque puso a los ciudadanos a espiarse y acusarse unos a otros (al inicio de El proceso, de Franz Kafka, una vecina se asoma a ver qué pasa en el departamento de Joseph K. cuando los agentes del Estado llegan a notificarle la apertura de un expediente).

Hace bien hoy la Iglesia en parecerse a la idea de sí misma, a la esencia y la esencialidad de su ser, de las que desde la fenomenología habla Edith Stein en su Ser finito, ser eterno, de 1936. Las tensiones son tales que aparentemente es cierta la noticia de que en el Pentágono se reza para que se destruyan pueblos enteros al otro lado del planeta: el genocidio parece ser más contagioso que el covid.

En 1915 Winston Churchill creyó que podría tomar el Estrecho de los Dardanelos y vencer así a los otomanos. Actuó con una arrogancia imperial que hoy se estudia en libros de historia, de geopolítica y de estrategia (en este caso, paradigmáticamente fallida).

Una espléndida película de Peter Weir, Galipoli (1981), presenta los impersonales efectos de una escaramuza en la que mueren muchas personas, entre ellas dos jóvenes australianos con toda la vida por delante. La escaramuza se realizó para distraer a los turcos, que de cualquier modo ganaron. Y el estrecho no cayó en manos de los británicos, pésimamente dirigidos por Churchill. El hombre del puro y el whisky confiaba en que la victoria sería rapidísima y con ello aliviaría a Rusia y agilizaría el desenlace.

Hoy el especulador inmobiliario neoyorquino amenaza al mundo para que se reabra otro estrecho, el de Ormuz. Se le recuerda que el estrecho estaba abierto hace dos meses y que fueron sus decisiones las causantes del cierre.

El poeta europeo Rainer María Rilke recorrió sitios en busca de una correspondencia entre los paisajes y el mundo interior. Ronda, en Andalucía, fue uno de esos espacios: “De la misma manera que una aparición es infinitamente superior a la simple presencia de una persona, esta ciudad, este paisaje prevalece sobre la existencia del paisaje tal como lo conocemos. Contemplándolo, uno se sentía como Moisés, obligado a presentar su rostro a lo nunca visto. Es cierto que, algunos años antes, países extraños ya me habían producido una impresión extraordinaria, pero de repente, en Ronda (aquella localidad del sur de España), comprendí con toda claridad que mi vista estaba sobresaturada. También allí el cielo se presentó tan grandioso y las sombras de las nubes dejaron aquella marca sobre la esencia de la tierra” (Cartas a Benvenuta. Traducción de Alfonsina Janés. Barcelona: Grijalbo, 1989, pp. 24–25).

Esencia. Esencialidad. Los estrechos geográficos tienen su esencia. Parecen estar allí para detener a ejecutivos carentes de contención, a imperios que perdieron un mínimo atisbo de los límites. La naturaleza practica sus propias murallas ante las impertinencias del homínido.

Y hay otros estrechos: las estrecheces de la arrogancia, la estupidez, la antipatía, la ausencia de una mínima compasión hacia nosotros, que representamos el poder ciudadano, el más numeroso, sí, y el más disperso y agobiado.

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