Una profesora imparte clases de español en línea. Su alumna viste ropa militar y le pide que la disculpe si suena la alarma y tiene que ausentarse: está en Jerusalén. Y, en efecto, una vez suena un alarido agudo, y la clase se interrumpe.

La alumna no parece asustada ni mucho menos angustiada: el peligro se ha normali-zado.

Millones de escenas como esta se entrecruzan a cada rato, y el entrecruzamiento de destinos humanos es más peculiar, más intenso, más dramático en tiempos de guerra.

Peculiaridad, intensidad y dramatismo se agudizan en las decisiones que han de to-marse. La vida de Edith Stein estuvo marcada por una guerra mundial y media (murió en Auschwitz el 9 de agosto de 1942 junto con su hermana Rosa) y por decisiones de paradig-mática valentía en los ámbitos personales, políticos, filosóficos, anímicos, espirituales.

Escribe Michel Esparza:

Mediante el estudio de la empatía, Stein ve un modo de trascender la inmanencia del yo. En diálogo con Max Scheler hace notar que, así como a través de la percepción interna de nuestras Erlebnisse (experiencias internas o vivencias) se nos hace presente de modo inmediato nuestro yo individual, las experiencias empatizadas nos revelan el yo individual de otros suje-tos. Aun así, los mecanismos de revelación del yo propio y ajeno son diferentes; en el primer caso se trata de una experiencia primordial y originaria mía, mientras que en el segundo caso estamos ante una experiencia no primordial, es decir, ante una experiencia que no es original-mente mía y es vivida como siendo de otro yo. Sin embargo, aunque la experiencia empatizada no sea originalmente mía, de algún modo sí que lo es, pues el objeto de conocimiento pertenece a la interioridad del sujeto conocedor.

Las siguientes palabras resumen la concepción steiniana de la Einfühlung (empatía): “En mi vivencia no originaria me siento, por así decirlo, guiado por una vivencia originaria que no es vivida por mí originariamente, pero que está en mí y se me manifiesta.” […] Dice Stein que

la finalidad de la fenomenología consiste en esclarecer y proporcionar el fundamento último de todo conocimiento (El pensamiento de Edith Stein. Pamplona: Universidad de Navarra, 1998, pp. 66–67).

Ella se abocó a los fundamentos del conocimiento en general y al conocimiento de las personas en concreto: la empatía “nos revela el otro yo también como persona espiritual: capacitada por ejemplo para realizar actos voluntarios” (Esparza, p. 69).

Una joven que se viste de militar y aprende una lengua es un símbolo de tensiones fundamentales de la condición humana en nuestro tiempo, un tiempo abierto al mundo como gran pertenencia (aprendo otro idioma para expandir mis posibilidades globales, más tratán-dose de una lengua como el español, y asimismo para comprender a otras personas) y como la pequeña pertenencia de los nacionalismos, a la vez expansionistas y defensivos.

Y ya vamos viendo que Edith Stein nos ofrece una herramienta gnoseológica valiosí-sima al mostrarnos cómo las experiencias de las otras personas no son primarias para mí, pero pueden serlo; Yuridia Cecilia de la Cruz Gerardo lo extracta así: el interés de la filósofa de origen judío consiste en “hallar la esencia de los actos de empatía; si las experiencias de la conciencia son originarias en quien las tiene, las vivencias ajenas son actos no originarios” (Cuadernos de Pensamiento 37 [2024], p. 363). Pues bien, la empatía tiende un puente entre mis vivencias originarias y tus vivencias originarias, de modo que para mí tus vivencias sean de algún modo originarias: se acerquen a ser intrínsecas también para mí y no permanezca-mos tú y yo en los laberintos de soledad de los que habló el poeta Octavio Paz.

La sensibilidad poética, por cierto, y artística, le permite al ser humano diseñar modelos y símbolos para la construcción de puentes empáticos: por ejemplo, nos “identificamos” con el héroe o heroína que sufre mediante las peripecias e historias que vive.

Edith Stein conecta a) cuerpo (en dos vocablos: Körper, mera materia, y Leib, con ánimo y conciencia), b) alma, c) núcleo y d) carácter (p. 362).

Años después, hacia 1925, Edith pensó el Estado desde la fenomenología: búsqueda de la esencia como síntesis. Concluyó que “el Estado no es una persona en sentido estricto –‘no tiene alma’–, sino que cumple bien su función en la medida en que favorezca positivamente los valores […] de cada individuo. […] Cada persona, ejercitando su libertad, es responsable de conjugar estos valores individuales con los valores estatales” (Esparza, pp. 83–84).

El Estado “no tiene alma”, nos dice Edith Stein. El cuerpo, el alma, el núcleo, el carác-ter son aportaciones de las personas a esa instancia múltiple que debería ser dirigida por personas con mucha alma y mucha empatía.

Las guerras actuales nos van mostrando que la frase “no tiene alma” pasa de ser pura-mente descriptiva, técnica, a ser valorativa, dramática: matar a 120 niñas con una sola bomba ratifica aquella percepción que tuvo Franz Kafka del Estado; nacido apenas ocho antes que Edith, Franz nos mostró un Estado no únicamente sin alma, sino sin cara: sin la entereza de dar la cara. Culpar al propio país de las niñas por aquella bomba es ratificar que hoy hay gobernantes muy cínicos y reaccionarios: usan las mismas técnicas de culpar a la víctima que emplearon el fascismo y el nazismo y que corresponden a las épocas más retrógradas.

Un fantasma recorre el mundo. Es el zombi del expansionismo, es el cadáver viviente del ánimo de anexión, que creíamos definitivamente muerto tras el fracaso de Hitler y Mus-solini hace 81 años. ¿Fantasmas, zombis y otros cadáveres históricos gobiernan un mundo desajustado entre sus mejores propuestas para mañana y sus peores pesadillas del ayer?

Un ministro está hablando de anexarse la casa del vecino. Si de revivir cadáveres se trata, podría resucitar la palabra Lebensraum (“espacio de vida”), que crearon los nazis como pretexto para apoderarse de muchísimas casas de muchísimos vecinos.

Nulificada por completo la Organización de las Naciones Unidas en su dificilísima tarea de procurarnos un arbitraje prudente y prudencial, a las personas nos corresponde, como

en otros momentos históricos, buscar los mecanismos para que los Estados tengan alma, quiero decir, para que no sean unos desalmados.

Y la responsabilidad histórica de arrojar bombas a niñas es de quien toma la decisión y también de quien ciegamente la ejecuta.

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