Las imágenes que han dado la vuelta al mundo esta semana, mostrando a un Nicolás Maduro bajo custodia estadounidense tras una operación militar relámpago en Caracas, son un hito histórico y geopolítico. Sin embargo, más allá del estruendo de las botas y helicópteros sobre el territorio venezolano y el shock diplomático, lo que estamos presenciando es una cátedra magistral, sobre cómo se construye la narrativa de una intervención en el Siglo XXI.
La realidad física es innegable, fuerzas armadas de una potencia extranjera ingresaron a un territorio soberano para extraer a su jefe de Estado y esposa. En el derecho internacional clásico, esto tiene nombres incómodos. Pero en la arena de la comunicación política, la batalla no es por el territorio, sino por la forma de contar la historia.
Expertos en crisis de comunicación como Paul Argenti, profesor de Comunicación corporativa en Tuck School of Business; o teóricos como Timothy Coombs, suelen hablar de la importancia de la Hora de oro (el tiempo inmediato tras un evento crítico). Quien define la historia en esos primeros minutos, define la realidad. En este caso, Washington aplicó una estrategia para clase de Maestría en Comunicación, el reencuadre por trascendencia, es decir reducir la intensidad emocional negativa asociada al problema, al hacer que parezca menos abrumador de lo que realmente es.
El gobierno estadounidense sabía que enfrentaría una crisis de reputación mundial por omitir el derecho internacional. Para contrarrestarlo, no ocultaron la invasión, sino que la resignificaron. Como señala la teoría de la Restauración de la Imagen, desplazaron el foco del acto ilegal (la invasión) al resultado moral (la liberación). Al saturar la agenda mediática con las pruebas de los crímenes del régimen chavista antes de que se debatiera la legalidad de la incursión, lograron que la audiencia global, aceptara implícitamente que la ley es secundaria ante una emergencia humanitaria.
Si bien es sumamente grave que un país extranjero viole la soberanía de otro, el análisis estaría incompleto si no nos hiciéramos la pregunta que hoy recorre las calles de Caracas y que ningún defensor purista de la soberanía quiere responder, ¿cuánto tiempo más le hubiera llevado a los venezolanos terminar con una dictadura como la de Maduro si los norteamericanos no hubieran intervenido de esta manera?
La maquinaria de represión construida por el chavismo, con asesoría de inteligencia cubana y tecnología rusa e iraní, había demostrado ser impermeable a marchas pacíficas, presiones diplomáticas y sanciones económicas. La oposición interna estaba exiliada, encarcelada o agotada. Siendo honestos, sin esta intervención, es probable que la dictadura se hubiera perpetuado por décadas, condenando a dos o tres generaciones más a la miseria y al éxodo.
Como bien señaló este fin de semana una editorial en The New York Times sobre la operación ordenada por la administración Trump, el acto es un despliegue de fuerza unilateral diseñado tanto para el consumo doméstico estadounidense como para reordenar el tablero regional. No estamos ante una invasión (una palabra cargada de resonancias imperialistas); estamos, según la narrativa de Washington, ante una operación de justicia, una liberación o una restauración democrática.
Aquí es donde entran en juego los mecanismos de la Comunicación estratégica. El primer paso para justificar lo injustificable es el encuadre (framing), cómo los medios enmarcan la información para influir en la percepción. Expertos en comunicación como Robert Entman nos han enseñado que encuadrar es seleccionar algunos aspectos de la realidad percibida y hacerlos más prominentes en el texto comunicativo, de manera que promuevan una definición particular del problema y una evaluación moral específica.
En el caso venezolano, el encuadre exitoso requiere borrar el concepto de soberanía nacional y reemplazarlo por el de imperativo humanitario o seguridad nacional. Al poner el foco exclusivamente en los crímenes y el autoritarismo del régimen de Maduro, elementos reales y condenables, se busca que el público acepte que el fin justifica los medios.
El segundo elemento es el uso quirúrgico del eufemismo. George Orwell nos advirtió que el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato respetable. En la neolengua de la intervención moderna, los bombardeos son ataques quirúrgicos, las víctimas civiles son daños colaterales y un golpe de Estado ejecutado desde el exterior se convierte en una transición asistida. Esta limpieza semántica es vital para anestesiar a la opinión pública. Si se llamara a las cosas por su nombre, el rechazo moral sería inmediato. Al usar eufemismos, se desactiva la alarma ética.
Finalmente, para que la intervención sea digerible, el objetivo no puede ser sólo un líder político adversario; debe ser la encarnación del mal. La demonización sistemática de Maduro a lo largo de los años, más allá de sus responsabilidades reales en la crisis venezolana, ha servido para deshumanizarlo hasta el punto en que cualquier acción en su contra parece no sólo permisible, sino deseable.
Lo sucedido en Venezuela sienta un precedente peligroso para América Latina. No sólo por la acción militar per se, sino por la facilidad con la que la narrativa de la fuerza se ha impuesto sobre la narrativa del derecho. Si aceptamos que una invasión puede ser exitosamente rebautizada como un rescate a través de la pura repetición mediática y la saturación en redes sociales, habremos perdido una barrera fundamental de defensa. En la guerra híbrida actual, los primeros disparos siempre son semánticos. Y en esta ocasión, la verdad fue la primera baja confirmada.
Licenciado en Periodismo por la UNAM. Tiene un MBA por la Universidad Tec Milenio y cuenta con dos especialidades, en Mercadotecnia y en Periodismo de investigación por el Tec de Monterrey.
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