En la antesala de la revisión del T-MEC programada para julio de 2026, México se encuentra en un punto de inflexión en donde la diplomacia tradicional ya no es suficiente. Los equipos técnicos han comenzado a mover sus piezas en un tablero en donde la percepción de riesgo compite directamente con los indicadores macroeconómicos.

Es una tentación natural que la atención mediática se vuelque hacia la retórica de la Casa Blanca; o a la destreza de nuestros negociadores frente a las presiones arancelarias de figuras como Jamieson Greer (mano derecha de Trump en la revisión del T-MEC); sin embargo, caer en esa reactividad discursiva sería un error táctico.

La verdadera defensa del acuerdo comercial no se libra en los despachos de Washington, sino en la eficiencia de nuestras aduanas, en la robustez de nuestras redes eléctricas y en la pacificación de nuestras carreteras. Como bien ha señalado el sociólogo Manuel Castells, el poder reside en la capacidad de procesar información y generar confianza; por ello, la narrativa de México no debe ser de justificación, sino de legitimidad de desempeño.

Para imponer una visión convincente, el país requiere aplicar lo que dice George Lakoff, un cambio de enfoque en lo que negocie. No podemos seguir comunicando desde el marco mental de la concesión o la defensa ante el proteccionismo del norte.

El desafío de la llamada "triangulación" asiática debe ser reformulado no como una amenaza a la soberanía, sino como la oportunidad histórica para que México asuma el liderazgo en la creación de valor agregado regional. El nearshoring no es un fenómeno inercial, es un acto de comunicación de confianza que exige que pasemos de ser un centro de ensamblaje a un motor de innovación.

Esta transición requiere que nuestra narrativa interna sea coherente con la externa; si queremos ser el socio indispensable de Norteamérica, nuestra infraestructura debe dejar de ser nuestro talón de Aquiles para convertirse en nuestra mejor carta de presentación.

A 100 días de que el Mundial 2026 coloque a México en el escaparate global, el país tiene la oportunidad de ejercer lo que Joseph Nye define como soft power, la capacidad de atraer inversión no vendrá sólo de los tratados firmados, sino de la imagen de eficiencia logística y estabilidad que proyectemos al mundo en el marco de ese evento deportivo.

No obstante, ese relato de modernidad se debilita si no resolvemos la crisis de certidumbre operativa. La inversión extranjera busca energía limpia y seguridad hídrica, factores que hoy superan en relevancia a cualquier cláusula técnica. La seguridad y la gobernanza son, en última instancia, los pilares de nuestra reputación país; sin un Estado de derecho que garantice que las mercancías lleguen a su destino sin contratiempos, el discurso de la competitividad se vuelve una promesa vacía. El capital, por naturaleza, es sensible al riesgo y siempre buscará los entornos en donde la ley proteja la inversión con la misma fuerza que la geografía la facilita.

La revisión del T-MEC debe entenderse como un diagnóstico profundo de nuestra madurez institucional. Nuestros negociadores podrán ganar tiempo en las mesas de diálogo, pero la prosperidad de la próxima década se está redactando hoy en el territorio nacional.

Es imperativo dejar de mirar hacia el norte con una mezcla de ansiedad y sospecha para comenzar a mirar hacia adentro con un sentido de urgencia estratégica. Debemos transformar nuestros problemas estructurales en una narrativa de soluciones tangibles que confirme a México no como un vecino bajo examen, sino como el aliado estratégico e imprescindible que el bloque norteamericano requiere para competir en el siglo XXI. La certidumbre no se negocia en el extranjero, se comunica y se construye aquí.

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