Existe una creencia peligrosa, casi mística, incubada en las oficinas de las altas direcciones y en los pasillos de las dependencias gubernamentales; la idea de que un buen logotipo, una campaña de hashtags ingeniosos o un manejo de crisis basado en la contención de daños pueden, por sí solos, sostener el prestigio de una institución. Como si la comunicación fuera una capa de pintura mágica capaz de ocultar las grietas de una estructura que se cae. 

La realidad; sin embargo, es terca. Como bien señalaba el maestro español Joan Costala imagen no es un barniz, sino un "activo de civilización" que nace de la identidad profunda. En el periodismo y en la trinchera institucional hemos aprendido que no existe estrategia de marketing que sobreviva a la falta de hechos.  

El marketing que intenta vender lo que no existe no es comunicación; es, en palabras de Philip Kotlerel padre del marketing moderno, una visión arcaica que olvida que el marketing auténtico es el arte de crear valor real, no de engañar al ojo. 

En dependencias públicas y en el ámbito empresarial, hemos visto desfilar presupuestos millonarios destinados a "lavar la cara" de administraciones o corporativos. Se contratan agencias de renombre, se segmentan audiencias y se lanzan videos con una estética cinematográfica. Pero, ¿qué sucede cuando el usuario llega a la ventanilla y el servicio no funciona? ¿Qué pasa cuando el discurso de "empresa humana" choca de frente con una política de despidos injustificados o decisiones incoherentes desde la dirección? 

Lo que ocurre es el colapso de la credibilidad. Como sostiene Justo Villafañe, referente europeo en reputación, la imagen corporativa es el resultado de la integración de la identidad y el comportamiento. Si el comportamiento falla, la imagen se desintegra. La credibilidad, a diferencia de una pauta en Facebook, no se puede comprar; se construye con la cultura de la transparencia. 

Para que una institución luzca, la comunicación debe ser el reflejo de la realidad, no su sustituto. La fórmula es simple pero implacable: Hechos + Coherencia + Buenas Prácticas = Reputación. Si uno de estos factores es cero, el resultado del marketing será, invariablemente, cero. El autor Paul Capriotti lo ha advertido con claridad; la imagen institucional no se gestiona en los medios, sino en la mente del público a través de la experiencia directa. Si la experiencia es negativa, la publicidad sólo acelera el fracaso. 

La consistencia en la toma de decisiones es la columna vertebral de cualquier marca. Un gobierno que pregona austeridad, pero gasta en excesos suntuarios, o una empresa que vende sostenibilidad, pero ignora sus propias auditorías ambientales, está cavando su propia tumba reputacional. No hay "war room" ni asesor de imagen que pueda frenar la indignación de una audiencia que se siente engañada. 

El marketing moderno debe dejar de ser visto como una herramienta cosmética para convertirse en una herramienta de transparencia. La verdadera comunicación institucional nace de las buenas prácticas internas. Si la toma de decisiones no es coherente con los valores que se presumen en el sitio web, lo que se está haciendo no es comunicación, es simulación. 

A las instituciones y empresas les vendría bien recordar una premisa básica; el mejor marketing es aquel que se limita a contar la verdad. Si la verdad es deficiente, no gaste en publicidad; invierta en mejorar su realidad. Porque en la era de la información inmediata, el barniz se cae rápido y lo que queda debajo, la esencia de la gestión, es lo único que realmente sostiene el peso de una marca. 

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