En los pasillos de Washington y en las pantallas de la política global, la reputación de México está dejando de ser una cuestión de diplomacia para convertirse en un flanco abierto de seguridad.
El discurso que nos llega del norte no solo es de aranceles, apoyo logístico militar y relaciones comerciales bilaterales; es una narrativa incendiaria que coquetea con la idea de que somos como nación un Estado fallido y, lo que es más peligroso, con la retórica de una posible intervención bajo el pretexto de la seguridad hemisférica. Ante este escenario, el blindaje de nuestra reputación ya no es una opción técnica, es la última línea de defensa de nuestra soberanía, al menos en la narrativa.
La reputación es el activo que permite sostener, por evidencia, las buenas prácticas de una persona o institución. Como bien ha señalado el académico y politólogo inglés Simon Anholt, creador del concepto de Good Country Index, el valor de una nación en el siglo XXI no reside solo en su poder militar, sino en su "reputación de relevancia", es decir aquello que el mundo perdería si el país dejara de existir.
Para Anholt, un país con una reputación débil es un país invisible o, peor aún, vulnerable a los prejuicios de otros. Cuando México es etiquetado sistemáticamente como incapaz de controlar su territorio, pierde esa licencia social, ante la comunidad internacional. Si permitimos que el vacío de información lo llenen las voces más radicales, México queda reducido a un problema logístico o a una amenaza que debe ser contenida.
Este riesgo no es meramente teórico; tiene espejos dolorosos en nuestra propia región. El entorno de Venezuela y Cuba sirve como una advertencia geopolítica sobre el costo del aislamiento y la erosión reputacional.
Mientras Cuba ha quedado atrapada en una narrativa de anacronismo y parálisis que limita su intercambio con el mundo, Venezuela representa el colapso de la confianza institucional donde la opacidad y la crisis de gobernanza anularon su prestigio internacional, convirtiéndola en el argumento predilecto para justificar sanciones y discursos de intervención. México no puede permitirse caminar por esa orilla; el estigma de la inestabilidad es un veneno que, una vez inoculado en los mercados y en los congresos extranjeros, tardará décadas en ser extraído.
La falta de una estrategia de comunicación proactiva ha permitido que la infodemia y el estigma se asienten. No basta con negar la ineficiencia desde una conferencia matutina; la reputación es una conducta verificable. Si el Estado parece ausente en la gestión de la seguridad, el discurso de la invasión encuentra una justificación moral, aunque sea ilegítima, en la opinión pública internacional.
Estamos ante una coyuntura crítica, la renegociación del T-MEC a mitad de año y la vitrina mundial del 2026 con un Mundial de futbol. Estos no son eventos aislados, son los escenarios en donde México debe ejecutar una gran ofensiva de difusión nacional e internacional de lo que es el país y lo que representa para el globo terráqueo.
Es imperativo que México deje de ser un sujeto pasivo de las noticias y se convierta en el narrador de sus propios valores. Un país que proyecta con datos duros su importancia en la cadena de suministro global y su estabilidad institucional es mucho más difícil de invadir, al menos en la guerra de las narrativas.
Según la data mundial, el 68% de los inversores desconfía de entornos con opacidad informativa. México debe vender su valor como potencia cultural, económica y estratégica para alentar la inversión.
Debe lucir su solidaridad fundamentada, sus alianzas y sus aliados. México requiere un coordinador de comunicación a escala gubernamental que realice un despliegue sin precedentes. No se trata de propaganda ideológica, sino de una difusión estratégica de los valores mexicanos como la resiliencia, nuestra interconectividad económica vital para Estados Unidos, donde somos su principal socio comercial, y el contrapeso estabilizador de la región.
La ineficiencia de los servidores públicos es, hoy más que nunca, un riesgo reputacional que alimenta la narrativa del Estado fallido. Por ello, el periodismo debe seguir denunciando esa ineficiencia, no por golpeteo, sino para obligar al Estado a fortalecer las instituciones que sirven de escudo.
Campañas nacionales de comunicación de valores, diversidad cultural, gastronomía, políticas públicas con evidencia histórica de ser exitosas deben ser el primer eje de los mensajes. Estas no deberían ser narrativas de reacción, sino un permanente blindaje de opinión.
Sin embargo, no hay narrativas que ayuden cuando no hay acciones que las sostengan. En la mesa de la renegociación del T-MEC, por ejemplo, México no debe sentarse sólo a defender párrafos comerciales, sino a exigir y demostrar respeto basado en una reputación de socio indispensable.
La reputación no se improvisa y no se hereda; se construye con tiempo, estrategia y método. Si no empezamos ya una campaña global que reivindique la importancia de México en el orden mundial, seguiremos siendo el rehén favorito de la política electoral estadounidense. La reputación se gana, se invierte y, ante la amenaza, se defiende con la verdad.

