En la era de la hipercomunicación, los ciudadanos nos enfrentamos a una saturación de contenidos, que de tan cerca nos aleja cuando se trata de temas políticos.
Nunca antes los partidos y sus representantes habían tenido a su disposición tantas plataformas, tantos datos sociodemográficos y tantos canales directos para hablar con la ciudadanía… paradójicamente la clase política, nunca habían gozado de tan poca credibilidad.
La imagen de la clase política, tanto en México como en gran parte del mundo, no atraviesa por un simple bache de relaciones públicas; se encuentra en un estado de bancarrota moral y narrativa. La pregunta no es sólo por qué han perdido la confianza pública, sino si, en el fondo, alguna vez la tuvieron.
Para entender este colapso, es necesario salir del cuarto de guerra electoral y mirar desde la sociología y la psicología. Desde una perspectiva psicológica, la ciudadanía global padece una severa fatiga cognitiva frente al discurso político.
Los electores son sometidos a un estado constante de disonancia cognitiva, es decir, la narrativa oficial les dice que la economía florece y la seguridad mejora, pero su experiencia cotidiana al salir a la calle les demuestra exactamente lo contrario. Cuando el mensaje choca tan violentamente con la realidad tangible, la mente humana activa el cinismo y el escepticismo absoluto como mecanismos de defensa. No es que el ciudadano no entienda el mensaje; es que ha aprendido a protegerse de él.
Desde el ámbito sociológico y de la filosofía de la comunicación, el diagnóstico es aún más profundo. El filósofo alemán Jürgen Habermas lo advirtió con claridad en su Teoría de la acción comunicativa. Para Habermas, el diálogo social legítimo debe basarse en pretensiones de validez. Él sostenía que "en la acción comunicativa, los participantes no se orientan primariamente al éxito propio, sino a la comprensión mutua".
Aquí radica el pecado original de la comunicación política, los partidos y sus voceros no buscan la comprensión mutua, buscan exclusivamente el éxito (el voto, el poder, la supervivencia). Al utilizar el lenguaje no como un puente para el consenso, sino como una herramienta de manipulación táctica, destruyen la esfera pública. Han convertido el debate de las ideas en un simulacro donde la propaganda disfraza la falta de sustancia.
En México, este fenómeno tiene raíces históricas. Durante décadas, el sistema operó bajo una comunicación vertical, un monólogo del poder en donde la credibilidad no era necesaria porque la maquinaria garantizaba el resultado. Con la pluralidad democrática, los actores políticos cambiaron de color, pero no de estrategia.
La crisis de imagen de los políticos no se resolverá con mejores copies en redes sociales, poniéndolos a preparar antojitos mexicanos, con bailes en TikTok o con rediseños de logotipos. La comunicación de crisis y la construcción de reputación nos enseñan que no hay estrategia de marketing que pueda sostener un producto defectuoso a largo plazo.
Hasta que la clase política no entienda que la credibilidad es el resultado de la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace, sus palabras seguirán siendo huecas, y sus promesas, cheques sin fondo en el banco de la confianza ciudadana.

