En el tablero de la alta política, no hay arma más barata y eficiente que el miedo. No requiere movilización de tropas ni el disparo de un solo proyectil; basta con una "alerta", un comunicado oficial o una filtración estratégica para doblar la rodilla de una nación.
La reciente advertencia emitida por el gobierno de los Estados Unidos a sus aerolíneas sobre posibles acciones militares en México y otros países de Latinoamérica no es sólo una medida de precaución; es una pieza maestra de la narrativa de control.
El miedo funciona como el mensaje que precede a la intervención. Cuando Washington emite una alerta de esta magnitud, está inoculando en el imaginario global la idea de que México ha perdido el control de su cielo y su suelo. Es la construcción del escenario perfecto para justificar "acciones preventivas". Si el mundo cree que somos una zona de guerra inminente, la intervención deja de leerse como una agresión a la soberanía para venderse como un acto de estabilización en la región, por causas de ser un estado fallido.
Como bien advertimos en entregas anteriores, la reputación es una conducta verificable. Sin embargo, en la era de la infodemia, la percepción de inseguridad corre más rápido que los datos reales, y una alerta de la Administración Federal de Aviación (FAA) tiene el poder de anular cualquier cifra de crecimiento económico en cuestión de segundos.
El impacto no se queda en los aeropuertos; viaja directo a las terminales de Bloomberg. El pánico de los mercados es la consecuencia inmediata de estas narrativas de terror. El inversor, por precaución y ante la incertidumbre, castiga al país ante la sola mención de "acciones militares". Se estima que hasta el 68% de los inversores retiran o congelan capitales ante entornos de opacidad y riesgo geopolítico.
Esta es la demostración de supremacía en su estado más puro. No es una guerra de balas, sino de expectativas. Al marcar a México como un destino de riesgo militar, los Estados Unidos reafirman su posición como el árbitro de la normalidad mundial. Es un mensaje directo a los aliados y competidores: "Nosotros decidimos dónde es seguro invertir y quién es un socio confiable”.
Estamos ante una estrategia de ganar narrativas. La alerta no necesita materializarse para cumplir su objetivo; su simple existencia ya ha ganado terreno en la negociación del T-MEC y en la percepción de México ante el Mundial 2026.
El país queda reducido a un "sujeto pasivo" de la noticia, reaccionando tarde a un estigma que ya ha cruzado el globo.
Si México no asume un liderazgo estratégico, lo que en el ámbito corporativo llamaríamos un Chief Corporate Officer a escala nacional, para contraatacar con una narrativa de estabilidad y valores, seguiremos siendo el rehén favorito de la política electoral y la seguridad hemisférica de nuestro vecino.
La reputación se defiende con la verdad, pero sobre todo, se protege arrebatándole al adversario el monopolio del miedo. En esta mesa, quien no impone su relato, termina siendo el villano de la historia de otro.

