A menos de 75 días de que México por tercera vez vuelva a colocarse en el escaparate global con la Copa Mundial de Futbol 2026, la narrativa oficial insiste en proyectar una imagen de eficiencia, coordinación y éxito anticipado. Sin embargo, la realidad -esa que viven diariamente millones de usuarios- cuenta una historia diametralmente opuesta. Una historia incómoda y urgente de reconocer.
El ensayo general ya ocurrió. Y lo reprobamos.
El partido amistoso del pasado sábado entre la selección nacional y la de Portugal, lejos de ser una celebración deportiva, evidenció con crudeza lo que podría convertirse en una crisis logística de escala internacional. Fallas en los accesos viales, desorden en los ingresos al estadio, protocolos de seguridad desbordados y, lo más lamentable, la pérdida de una vida humana, marcaron una jornada que debió haber servido como vitrina de nuestras capacidades organizativas.
Pero no fue así.
Lo ocurrido no es un hecho aislado. Es el reflejo de un sistema que no está listo.
En paralelo, el sistema aeroportuario de la Ciudad de México -columna vertebral de la conectividad internacional del país-opera en condiciones que rayan en la precariedad funcional. La saturación estructural del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México no es un diagnóstico nuevo, pero sí uno que se ha agravado peligrosamente. Salas de última espera rebasadas, accesos colapsados, estacionamientos insuficientes y una experiencia de usuario deteriorada configuran un entorno que dista mucho de los estándares internacionales que exige un evento de la magnitud de un Mundial.
Particularmente crítica es la situación en la Terminal 2. Obras permanentes, espacios reducidos y una operación aérea afectada por retrasos sistemáticos han generado un ambiente de tensión constante. A ello se suma una preocupante falta de sensibilidad en el trato al pasajero. La experiencia en mostradores y salas premier -particularmente en aerolíneas emblemáticas como Aeroméxico- ha dejado de ser un diferenciador de calidad y calidez para convertirse en un punto de fricción.
No es un tema menor. Es un indicador claro de desgaste operativo y desconexión con el usuario.
Más grave aún es lo que ocurre en los filtros de seguridad. La primera línea de contacto con el pasajero debería ser también la primera garantía de profesionalismo. No lo es. Se observa personal con capacitación insuficiente, actitudes poco empáticas y una alarmante tendencia a la improvisación ante la ambigüedad normativa. Casos sensibles -niños, adultos mayores, personas con condiciones especiales- son atendidos sin protocolos claros ni criterio técnico uniforme.
Esto no solo impacta la experiencia del usuario. Compromete la percepción, y potencialmente la realidad, de la seguridad aérea.
Y en un contexto global donde la confianza en los sistemas de seguridad es un activo estratégico, México no puede darse ese lujo.
La suma de estos factores nos coloca en una posición preocupante: estamos fallando en la prueba más básica antes del evento más importante. No se trata de alarmismo. Se trata de evidencia.
Porque el Mundial no empieza el día de la inauguración. Empieza en cada aeropuerto, en cada filtro de seguridad, en cada acceso vial, en cada interacción con el usuario.
Hoy, esa experiencia está lejos de ser competitiva.
Por ello, el llamado no puede ser tibio ni diferido. Es urgente y directo.
A Gabriela Cuevas Barrón en su calidad de representante honorífica y figura clave nacional en la organización del Mundial, le corresponde asumir con responsabilidad la dimensión real de estos desafíos y desde los principios de la planeación estratégica, coordinar las acciones necesarias para que todo el engranaje funcione como reloj. A las autoridades en materia de infraestructura aeroportuaria corresponde meter el acelerador para no solo culminar las obras de remodelación que parecen interminables, sino proyectar el futuro de esta industria en los años por venir. En cuanto a los ejecutivos de aerolíneas -particularmente de Aeroméxico- les toca reconectar con el estándar de servicio que históricamente los posicionó como referentes. Y a la Agencia Federal de Aviación Civil le compete garantizar que los procesos operativos y de seguridad cumplan con criterios técnicos de manera clara, sin permitir interpretaciones discrecionales.
La solución no vendrá de discursos ni de fotografías institucionales.
Vendrá del trabajo coordinado, técnico y urgente.
México tiene la capacidad, el talento y la experiencia para estar a la altura de un evento de esta magnitud. Pero hoy, la brecha entre el discurso y la realidad es evidente. Y cada día que se postergue su atención, el costo económico, reputacional y humano será mayor.
El tiempo de los diagnósticos ya pasó. Es momento de corregir.
Porque si el Mundial fuera hoy, México no solo perdería el partido, ni siquiera saldría a la cancha.
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