Este 2026 será, sin exagerar, una prueba de fuego para la aviación mexicana. No se trata únicamente de un año con mayor tráfico aéreo, sino de un momento en el que el país será observado por el mundo entero como anfitrión de la Copa Mundial de la FIFA.

Por primera vez en décadas, el sistema aeroportuario, las aerolíneas, la autoridad aeronáutica y toda la cadena de valor del transporte aéreo enfrentarán de manera simultánea una demanda extraordinaria, la aviación será la primera y última impresión que millones de visitantes tendrán de México. En ese sentido, lo que ocurra en nuestros aeropuertos y en nuestros cielos será tan relevante como lo que suceda en los estadios.

Nuestro país se prepara para recibir más de cinco millones de visitantes adicionales durante el Mundial de fútbol. Este flujo extraordinario pondrá a prueba cada eslabón del sistema aeronáutico: aerolíneas, aeropuertos, servicios migratorios, aduanas, control de tránsito aéreo y, por supuesto, la autoridad regulatoria. No se trata solo de mover pasajeros; se trata de demostrar capacidad de Estado.

En este escenario, la aviación mexicana llega con señales alentadoras, pero también con desafíos estructurales que no pueden seguir postergándose. El reciente reconocimiento otorgado por la Asociación de Transporte Aéreo Internacional (IATA) a Aeroméxico, al recibir la más alta certificación en gestión de seguridad operacional, es una prueba clara de que el talento, la disciplina y la cultura de seguridad existen en la industria aérea nacional. Ese reconocimiento no se construye con discursos, sino con procesos, entrenamiento, inversión y profesionalismo cotidiano. Este tipo de certificaciones envían un mensaje contundente a los mercados internacionales: México sí puede operar bajo los estándares más altos del planeta.

Es también un homenaje silencioso a miles de trabajadores de la aviación: pilotos, técnicos de mantenimiento, despachadores, sobrecargos y personal de tierra que sostienen, día a día, la seguridad y confiabilidad del transporte aéreo en México. Ellos representan el verdadero capital estratégico del sector.

Sin embargo, sería un error grave pensar en que los logros empresariales y laborales pueden compensar los rezagos estructurales del sistema. Existe una realidad incómoda: el sistema aeroportuario mexicano opera al límite. El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México continúa saturado, mientras que el AIFA aún no logra consolidarse como un nodo internacional de gran escala. A ello se suma la presión creciente sobre diferentes aeropuertos turísticos que ya hoy enfrentan cuellos de botella en temporadas altas.

Si no se toman decisiones firmes en materia de infraestructura, conectividad y coordinación interinstitucional, el Mundial podría exhibir nuestras debilidades en lugar de nuestras fortalezas.

Otro reto central es la gobernanza del sector. México necesita una autoridad aeronáutica técnica, autónoma y creíble a nivel internacional. La aviación no admite improvisación ni politización: cualquier falla regulatoria se traduce en riesgos operativos, sanciones externas y pérdida de competitividad. En un año como 2026, esos errores no solo costarían dinero; costarían reputación para el país.

Pero la copa mundialista también abre una ventana histórica. Si México alinea seguridad, capacidad operativa, certidumbre regulatoria y trabajo decente, puede consolidarse como el principal hub aéreo de América Latina. La aviación no es un lujo: es infraestructura económica, es comercio y es integración territorial. La industria aérea genera empleos de alto valor, atrae inversión extranjera, dinamiza el turismo y conecta regiones enteras al desarrollo. Cada nuevo vuelo no solo conecta pasajeros; transporta oportunidades, conocimiento y futuro.

El reconocimiento de IATA demuestra que el sector privado y sus trabajadores ya están jugando en las grandes ligas. Ahora le toca al Estado mexicano demostrar que también sabe hacerlo.

En 2026, millones de personas llegarán a México por aire. Que encuentren un país que vuela alto no es solo una aspiración: es una responsabilidad nacional.

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