México no está solo polarizado: está emocionalmente fragmentado. En los últimos siete años, la conversación pública se ha reducido casi por completo a un choque binario entre simpatizantes y opositores de Morena. Pero el fenómeno va mucho más allá de una mera división ideológica. Estamos presenciando una transformación profunda y silenciosa en el vínculo entre ciudadanía y poder.Hace unos días, Enrique de la Madrid publicó en redes sociales una reflexión que rápidamente se viralizó. En una reunión reciente, alguien planteó una pregunta incómoda: ¿por qué tantos mexicanos parecen apáticos ante los problemas del país? Su hipótesis fue directa y perturbadora: no es apatía, es una crisis de pertenencia. Muchos ya no sienten que el país les pertenece, ni que ellos pertenecen al país.

Esa idea resonó fuertemente y terminó de articular una hipótesis que yo mismo venía construyendo en conversaciones recientes, al escuchar con atención las posturas, dudas y convicciones de personas muy diversas. Así surgió esta tipología, que he llamado “A Capela”: un análisis desnudo, sin adornos, sin concesiones ni música de fondo. No pretende juzgar moralmente a nadie; es una radiografía de las actitudes que hoy dominan nuestra conversación pública.Están, primero, los fieles, que apoyan al proyecto sin autocrítica ni matices.

Lo que empezó como una opción política se ha convertido en identidad existencial. Criticar no es debatir: es traicionar. La lealtad suplanta al análisis y la pertenencia anula el juicio propio. Su líder ocupa un lugar casi sagrado. No se le evalúa, se le cree. Bajo esa lógica, las evidencias de corrupción, incompetencia, deterioro en seguridad, retrocesos en salud o educación no son hechos: son ataques malintencionados. Toda crítica es complot; toda prueba, manipulación.Luego están los leales críticos, que respaldan el proyecto pero señalan errores. Por eso resultan incómodos para todos: para los fieles son traidores; para la oposición, opositores encubiertos. En tercer lugar aparecen los oportunistas, que no creen, sino que calculan. Apoyan porque conviene: por beneficios, protección o cercanía al poder.

Los valores y la ideología son, a sus ojos, un romanticismo ingenuo.Existe también un grupo amplio y silencioso, los seguidores adaptativos. No militan ni confrontan: se acomodan. Normalizan. Critican en privado y aplauden en público. Del otro lado están los indignados estridentes, que critican con intensidad permanente. Su enojo puede ser legítimo, pero cuando el adjetivo reemplaza al argumento, la polarización se agrava y el diálogo se empobrece. Más discretos son los críticos sobrios, que cuestionan con datos, distinguen entre persona e institución, proponen soluciones. No buscan viralidad: buscan enderezar el rumbo.

El futuro del país les preocupa de verdad.Luego están los apáticos por la desvinculación. No es que no les importe; es que dejaron de sentir el país como propio. Décadas de corrupción, desigualdad y promesas rotas erosionaron la confianza. Cuando la confianza se quiebra, el horizonte se reduce a lo inmediato: la familia, el círculo cercano, la supervivencia. Y finalmente están los silenciosos por miedo. No toda apatía es indiferencia. A veces es un cálculo racional. En contextos donde opinar tiene costo social, laboral o incluso físico, callar se convierte en autoprotección.Esta tipología deja ver algo inquietante: México no se divide solo por ideología.

Se divide por pertenencia, por interés y por temor. Cuando la identidad suplanta al análisis, la crítica se convierte en traición. Cuando el interés predomina, la ética estorba. Cuando el miedo crece, la voz se apaga. Y cuando la pertenencia se pierde, el compromiso se desvanece. México no está solamente polarizado: está emocionalmente fragmentado. ¿Y tú, lector, lectora? ¿En cuál de estas tipologías te reconoces hoy?

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