La vinculación a proceso de Jaime Bonilla por el caso Next Energy fue presentada esta semana como un golpe mayor. En términos judiciales, el exgobernador fue acusado por peculado, abuso de autoridad y uso ilícito de atribuciones y facultades por el contrato ligado a una planta fotovoltaica en Mexicali que nunca se concretó. El juez lo dejó enfrentar el proceso en libertad, con garantía económica y plazo de investigación complementaria. Es decir, hay proceso, pero no hay asfixia política inmediata ni un escenario de colapso personal para Bonilla.
Y ahí empieza la verdadera lectura. Porque esto no sólo trata de un expediente. Trata de poder, de agravios acumulados y de un error de cálculo que la historia política repite una y otra vez. Quien gobierna desde la emoción suele confundirse. Cree que está ejecutando una jugada estratégica cuando en realidad está ventilando un resentimiento. Y cuando eso ocurre, el poder deja de pensar en frío y empieza a desquitarse.
Jaime Bonilla podrá caer bien o mal, pero nadie puede negar que llegó antes, que fue más rudimentario, más frontal y más intenso en su cercanía con el obradorismo original en Baja California. Marina del Pilar, en cambio, creció como espuma a partir de 2015. No necesariamente por resultados extraordinarios en sus encargos legislativos, municipales o estatales, sino por una mezcla de coyunturas, relaciones, padrinazgos y decisiones de quienes en su momento catapultaron su carrera pública. En política eso ocurre todos los días. El problema viene después, cuando el ascenso acelerado no alcanza para consolidar autoridad real.
Por eso este pleito no es una diferencia doctrinaria dentro del mismo movimiento. Es una pelea de jerarquías heridas. Bonilla se asume con derecho de antigüedad. Marina se asume con derecho de ejercicio. Y cuando esas dos legitimidades chocan, lo que sale a flote no es la ideología sino el rencor.
Si la gobernadora creyó que esta vinculación reducía a Bonilla, puede haber cometido otra vez un error serio de cálculo. Primero porque él enfrentará el proceso en libertad. Segundo porque, por su condición de ciudadano estadounidense, conserva una válvula de escape política, territorial y personal que diluye buena parte de la presión. Dicho en palabras simples, si el ambiente se le complica demasiado en este lado de la frontera, Bonilla tiene la posibilidad real de cruzar y replegarse allá. Eso vuelve cualquier pretendida sensación de control mucho menos contundente de lo que algunos quisieran vender.
Tercero porque Bonilla mantiene vínculos y capacidad de interlocución en Estados Unidos que pocos políticos mexicanos poseen y menos los de Morena y sus aliados. Cuarto porque Marina llega a esta confrontación en un momento de debilidad política visible. La revocación de su visa estadounidense en mayo de 2025, anunciada por ella misma, no probó delito alguno, pero sí dejó instalada una sombra pública que no termina de disiparse. En política las percepciones también gobiernan. Y una mandataria políticamente lastimada no siempre puede darse el lujo de abrir una guerra personal con un adversario experto en el conflicto.
A eso se suma otro problema de fondo. El actual gobierno de Baja California se fue llenando de retazos, lealtades prestadas, oportunistas sin identidad y operadores cuyo principal proyecto ha sido su propio interés. Ese Frankenstein político no produce cohesión, no genera autoridad y mucho menos sirve para librar una confrontación larga. Sirve para administrar inercias, para patear crisis y para simular control. Pero no para sostener liderazgo.
Encima, el reloj corre. En menos de noventa días empezará a perfilarse con más claridad la disputa por la candidatura de Morena al gobierno del estado. Y cuando eso pasa, el poder del gobernante empieza a adelgazar frente a sus propios ojos. El gabinete especula. Los aliados se reacomodan. Los oportunistas cambian de piel. Los leales escasean. Y la obediencia empieza a escasear.
Por eso esta operación puede terminar siendo mucho menos gloriosa de lo que parece. Más que una victoria demoledora, luce como una victoria pírrica. Más pírrica que la lotería que organizan los vecinos de mi cuadra. Porque no destruye a Bonilla, no restaura autoridad, no mejora la gobernabilidad y no borra las enormes dudas que hoy pesan sobre el presente político del estado.
Al contrario. Lo revive. Lo vuelve tema. Lo reposiciona. Lo reinstala como antagonista útil en el peor momento para quien debería estar concentrada en gobernar.
Marina del Pilar quizá creyó que estaba castigando a Bonilla. Lo que en realidad puede haber hecho es devolverle oxígeno político.
Porque cuando el hígado se sienta a decidir, la razón se levanta de la mesa.Gracias a todos por seguir el proyecto #LaSeguridadEnJuego a través de mis redes sociales. X: @kpya FB https://www.facebook.com/kpya.mx

