La soberanía en México se ha convertido en una palabra de utilería. Se saca cuando conviene, se agita cuando hay presión externa y se guarda cuando toca reconocer que el Estado mexicano ha perdido el control de amplias zonas del país. Más que principio constitucional, a veces parece coartada política.

Lo ocurrido en Chihuahua, con la muerte de presuntos elementos vinculados a agencias estadounidenses después de un operativo, detonó el reflejo de siempre. Discursos patrióticos, indignación repentina, llamados a defender la soberanía y cuestionamientos sobre la presencia extranjera. Todo muy solemne. Todo muy predecible. Lo curioso es que esa misma furia no aparece cuando el crimen organizado manda en regiones completas de México.

Porque si la soberanía significa algo, tendría que empezar por el control real del territorio. Y ahí está el problema. En Guerrero, Michoacán, Tamaulipas, Sinaloa y otras entidades, el crimen impone reglas, cobra cuotas, controla caminos, decide horarios, amenaza autoridades y condiciona la vida económica y social. Ahí no hablan otro idioma. Ahí hablan el mismo español de siempre, pero con armas, impunidad y terror.

Por eso la indignación frente a Chihuahua suena selectiva. Muy patriota hacia afuera, muy tímida hacia adentro. Hay quienes se rasgan las vestiduras por una posible colaboración con agencias extranjeras, pero guardan prudente silencio ante los escándalos de política de alto nivel en Sinaloa, Tamaulipas, Guerrero o la larga historia criminal que también ha marcado a Tabasco. La soberanía, cuando se usa a conveniencia, deja de ser bandera y se vuelve disfraz.

En medio de este ruido, hay un ángulo que puede incomodar a muchos. Este episodio podría proyectar a la gobernadora Maru Campos como una mujer responsable que decidió enfrentar al crimen con las herramientas disponibles, aunque esas herramientas hablen otro idioma. En un país donde tantos prefieren administrar discursos antes que asumir riesgos, actuar también debería contar. Los resultados importan. La pureza ideológica sirve para dar conferencias, pero no necesariamente para proteger familias.

El crimen organizado dejó de ser un problema local hace décadas. Hoy mueve drogas, armas, dinero y personas con lógica transnacional. Pretender que México puede combatirlo solo no es nacionalismo. Es ingenuidad con sombrero tricolor. La cooperación internacional no debe ser cheque en blanco, pero tampoco puede tratarse como pecado mortal cuando el enemigo opera sin fronteras, sin permisos y sin complejos.

El riesgo es que este escándalo contamine todavía más la confianza. Desde Estados Unidos ya se acusa falta de empatía ante la pérdida de vidas de funcionarios mexicanos y extranjeros. Desde México se responde con reflejos ideológicos y discursos defensivos. En medio quedan la inteligencia compartida, la coordinación operativa y la colaboración indispensable entre agencias mexicanas e internacionales.

Y mientras el crimen se organiza como empresa global, nosotros seguimos peleando como oficina pública en cambio de sexenio. Cambian nombres, cambian uniformes, cambian discursos, pero las estructuras criminales permanecen, se adaptan y avanzan. No cabe duda, en seguridad seguimos caminando como cangrejos. Y la luz al final del túnel cada vez se ve más lejana.

La soberanía no se defiende gritando consignas. Se defiende gobernando el territorio, protegiendo a la gente y enfrentando al crimen con estrategia, instituciones y resultados. Todo lo demás es teatro. Y en México ya tuvimos demasiadas funciones.

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