Durante décadas, México permitió que el narcotráfico creciera como un problema aparentemente limitado al contrabando de drogas. Hoy enfrentamos una realidad muy distinta: un fenómeno criminal que ha trastornado prácticamente todos los ámbitos de la vida nacional.

Lo que comenzó como un negocio ilícito operado por grupos relativamente acotados, con episodios aislados de violencia, se transformó gradualmente en algo mucho más profundo y peligroso. Con el paso del tiempo dejó de ser solo un asunto de drogas para convertirse en una estructura criminal que permea territorios, economías locales y dinámicas sociales completas.

La situación actual es preocupante. De acuerdo con el análisis territorial de AC Consultores, las organizaciones criminales tienen algún tipo de presencia en el 89 % del territorio nacional, y su actividad puede afectar directa o indirectamente al 81 % de la población.

No se trata únicamente de un problema de seguridad pública. Es un fenómeno que ha provocado tragedias inenarrables en miles de familias mexicanas, pero que también ha deteriorado la calidad de vida, las economías regionales, la confianza social y la tranquilidad cotidiana de millones de personas.

En muchas regiones del país, la vida diaria transcurre bajo una suerte de psicosis colectiva alimentada por las imágenes constantes de violencia y por las demostraciones públicas de poder de grupos criminales. La normalización de estas escenas ha terminado por instalar una sensación de vulnerabilidad permanente en amplios sectores de la sociedad.El impacto trasciende nuestras fronteras. Con el paso de los años, se ha ido consolidando en la percepción internacional la imagen de un país ingobernable, violento y sin ley. En no pocas sociedades extranjeras, México comienza a ser visto como el ejemplo de lo que no debe ocurrir en una nación que aspira a vivir con orden y tranquilidad.

No es casualidad que México se haya convertido, además, en un tema recurrente del debate político en Estados Unidos. Demócratas y republicanos discuten cada vez con mayor frecuencia el fenómeno criminal mexicano como un asunto de seguridad hemisférica y como un factor que incide directamente en su propia estabilidad interna.

Ese espejo mexicano que el mundo observa con preocupación suele ser difícil de mirar desde dentro. La cotidianidad de la violencia, el ruido político permanente y el intercambio de culpas entre distintos niveles de gobierno, partidos y liderazgos de ayer y de hoy terminan por nublar el diagnóstico real del problema.

Dentro de poco, los ojos del mundo volverán a posarse sobre México con motivo del Mundial de futbol. Será una vitrina global que pocos países tienen la oportunidad de aprovechar y que podría convertirse en una ocasión para mostrar un país distinto al que durante años ha dominado la narrativa internacional.México aún está a tiempo de decidir qué imagen quiere proyectar al mundo. La pregunta es si sociedad y gobierno estaremos dispuestos a construirla juntos.

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