Como se había anticipado, la reforma electoral no pasó. ¿Fracaso? ¿Derrota? Vamos a ver ahora el Plan B. Parece ser que será una reforma chiquita, más administrativa que política, porque Sheinbaum necesita recursos y como no quiere hacer una reforma fiscal, ha optado por sacar de nuevo las tijeras y recortar ahora a los congresos y gobiernos locales. ¿Y eso del federalismo no significa nada para la 4T?

La presidenta perdió con este rechazo y ese fracaso tendrá consecuencias para su partido y su coalición gobernante. A diferencia de los proyectos legislativos que impulsó para sacar adelante la herencia-mandato que dejó AMLO, Sheinbaum construyó esta reforma por una ruta equivocada. Desde el principio nombró a una cerrada comisión gubernamental y puso al frente a un político arrogante y prepotente, completamente opuesto a construir consensos. Además, la reforma se hizo desde el oficialismo de Palacio Nacional, con una lógica completamente vertical. A los aliados de Morena ni siquiera los incorporaron en la manufactura, mucho menos a las oposiciones. Es elemental que así no se cambian las reglas del juego de la lucha por el poder. La presidenta sí perdió, su estrategia fue fallida, por eso la frase de que “ya cumplí” no sirve.

Desde las importantes reformas político-electorales de los años noventa quedó establecido que el Artículo 41 de la Constitución no era simplemente un texto de la carta magna, sino un código de procedimientos para normar procesos electorales. De esta forma, quedó implícito que para cambiar las reglas del juego se tendría que contar con una mayoría amplia, y no la simple voluntad de una de las fuerzas políticas, aunque fuera el oficialismo de Morena, que se parece mucho al viejo partido gobernante. El resultado estableció que las principales reglas del campo electoral están en la ley suprema y no en las leyes secundarias.

La reforma de Sheinbaum y Gómez tuvo importantes vacíos y deficiencias, y ponía en riesgo avances logrados. No penalizaba a fondo el dinero y la influencia del crimen organizado; no quitaba la sobrerrepresentación del 8%, una vieja herencia del PRI; no democratizaba la vida de los partidos, a los candidatos de mayoría relativa los dejaba en manos de las élites partidistas; le regresaba tiempos del Estado a los concesionarios de radio y televisión, sin necesidad; reducía costos en las estructura necesarias para organizar elecciones, como las juntas locales; quitaba dinero a los partidos, cuando hoy Morena cuenta con estructuras estatales (servidores de la nación) para la promoción del voto en todo el país.

Si realmente se quiere democratizar el sistema político-electoral primero hay que hacer elecciones primarias (simultáneas y obligatorias), para que la boleta electoral la determine el elector y no las élites partidistas. Luego hay que tener un sistema de representación que haga equivalentes el porcentaje de votos con el de escaños, sin trampas de sobrerrepresentación. Se necesita promover campañas de debates para quitarle el carácter spotizado a los tiempos en radio y televisión. Urge dejar de lado la simulación de empezar campañas adelantadas, como lo hace Morena y el resto lo reproduce, con un cambio de nombre de coordinadores en lugar de candidatos, como se hizo en las elecciones de 2024, y ahora se hará lo mismo para las elecciones intermedias de 2027. Las campañas empezarán desde mediados de 2026 transgrediendo toda la normatividad. Por supuesto, resulta indispensable no ejercer control oficialista sobre los organismos electorales, el INE (medio capturado) y el Tribunal Electoral (capturado).

Para el Plan B ya alinearon al Verde y al PT. Seguirá la simulación de revocación de mandato, cuando es una ratificación tramposa. El discurso oficialista de quitar privilegios debería empezar por suprimir simulaciones, quitar la sobrerrepresentación y hacer elecciones primarias. Nada de eso pasará con la reforma chiquita que viene…

Investigador del CIESAS. @AzizNassif

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