En las elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos hubo novedades y sorpresas. El proceso mostró la fuerza de la democracia para enfrentar los problemas de la representación política. El reto de Joe Biden y Kamala Harris será enorme: rescatar al país de la destrucción que generó Trump durante cuatro años.

74 millones de voces lo van a sacar de la Casa Blanca el próximo 20 de enero, pero su herencia va a permanecer mucho tiempo más. Estas elecciones sintetizan lo que es hoy Estados Unidos, un país polarizado que atraviesa por una terrible crisis de salud y padece una caída económica centenaria. La principal tarea del presidente Biden será enfrentar la pesada herencia de un fenómeno que no se reduce a cuatro años, sino que permanecerá con sus expresiones de racismo, odio y violencia, porque el trumpismo ha sido un potente micrófono de esa cultura política para casi la mitad del país.

Trump se tropezó con la pandemia y, a partir de esa crisis, sus probabilidades de ganar la reelección se complicaron. Entonces empezó a instrumentar una estrategia para desacreditar los comicios y decir que el voto por correo sería fraudulento. Durante la pandemia desafió y desobedeció las recomendaciones de las autoridades de salud; luego se dedicó a conformar una mayoría conservadora en la Suprema Corte; preparó la judicialización electoral y, se declaró ganador sin tener los 270 votos electorales. Fracasó.

Las encuestas crearon una expectativa sobre la intención del voto que no se cumplió. La cómoda ventaja de Biden de entre 8 y 10 puntos desapareció. Como en 2016, la demoscopia electoral falló y la elección se cerró en varios estados. La base de Trump, su voto duro, se mantuvo a pesar de todo e incluso se incrementó en términos absolutos respecto a 2016: pasó de 62 a 70 millones; igualmente los demócratas subieron de casi 66 en 2016 con Clinton, a más de 74 millones de sufragios con Biden, que obtuvo 4 millones más de votos.

Una vez más el sistema electoral de EU mostró sus problemas y su obsolescencia. Se puede discutir si es mejor tener una institución nacional o federal que organice las elecciones o quedarse con el modelo estatal en donde cada entidad decide cómo hace las elecciones. Pero, lo que resulta conflictivo es la falta de armonía entre el voto popular y el voto electoral (indirecto). Sobre todo cuando el resultado enfrenta los dos parámetros, como ya ha sucedido en varias ocasiones desde que opera esta regla fundacional. En esa ocasión la pandemia generó que hubiera más de 100 millones de votos adelantados (en casillas y por correo) antes del 3 de noviembre, lo cual saturó un sistema postal que necesita recursos para una modernización, pero que la administración trumpista le negó.

La participación popular creció en 2020 como hacía décadas no pasaba. Los perfiles del votante retratan de forma contrastante cómo está el país. Por Biden sufragaron las minorías, los afroamericanos en un 87%, los latinos en un 66% y los asiáticos en un 63%; también los más jóvenes (18-29 años) con un 62%, así como las mujeres en un 56%. Mientras que por Trump votaron los blancos en un 57%. El voto urbano fue mayoritariamente demócrata, mientras el voto rural favoreció a Trump. La principal preocupación de los electores es la economía (35%), y los problemas raciales en un 20% (BBC news).

El trumpismo fuera de la Casa Blanca quedará como una marca contra la que Biden y la nueva coalición gobernante tendrán que hacer enormes esfuerzos para neutralizar. El reto de los demócratas será hacer una administración que recupere el funcionamiento democrático. Biden y Harris ya propusieron recuperar la agenda ambiental y la regularización de los inmigrantes. Sin embargo, el populismo de ultraderecha seguirá operando, pero ahora desde la oposición. ¿Terminó la pesadilla?

Investigador del CIESAS. @AzizNassif

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