¿De qué democracia hablamos?

Alberto Aziz Nassif

Los actores políticos deben respetar las reglas. El presidente necesita dejar atrás su memoria agraviada. Los árbitros deben actuar con imparcialidad. ¿Será posible?

En tiempos electorales se contrasta y se polariza entre posiciones diversas sobre cómo alcanzar un sistema democrático. Hoy, en México, aparentemente estamos ante dos posturas: la del gobierno que en voz del presidente considera a la democracia como el “poder del pueblo”, y la de sus opositores que acusan a AMLO de dañar la democracia porque es populista (término para insultar, más que para explicar) y concentra excesivamente el poder.

Democracia es uno de los términos más usados en el debate público. En el Informe País (IFE, 2014) se preguntó sobre opciones para definirla: como un sistema donde todos colaboran, con la metáfora de un barco; donde las reglas son iguales para todos, como en un partido de futbol; un sistema donde muchos participan, pero pocos ganan, como en un casino. La mitad respondió por esta última. En la reciente Encuesta de Cultura Cívica (Encuci, 2020, INEGI-INE) siete de cada diez dicen que han escuchado o sabe qué es la democracia y casi la mitad está poco o nada satisfechos con ella.

Mucho se ha discutido si la democracia es para obtener ganancias concretas o para tener espacios de libertad, si debe tener resultados o nada más sirve para los cambios pacíficos de gobernantes. Las respuestas son diversas. Unos autores hablan de mínimos y procedimientos, como tener elecciones libres; y otros añaden que deben existir compromisos sustantivos, como el combate a la pobreza y a la desigualdad. Tradicionalmente las derechas se inclinan más por las libertades y las izquierdas más por la igualdad. ¿Sirven hoy en día esos parámetros para explicar nuestra realidad?

La polarización social retoma cualquier acontecimiento para profundizar lo que en Argentina llaman “la grieta”, esa división que genera proyectos de país enfrentados. La dinámica es la misma, sólo cambian los casos: que si el presidente critica al INE; que si Morena no cumple con los requisitos y reclama en la calle lo que no obtiene legalmente; que si la 4T quiere destruir los organismos autónomos; que el presidente no respeta la legalidad; que hay una excesiva concentración del poder y se necesitan contrapesos; que si se vulnera la libertad de expresión o si nunca habíamos tenido tanta libertad; que si vamos hacia un sistema autoritario o a una democracia real; que este gobierno no es de izquierda, sino conservador; que si el país ya cambió y dejó atrás el neoliberalismo; que se gobierna con ocurrencias; que se han destruido capacidades estatales o que el Estado está de regreso; que los programas sociales son clientelismo o que hoy los beneficios llegan directamente a la gente sin intermediarios; que estamos ante una militarización o se emplea a las fuerzas armadas para recuperar lo público. La lista de confrontaciones podría seguir para enumerar los puntos de conflicto que alimentan nuestra grieta.

AMLO tiene una visión extraña de la democracia y eso genera malestar, es literal para interpretarla: como “el poder del pueblo”, pero en las formas para lograrla es completamente flexible y heterodoxo. Un ejemplo fue convidar al Tribunal Electoral a convertirse en un call center, para ver si el pueblo quiere a Salgado Macedonio de candidato, lo cual es confundir participación y legalidad con consultas. Otro es avalar el cambio del periodo del presidente de la SCJN, para sacar adelante la reforma judicial, a pesar de que se trata de un cambio anticonstitucional. AMLO pone por delante de la legalidad “los objetivos superiores”. Si estorban las reglas, lo importante son los fines. Si las reglas apoyan el proyecto, bienvenidas, si representan obstáculo, entonces hay litigio. Esa es una de las razones que genera nuestra grieta.

Todos los actores políticos y sociales que participan en el proceso electoral tienen la obligación de respetar las reglas del juego, para que las elecciones sean mínimamente democráticas. El presidente necesita dejar atrás su memoria agraviada (el caso de Salgado no es como su desafuero). Los árbitros deben actuar con imparcialidad y los partidos competir sin trampas. ¿Será posible?

 

Investigador del CIESAS.
@AzizNassif

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