Una navidad al estilo Tolkien

Adriana Malvido

Las niñas y niños de todo el mundo tendrán una navidad muy diferente este año debido a la pandemia

Las niñas y niños de todo el mundo tendrán una navidad muy diferente este año debido a la pandemia. Han sobrevivido el confinamiento, la crisis económica, la escuela en casa, sin amigos o patios de juego y, quizá, la pérdida de algún familiar. Para quienes guardamos en la memoria una infancia que soñaba todo el tiempo con el 25 de diciembre, resulta urgente pensar alternativas para que nadie le regatee a la niñez su derecho a esa ilusión.

Como en muchas otras situaciones límite, la imaginación toca a la puerta. Así tocaba a la casa de la familia Revel, cada navidad, cuando el cartero hacía entrega de cartas procedentes del Polo Norte. Ilustradas a tinta y acuarela, las firmaba Father Christmas, como se conoce a Santa Claus o Papá Noel en la tradición inglesa, y contaban las aventuras de todo un equipo mágico encargado de hacer posible que los niños recibieran sus regalos a tiempo.

En 1920 John Ronald Revel Tolkien tiene 33 años y dos hijos con su amada esposa Edith Bratt cuando inicia esta tradición que se prolonga más de dos décadas. Nace el día que su hijo John, de tres años, le pregunta al escritor cómo es “Father Christmas” y dónde vive. La respuesta llega por carta, manuscrita, acompañada por un autorretrato en acuarela. Va caminando con abrigo y capucha roja bajo una tormenta, con un costal y una ilustración de su propia casa en la cima del mundo: “(…) estoy en camino a Oxford con un paquete de juguetes, alguno es para ti. Espero llegar a tiempo, la nieve está muy espesa en el Polo Norte esta noche”. Después de John nacen Michael, Christopher y Priscilla y las cartas continúan hasta 1943 cuando la hija menor cumple 14 años. Los sobres, timbres y matasellos también son diseño del autor.

J.R.R Tolkien hizo todo esto como ejercicio narrativo y regalo navideño para sus hijos. Cabe recordar que el autor nace en Sudáfrica, de padres británicos, pero se muda muy pronto a Inglaterra. Queda huérfano de padre y madre desde los 12 años, transita con su hermano Hilary por diversos orfanatorios -en uno de ellos conoce a Edith-, pierde a sus mejores amigos durante la Primera Guerra Mundial en la que participa hasta que cae en cama con la “fiebre de las trincheras”. Es decir, sabía de pérdidas y sufrimiento. Pero este genio que desde niño inventaba lenguas, escribe los primeros cuentos de su mitología élfica durante su enfermedad. Años después, su amigo C.S. Lewis lo convence de publicar aquél cuento que solía contarles a sus hijos. Era El hobbit, la primera de las novelas sobre Tierra Media que antecede a la trilogía de El señor de los anillos.

Vi las cartas de Father Christmas en una exposición sobre Tolkien en la Biblioteca Morgan de Nueva York en 2018. En ellas leí las aventuras de Santa y su ayudante el Oso Polar (OP), las de Ilbereth y otros elfos y muñecos de nieve que ayudan al barbón en la fábrica de regalos y la protegen de los terribles goblins (orcos). En la carta de 1932, Papá Noel ilustra la cueva del Oso de las Cavernas donde se extravió OP. Al interior, plasmado en las pinturas rupestres, está Smaug, el dragón. Por ahí vemos también a un diminuto Gollum escondido. Es decir, algunos elementos de las historias que Tolkien escribía en su momento se escapaban de pronto a las cartas navideñas.

Tolkien ponía bajo el árbol cartas ilustradas a sus hijos. Les regalaba su imaginación. ¿Será posible algo mejor?

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