Un clavado en Cabo Pulmo

Adriana Malvido

Cabo Pulmo es ejemplo perfecto de una ocupación virtuosa del territorio y del desarrollo sostenible comunitario

Antes de la inmersión recuerdo que Cabo Pulmo es casa del arrecife coralino mejor conservado del Pacífico mexicano y el más extenso de Baja California, se considera la joya de la corona de la conservación y sus aguas en el Mar de Cortés son “el acuario del mundo”, según Jacques Cousteau. Aun así, mientras me pongo el visor, no imagino el tamaño del asombro que viene.

Brinco al mar y lo primero que veo es un banco de jureles gigantesco. Son miles de peces que nos rodean y después siguen su rumbo como una inmensa sombra submarina en movimiento. Luego descendemos en “La Navaja”, un paraíso de formas y colores animado con algas, anémonas, esponjas y moluscos multicolores… y sus residentes, los pargos, cabrillas, los “molejinos”, la “Damicela cola de tijera”, el “Perico” y el “Puerquito bandera”, el “Chivato mexicano”, el “Pez ángel rey”… nombres con los que ha bautizado la comunidad de Cabo Pulmo a los peces que se alimentan aquí. Estamos en uno de los tres arrecifes vivos que quedan en toda Norteamérica.

Mientras lo exploramos, recuerdo que su buena conservación tiene una historia:

Luego de años de sobreexplotación pesquera que había arrasado con muchas de las especies de la zona, en 1995 Cabo Pulmo se declaró Parque Nacional. La comunidad local, entonces de unos 200 habitantes, decidió darle un giro a su actividad, dejó las redes de pesca y se dedicó al turismo ecológico. En 16 años, las especies de flora y fauna no sólo se recuperaron sino crecieron en 400% y volvieron especies migratorias como tiburones ballena, mantarrayas gigantes, ballenas jorobadas, tortugas marinas y tiburones, hasta conformar el área marina mejor conservada del golfo. Hay delfines, mantas voladoras y una colonia de lobos marinos ha hecho del lugar su casa. Pero el regreso más notable fue el de los peces de arrecife, más de 200 especies cuya abundancia, diversidad y biomasa es hoy cinco veces mayor al de otros lugares del golfo.

Los arrecifes coralinos son ecosistemas de gran biodiversidad y, al mismo tiempo, de enorme fragilidad. Por eso, la comunidad local de Cabo Pulmo restringió la pesca y emprendió actividades como el buceo y el kayak, programas de educación y sensibilización, de limpieza de playas y de océanos, y demostró que es posible la recuperación total de la vida marina con un modelo de conservación que, además, los beneficia económicamente.

Cabo Pulmo es ejemplo perfecto de una ocupación virtuosa del territorio y del desarrollo sostenible comunitario. Por eso, organizaciones ambientalistas como el Fondo Mexicano para la Conservación de la Naturaleza, de mano de la CONANP y la comunidad local, lo han defendido de ambiciosos megaproyectos. Así protegen la riqueza natural, pero también, la forma de vida de sus habitantes y un modelo de turismo sustentable, alternativo al turismo masivo de “sol y playa”.

De regreso a la ciudad, inicia la COP26 en Escocia. Unos 100 mil jóvenes de todo el mundo se movilizan en las calles por una “justicia climática”. Y es que los pronósticos ante la emergencia son tan reales como la tibieza de los líderes políticos y la amenaza de una extinción en nuestro planeta. Es hora de la gente y la organización ciudadana. De que las nuevas generaciones y las historias de las comunidades locales sean escuchadas.

El de Cabo Pulmo fue, en ese sentido, un clavado silencioso a la esperanza. Porque un área marina protegida bien manejada es clave para hacer frente a la crisis climática.
 

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