Se escribió hace 50 años: “Puesto que el presidente de México tiene un poder inmenso, es inevitable que lo ejerza personal y no institucionalmente, lo cual conduce a que la persona del presidente le dé a su gobierno un sello peculiar, hasta inconfundible (…) el temperamento, el carácter, las simpatías y las diferencias, la educación y la experiencia personales influirán de un modo claro en toda su vida pública y, por lo tanto, en sus actos de gobierno”.

El autor es Daniel Cosío Villegas y su ensayo El estilo personal de gobernar (Siglo XXI, 1974) se refiere al entonces presidente de México Luis Echeverría Álvarez. Llego al texto gracias a la maestra en Comunicación Elsie Mc Phail, quien comenta que el historiador identifica este fenómeno “más en las viejas monarquías absolutas que en los Estados democráticos modernos y resalta aquellas formas de ejercer el poder, tanto en la forma de pronunciar sus discursos como en la manera en que se muestran y desplazan sobre el escenario”.

Cosío Villegas hace un perfil sicológico del mandatario, su personalidad, su carácter, su temperamento. Así, nos cuenta Elsie, describe la hiperactividad de Echeverría y su costumbre de pronunciar entre dos y tres discursos diarios; analiza acciones inconscientes del presidente, como el movimiento reiterativo de su antebrazo para subrayar “autoridad y sapiencia”.

El también sociólogo descubre la tendencia narcisista de un presidente que alimenta el culto a la personalidad: “Proclive al gozo excéntrico de verse en el espejo de los medios, ajeno al diálogo y a la autocrítica, ya que sus observadores notaron el sorprendente aplomo con el que se desempeñaba frente a las cámaras de televisión (…)”. Recoge el testimonio de un invitado a las giras de LEA, quien lo describe como “un hombre muy pagado de sí mismo, de sus ideas y sus propósitos, de modo que cree saberlo todo y, por lo tanto, serle innecesario consultar o siquiera meditar él mismo (…) Llega uno a imaginarlo desfallecido cuando se encuentra solo, y vivo, aun exaltado, en cuanto tiene por delante un auditorio”.

En suma, escribe Mc Phail, “puede decirse que el estilo personal de gobernar se explica más por las características personales del presidente, quien concentra y ejerce el poder en grado desmedido, debido a las condiciones estructurales del sistema político mexicano, y una deficiente institucionalización que muestra pocos contrapesos frente al poder unipersonal”. Todo el poder, pues, recae en el jefe del Ejecutivo, pieza principal de la vida política del país. Para Cosío Villegas: “Con su poder inmenso, lo ejerce de manera personal y no institucionalmente, imprimiéndole un sello peculiar e inconfundible”.

Elsie Mc Phail es autora del nuevo libro La solemnidad del poder y sus fisuras en el fotoperiodismo de Christa Cowrie (UAM Xochimilco, Editorial Terracota). Se trata de un análisis exhaustivo de la obra de la reconocida fotógrafa mientras cubrió la fuente presidencial de 1976 a 1994. Pero también, del poder y los medios. Y recuerda cómo, luego del golpe a Excélsior, orquestado por LEA en 1976, con el unomásuno de Manuel Becerra Acosta y el semanario Proceso de Julio Scherer García, se generó un periodismo más libre, crítico e independiente, que jugó un papel fundamental en el proceso de transición hacia la democracia.

El presidencialismo absoluto forma parte del pasado. ¿O no?

adriana.neneka@gmail.com

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