Por la libertad de expresión

Adriana Malvido

La posibilidad de ejercer la libertad de expresión hoy no es, pues, resultado de una concesión gubernamental sino fruto de la batalla cotidiana de varias generaciones

Porque es un derecho que hay que ejercer cada día, firmé el desplegado En defensa de la libertad de expresión, donde un coro plural de voces exigimos que cese la hostilidad desde la Presidencia hacia el periodismo crítico.

En abril de 1982, la revista Crítica Política publicó una portada de Naranjo, en donde aparecía el entonces presidente José López Portillo sentado en un banquito, con una paleta de óleos en una mano y un pincel en la otra y atrás, un lienzo con la imagen de una República Mexicana cuyas formas se perdían en colores desparramados; era “El balance del sexenio”. Francisco Galindo Ochoa, entonces coordinador de Comunicación Social de la Presidencia, amenazó a los editores: “A Ustedes, por publicar una caricatura que deteriora la imagen del presidente, les va a pasar lo mismo que a Proceso. No recibirán ni una línea de publicidad del gobierno. Si quieren criticar al presidente háganlo, pero no con nuestro dinero. Se les pide tan poco y ni eso hacen. Yo soy el encargado de aplicar esa política”. Y aplicó la censura.

En ese entonces yo trabajaba en el unomásuno de Manuel Becerra Acosta que, como el Proceso de Julio Scherer, asumió la responsabilidad de un periodismo crítico e independiente como respuesta a un reclamo social en el contexto de la apertura democrática. La caricatura, la fotografía, la crónica… estrenaban formas inéditas de libertad que continuarían en La Jornada. Esos años marcaron un antes y un después en el ejercicio periodístico.

La posibilidad de ejercer la libertad de expresión hoy no es, pues, resultado de una concesión gubernamental sino fruto de la batalla cotidiana de varias generaciones. Ejercerla con responsabilidad y ética es imperativo, pero también lo es el respeto a la crítica y la garantía de que no habrá represalias. Ni descalificaciones desde la Presidencia que tanto alimentan la polarización social.

El reduccionismo es una amenaza para la sociedad civilizada, sostiene Rob Riemen. Para quienes dividen al mundo en dos, el que piensa diferente a él merece ser exhibido. Así el tuitero que divulgó un “análisis” para señalar, entre los firmantes del desplegado, a colaboradores de Nexos y Letras Libres, a egresados de instituciones privadas o universidades del extranjero, a quienes protestaron por los recortes a institutos de investigación… como si todo aquello fuera condenable. Y no vio que, en la diversidad, a los firmantes los unió la defensa de uno de los valores esenciales de la democracia.

De esos valores escribe Riemen: “La democracia es la forma de gobierno que busca enaltecer a los seres humanos, permitirles pensar y ser libres. El objetivo de la democracia es, por lo tanto, la educación, el desarrollo intelectual, la nobleza de espíritu (…), el arma más importante para impedir que la democracia degenere en una democracia de masas en la cual la demagogia, la estupidez, la propaganda, la vulgaridad y los instintos humanos más bajos ganen terreno, hasta que inevitablemente den a luz al hijo bastardo de la democracia: el fascismo”.

Nadie quiere “amordazar” al Presidente, pero sí que contribuya a elevar el nivel de la conversación social y no al despertar de los instintos más primarios, esos que le abren la puerta al miedo y a la autocensura, enemigos de la libertad.

[email protected]

Comentarios