Para iluminar las cuevas

Adriana Malvido

A mi hermano Roberto

Era una capilla oscura y lúgubre en Cádiz, en realidad, una casa particular donde una hermandad, cada viernes santo, se reunía a celebrar “La Devoción de las Tres Horas”. Murallas, ventanas y pilares se cubrían de negro y sólo una gran lámpara colgaba del centro del techo. Cada año al mediodía, desde 1730, se cerraban las puertas y al interior se hacían lecturas sobre los tormentos que Cristo padeció en la Cruz y una meditación sobre las últimas siete palabras que pronunció. Ahí, en ese espacio conocido como Santa Cueva, la irrupción de la música y la pintura a fines del siglo XVIII le dio otro sentido a la tragedia y a la ceremonia misma. La intervención de Haydn y Goya cambió todo. Y se debió a la gestión de un mexicano.

Esta historia, que leo durante una extraña semana de Pascua, se la debemos al músico Carlos Prieto y a su libro Las aventuras de un violonchelo (FCE, 1998), en cuyo Prólogo nos dice Álvaro Mutis que después de este texto no será necesario preguntarse más “qué fue del piano favorito de Chopin, ni a dónde fue a parar el clavicordio de la familia Bach, ni si Paganini quiso de verdad algunos de sus violines”. Y es que el chelista mexicano recorre la historia de la música para narrarnos la increíble travesía de un instrumento que nació en manos de Antonio Stradivarius en 1720 y fue a dar a las suyas en 1979.

El protagonista del libro se llama Piatti y nació hace tres siglos en Cremona, al norte de Italia, dentro del taller de Stradivarius, quien creó a sus 76 años 14 violines y un solo violonchelo. Luego de su muerte, el instrumento llega a manos del joven músico Carlo Moro, quien, deslumbrado por la actividad musical en España (que dominaba su país en esa época), logra su sueño de obtener un trabajo en Cádiz. Así, en 1762 se embarca en Génova para llegar a su destino: el Teatro de Ópera Italiana, donde, nos cuenta Prieto, luego de 40 años “en estado prácticamente virginal”, tiene lugar la primera actividad del Piatti. En ese tiempo, Moro conoce al padre José Sáenz de Santa María, quien le consigue una plaza en la orquesta de la Catedral. Posteriormente, en 1771, el mismo sacerdote asume la dirección espiritual de la hermandad de la Santa Cueva.

Cuando muere su padre, el sacerdote hereda el título de marqués de Valde Iñigo junto con una gran fortuna y con ella financia la renovación y ampliación de la Santa Cueva. Una vez realizada, desea darle mayor relevancia a la ceremonia y decide encargarle una obra musical al más importante compositor de la época: Franz Josef Haydn. Moro le dice que es una locura irrealizable, pero el cura pide la intervención de su cofrade Francisco de Paula Micón, marques de Méritos, amigo del genio austriaco que en ese momento vive en Esterháza, cerca de Venecia. Luego de leer la descripción de la ceremonia, Haydn se conmueve profundamente y compone Las siete palabras, siete adagios con duración de 10 minutos cada uno. Sólo el “Terremoto” (la conmoción de la Tierra luego de la crucifixión) tiene un tempo diferente. La obra se estrena el vienes santo de 1787 en la Santa Cueva con los mejores músicos de Cádiz y Carlo Moro con el Piatti. Poco después, Santa María logra que Francisco de Goya realice tres óleos: La última cena, la Multiplicación de los panes y el Invitado a las bodas que se bendicen el jueves de Pascua de 1796 en el oratorio de la Santa Cueva.

Carlos Prieto nos revela su descubrimiento: José Sáenz de Santa María era mexicano. Nació en el puerto de Veracruz en 1738, de padre español y madre mexicana. Al morir ella, cuando él tenía 12 años, su padre, rico comerciante, se lo lleva a la próspera ciudad de Cádiz.

Leo esta historia durante una extraña semana de Pascua. Extraña por darse en medio de una feroz pandemia planetaria que nos lleva al encierro. Pero también porque cuando más urge iluminar las cuevas (que pueden ser ciudades, pueblos, casas, hospitales, almas en pena…), la amenaza de que se extingan apoyos a las artes y a la ciencia sólo aumenta la oscuridad.

 

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