En agosto de 1993, el notario Armando Gálvez Pérez dio fe del testamento de Natasha Gelman en donde quedó estipulado el nombramiento de Robert Littman como albacea de su acervo de arte mexicano. Para recibir y administrar la colección, el curador estadounidense quedaba condicionado a “conservarla, no dividirla, exponerla en un museo de carácter privado con acceso al público en general y autorizar que, en caso de ser necesario, con previo consentimiento del Instituto Nacional de Bellas Artes (…) pudiera salir del país para ser expuesta en el extranjero”.
Cuatro meses después de la muerte de Natasha en 1998, Littman acudió al mismo notario (No.103 del Distrito Federal) para aceptar y adjudicarse “su legado”. Así, según la escritura (62,738) firmada ese día, el albacea se hizo “legítimo propietario”, término utilizado por el gobierno mexicano hoy para darle validez legal a la venta del acervo por parte del albacea a Marcelo Zambrano Alanís y al traslado de 160 obras maestras a Fundación Santander en Cantabria para que el banco la gestione “temporalmente”. Ignoro si saben los involucrados que aquel notario fue investigado por “administración fraudulenta” al haber dado fe al testamento de Natasha cuando la coleccionista ya padecía síntomas de enfermedad mental (probable Alzheimer) y por adjudicar la colección de arte a un albacea que no cumplió con su obligación, señalada por ley, de realizar un inventario y un avalúo de los bienes.
Littman libró múltiples litigios en México, Estados Unidos y Europa emprendidos por familias y personas que demandaban ser propietarios de la herencia de los Gelman (valuada en 2003, por el New York Daily, en 400 millones de dólares), entre ellos Mario Moreno Ivanova, hijo de Cantinflas (socio de Jacques en la producción de cine); Sebastián Krawak, medio hermano de Natasha (que vendió su legado de 10 mil dólares por 20 mil al abogado Enrique Fuentes León, acusado del secuestro de Nellie Campobello) y sobrinos lejanos de la coleccionista. Frente a los problemas legales, Littman desmontó en 2008 la colección del Museo Muros en Cuernavaca, donde se exhibía, la escondió y luego se dedicó a rentarla a museos de todo el mundo hasta que la vendió en 2023. Por su parte, el notario Armando Gálvez fue asesinado en Ciudad de México en 2013 por razones nunca aclaradas.
Los Gelman deseaban que su gran colección, que resguarda al menos 30 obras declaradas Monumento Artístico, se quedara en México, donde vivieron. Si bien sus testamentos no se han hecho públicos, hay periodistas que han tenido acceso a parte de los documentos durante los múltiples litigios que atraviesan esta historia. Si en el gobierno piensan que nadie se preocupó en 20 años por la colección, como reclama la secretaria de Cultura, Claudia Curiel, a quienes defienden que permanezca en el país, un clavado a la hemeroteca en México y Estados Unidos revela decenas de periodistas atentos desde hace más de un cuarto de siglo. Por ejemplo, Areli Quintero, quien publicó fragmentos del testamento de Natasha Gelman, como el aquí citado, en marzo de 2009 (Nexos).
Que no se vendió a Santander, que la propiedad es de coleccionistas mexicanos, que durante su itinerancia mundial volverá al país cada dos, tres, cinco años… porque así lo dictan las leyes… que demos las gracias porque la exposición seguirá aquí durante el Mundial… nos dice la voz oficial. Del convenio Santander-Zambrano-INBAL se desprende, más bien, que la colección podría irse de México por tiempo indefinido y que ya no se trata de intercambios culturales, sino de transacciones financieras. Pero la sociedad y la comunidad cultural ya elevan la voz. (Continúa)
adriana.neneka@gmail.com

