Hay múltiples maneras de celebrar el centenario del nacimiento de Miguel León-Portilla. La lectura de su libro póstumo Soy mi memoria es, quizá, la más urgente. La relectura de su obra, desde Visión de los vencidos hasta Erótica Náhuatl, promete un placer renovado. Y habrá muchas más, porque el historiador, filósofo, filólogo, nahuatlato, arqueólogo de textos, humanista, maestro y editor hizo siempre de su erudición una fiesta compartida y de la palabra un ejercicio poético. En la memoria personal hay una constante más: la presencia de su compañera de vida, Ascensión Hernández Triviño, Chonita.

Una de las entrevistas que más atesoro es la que les realicé para el libro Intimidades (2022, Paralelo XXI) cuando, junto con la fotógrafa Christa Cowrie, emprendí una exploración de cómo se vive la creatividad en parejas del arte y la cultura en México.

Cuando llegamos a su casa en Coyoacán, Chonita y don Miguel comentaban un estudio del historiador: Los pueblos indígenas hacia 1810, hacia 1910 y hacia 2010. Imposible interrumpirlos. Nos saludaron cordiales y continuaron su disertación. Pronto nos dimos cuenta: a esta pareja le preguntamos sobre el amor y se remiten a los griegos. Los abordamos sobre la comunicación en pareja y nos hablan de Fray Andrés de Olmos, de quien publicaron juntos Arte es gramática, igual que años después, también en coautoría, editarían Las primeras gramáticas del Nuevo Mundo. Y si queríamos hablar de su vida cotidiana, la UNAM era protagonista en la conversación.

Recordamos su homenaje en la UNAM cuando cumplía 90 años y, ante un auditorio que lo ovacionaba, don Miguel reconoció en público a Chonita como brillante filóloga e interlocutora y agradeció sus cuidados de cada día. Expresó: “Mi vida ha sido muy feliz, estoy en paz con mi vida porque ha sido muy generosa conmigo”.

En su casa, donde todo remite a pasión por la historia, desde los libreros y documentos sobre las mesas de trabajo hasta la conversación, nos contó: “Tanto ella como yo no sabemos hacer otra cosa que leer, escribir y dar clases. Hablamos mucho de lo que estamos haciendo.” Trabajaba 24 horas al día. “Porque mire, mientras duermo mis neuronas no paran, cuando me despierto desayuno hablando con mi mujer de lo que vamos a hacer y después en el coche lo mismo, ya en la universidad no descanso, y cuando regresamos a comer seguimos con la cantinela, así es."

“Yo le pregunto o ella me pregunta, nos leemos, comentamos todos nuestros planes y casi siempre vamos juntos a todos los viajes. Ella me ayuda mucho, estudió historia universal, entonces tiene una perspectiva muy amplia que yo no tengo. Por ejemplo, se ha metido mucho en la historia de la lingüística, leyendo a Platón, Aristóteles y proto gramáticos griegos y romanos, tiene ediciones facsimilares de muchos de esos libros.”

Se conocieron en 1964 durante un congreso de Americanistas en Barcelona y se casaron en Extremadura, tierra de Ascensión, en 1965. Desde entonces, nos contó ella: “hemos vivido entreverados por la admiración y los libros”. En la Facultad de Filosofía y Letras, en una cabaña en Tres Marías, un departamento en Madrid o en Cuernavaca y luego en Coyoacán, compartieron durante 44 años el afán de “pensar en común”. Pero también el interés por los pueblos y lenguas indígenas, la biodiversidad… unidos, dice Chonita, por “la admiración del uno hacia el otro y la voluntad de seguir juntos”.

Hablaron de la creatividad compartida “que da sentido a la existencia y consolida la amistad”. La amistad que, decía don Miguel, es “lluvia de flores” como la que empieza a caer ya, en esta primavera de su centenario.

adriana.neneka@gmail.com

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