Miguel de la Cruz, reportero

Adriana Malvido

Él graba, edita, transmite, informa. A cuadro se le ve relajado y sereno. Por fuera está cargado de gadgets, pero por dentro está lleno de palabras, lecturas y cultura

En la sala de prensa de la FIL hay silencio. Todos escriben su nota, se concentran. Se les ve ensimismados. Pero quien conoce el oficio sabe que por dentro bulle una olla de presión. Las y los reporteros ocupan la primera línea del periodismo. Así como hay personal médico de primera línea o guardaparques en las áreas naturales protegidas, los reporteros están en la primera línea de la información. Son el oxígeno diario de los medios.

Ahí en la sala de prensa hay un hombre de pie. Está vestido de negro y cubierto de dispositivos. Un tripié de iPad, un celular, la tableta, un micrófono, audífonos, cables y una pesada mochila sobre su hombro. Estos días no cuenta con camarógrafo, así que él hace todo. Envía cuatro notas al día desde Guadalajara al Canal Once. Cubre las presentaciones, entrevista a las autoras y escritores que vienen a la feria, recorre los pasillos para detectar entre millones de títulos, lo más interesante. Él graba, edita, transmite, informa. A cuadro se le ve relajado y sereno. Por fuera está cargado de gadgets, pero por dentro está lleno de palabras, lecturas y cultura.

Es Miguel de la Cruz. Treinta años en el periodismo cultural. Un día pensó: “Voy a hacer las notas como yo las quisiera escuchar”. Desde entonces ha hecho 10 mil notas y de su boca brotan palabras que, como proponía Kapuscinski, circulan libremente y no van vestidas de uniforme de gala. Palabras que nos informan todos los días acerca del acontecer cultural. Un día le preguntaron qué es eso que él cubre y respondió: “La materia en la que estamos concentrados es la vida misma”. Para él, la artística es la actividad más depurada de la humanidad.

El periodismo cultural, asegura Miguel, es una actividad que siempre existirá y cada vez con más sentido. Así le resten cada día más espacio en los medios, así la situación laboral de las y los reporteros sea cada vez más precaria, hay una urgencia social de aquello que nos humaniza. De la Cruz captura la información y selecciona aquella que tiene sentido, mitiga el mal humor social, los excesos y la estridencia, contándonos las mejores historias y los mejores sueños. Su labor es cubrir el trabajo creativo de nuestra época, aquello que nos emociona, nos conmueve y nos hace pensar. Por eso a veces al poder le molesta tanto la cultura.

Miguel ejerce una batalla heroica todos los días por dignificar el contenido de la televisión, elevar el nivel de la conversación social, alimentar la curiosidad. Pero va más allá. “¡Cómo trabajas!”, le dije un día. Me contestó: “Hacemos lo que podemos y más de lo que debemos”. Y ese extra que se ha inventado en el camino es hoy un asombroso ejercicio de fomento a la lectura.

Con “El libro del día” que presenta cada mañana y con #LeoconOnce, su club de lectura, ha multiplicado la pasión por los libros. Utiliza todos los medios como la tele, la interacción de lectores con autores en Twitter, el encuentro presencial o el Zoom, y hace de la experiencia lectora un gozoso encuentro colectivo.

Si a lo largo de esta FIL nos hemos llenado de libros y de reencuentros, lo que ha impregnado la atmósfera es la alegría. La alegría de estar vivos, de regresar a esta feria y de saber que un reportero tan respetado y querido como Miguel la Cruz recibe el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural “Fernando Benítez”.

(Resumen del texto leído durante el homenaje en la 35 FIL de Guadalajara el 5 de diciembre)
 

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