Lo que el decreto se llevó

Adriana Malvido

Escena posible en un futuro no muy lejano:

El templo de las Inscripciones en Palenque, Chiapas, apenas se aprecia entre la maleza que lo cubre, lo mismo el templo XIII que resguarda el sarcófago de la Reina Roja. Un grupo de estudiantes desciende del tren, se dirigen al sitio arqueológico y se preguntan en medio de un silencio abrumador: ¿y los famosos monos saraguatos o aulladores, por qué ya no se escuchan?, ¿en dónde quedaron los tucanes, las luciérnagas, los ocelotes y las serpientes de las que nos hablan los viejos? Lo mismo les inquietó antes en Bonampak, frente a los muros donde alguna vez lucieron restaurados los impresionantes frescos mayas. También buscaron rastros de su herencia precolombina en Chinkultic, dentro del Parque Nacional de las Lagunas de Montebello. Y en Calakmul, Campeche, cuando llegaron muy temprano al sitio arqueológico, enclavado en la selva, para escuchar a los jaguares y el canto de las 300 especies de aves, recorrer los sacbés, admirar las estelas y subir a la pirámide más alta para mirar Tikal. La escena se repitió en Muyil, Quitana Roo, dentro de la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an. Buscaron sin éxito el diálogo de la piedra con la selva en Dzibilchatún, Yucatán. El mismo abandono encontraron en unas 50 zonas arqueológicas ubicadas al interior de Áreas Naturales Protegidas (ANP), como Tulum, Yaxchilán, Tula, o el Tepozteco.

Los recortes del 75% al presupuesto del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), por decreto presidencial, permiten imaginar situaciones así. Porque es imposible entender la riqueza cultural de México sin la diversidad biológica en la que se desarrolla y los ecosistemas que le dan sustento. Hoy mismo hay 140 proyectos en ANP con la participación de poblaciones indígenas, entre las que se encuentran los pueblos náhuatl, chol, tzeltal, maya, lacandón, mixteco, tzotzil, zapoteco, purépecha, mazahua, seri, mayo, tepehuano, rarámuri, cuicateco, mazateco, otomí, tlapaneco, cora, huichol… A su vez, las ANP hospedan a más de millón y medio de personas que dependen del buen estado del ecosistema que protegen, comunidades que viven del ecoturismo, de la miel que producen o las artesanías que fabrican. Al menos 49 ANP se insertan en regiones habitadas por 36 pueblos indígenas.

Mientras que la superficie administrada por la comisión (182 ANP que cubren 11% del territorio nacional y 22% de nuestras áreas marino costeras), ha aumentado 400 % desde 2012, el presupuesto se ha reducido 45% y se han eliminado 376 plazas. Hoy, a cada guardaparque le corresponde vigilar 889 kilómetros cuadrados (equivalentes al tamaño de Monterrey) con un presupuesto de nueve pesos por hectárea.

El recorte al INAH, por su parte, ha levantado la voz de más de 7 mil investigadores, antropólogos, historiadores y arqueólogos de México y de todo el mundo y de organizaciones como la Society for American Archeology. La institución tiene a su cargo 110 mil monumentos históricos, 53 mil zonas arqueológicas (193 abiertas al público) y 162 museos que serán gravemente afectados por el recorte presupuestal. Lo mismo aquellos monumentos dañados por los sismos de 2017 y pendientes de restauración, o las escuelas, bibliotecas, proyectos de investigación y prácticas de campo.

Conservar la biodiversidad mitiga los efectos del cambio climático, nutre la identidad biocultural. Y el orgullo. Privarle al INAH y a CONANP de los recursos para cuidar el patrimonio implica, entre otras cosas, abrirle paso al saqueo y a la destrucción.

Pienso en “El Mañana”, de José Emilio Pacheco: A los veinte años nos dijeron: “Hay que sacrificarse por el Mañana”./ Y ofrendamos la vida en el altar/ del Dios que nunca llega./ Me gustaría encontrarme ya al final/ con los viejos maestros de aquel tiempo./ Tendrían que decirme si de verdad/ Todo este horror de ahora era el Mañana.

[email protected]

 

TEMAS RELACIONADOS

Comentarios