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La Reina Roja de Knórosov

Adriana Malvido

Ershova transcribe el balance del genio sobre su vida. Su honestidad estremece tanto como su pasión por la ciencia

En septiembre de 1992 le preguntaron a Yuri Knórosov qué sitios arqueológicos le gustaría conocer en su primera visita a México. Respondió: “¡Palenque!”, en primer lugar. Una de las muchas revelaciones que aparecen en su nueva biografía es que deseaba encontrar “la madriguera de la reina”, la última gobernante femenina de la gran ciudad durante la época clásica de los mayas. Entonces nadie imaginaba la existencia de la tumba de la Reina Roja que descubrieron, dos años después, los arqueólogos Fanny López Jiménez y Arnoldo González Cruz.

Ahora entiendo por qué aquella mañana de junio de 1995, en el hotel María Cristina, cuando le pregunté al investigador ruso cuál era su teoría en torno a la identidad de la Reina Roja descubierta apenas en junio de 1994, me dio una versión totalmente elaborada. Es decir, cuando nadie soñaba aún con el hallazgo del sarcófago en el Templo XIII de Palenque, él ya investigaba al personaje cuyo nombre encontró en la famosa lápida de Pakal, ubicada en el Templo de las Inscripciones: “Bella Guacamaya” o “Guacamaya Blanca”.

En su nuevo libro El último genio del siglo XX, Yuri Knórosov (Ediciones Akal), Galina Ershova, su inseparable colaboradora, narra la vida del etnólogo y lingüista, experto en escrituras antiguas, que hizo posible el desciframiento de la escritura maya. Comparte documentos inéditos como una carta manuscrita de 1991, donde el doctor describe el momento en que entendió la existencia de esta mujer. Según el texto del sarcófago de Pakal en la lectura del científico, Guacamaya Blanca se casó con el célebre gobernante, gobernó ella misma y, al morir, con ella “se acabó el linaje del jaguar”. La Guacamaya Blanca o Reina Roja era una de las personas favoritas de Knórosov: “La entendía, la admiraba y sentía compasión por ella”, asegura la historiadora.

El doctor quería ir a Palenque con la esperanza de encontrar “la residencia de la Bella Dama” y el enigma, asegura Galina, no lo dejaba en paz. Había leído en el Edificio E del Palacio, la inscripción: “Se sentó la alta /Señora gobernante/ La Mujer guacamaya/ (Del Clan) del antepasado gobernante”.

El capítulo “México lindo y querido…” ocupa 70 páginas del libro. Están sus visitas a las zonas arqueológicas y su relación con académicos mexicanos, así como su desacuerdo con Linda Schele y la epigrafía estadunidense. Amaba este país donde se le reconoció y dejó un enorme legado.

La autora narra, con insólito sentido del humor, las amenazas de muerte que recibieron en Guatemala y el dramático fin de la URSS para científicos como Knórosov, quien, hoy reconocido al nivel de Champollion, murió solo, cual personaje de Dostoievski, en el gélido pasillo de un hospital en San Petersburgo.

Al final, Ershova transcribe el balance del genio sobre su propia vida. Su honestidad estremece tanto como su pasión por la ciencia. Celebra el desciframiento, pero confiesa haber abandonado a sus padres … “Me quedé solo (…) Se acabó la carrera detrás del sueño; ahora sólo queda la soledad. La soledad es la muerte, cuyo rostro se oculta debajo de la capucha. Y ella vigila fijamente a través de la ventana, escuchando los últimos acordes de Chopin”.

De sus últimas palabras: “¿Que si agradezco a la vida? Probablemente (…) La ingratitud es el fin de todo. La gratitud es aquella cuerda celestial que une las generaciones. Sin gratitud todo pierde sentido. Y queda únicamente el silencio mortal de la soledad”.

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