El fin de una era. Con esta frase Canal Once se despidió de Cristina Pacheco quien, luego de medio siglo al aire, anunció a su público que se retira de la vida pública por motivos de salud. Más que el fin, ojalá sea el principio de una revaloración al trabajo de una periodista que ha dedicado su vida a la palabra para hacer de la conversación una obra de arte y de la calle, un motivo cotidiano para el asombro y el descubrimiento.

Me conmueve su despedida. Y recuerdo cuando Jaime Sabines le dijo en una entrevista que la gloria de un poeta es llegar a ser anónimo. Que pasen los años y la gente diga sus poemas sin mencionar al autor, que sus líneas se integren a la cultura popular. Eso, le comentó Cristina Pacheco, también sucede con los boleros. Y, agregaríamos, con frases como “Aquí nos tocó vivir”, nombre de su programa televisivo al que dijo adiós luego de 45 años.

Con una disciplina ejemplar y un talento para cazar historias alimentado por su pasión hacia los demás, Cristina Pacheco nos llevó cada semana a los rincones, los barrios y los personajes “invisibles” de la Ciudad de México. La suma de sus historias es una crónica única de las grandes transformaciones en la vida de la gente, de su lucha cotidiana por la supervivencia y por la defensa de los espacios para la libertad. Por eso, en 2010 la UNESCO registró Aquí nos tocó vivir en su lista del patrimonio documental “La Memoria del Mundo”.

La conocí en el unomásuno de Manuel Becerra Acosta donde todos los que nos iniciábamos en el periodismo la leíamos deslumbrados por su prosa y la convertimos en referencia ética que nos acompañaría todos los años por venir. Después, en La Jornada, la entrevisté cuando, a un año del terremoto de 1985, publicó su libro Zona de desastre. Lo que me contó entonces la retrata. Cuando tembló, lo primero que hizo fue ver que su familia, su casa y su máquina de escribir estuvieran a salvo y se puso a trabajar con la idea de “acompañar a la gente, decir lo que le pasa, servirle en lo que pueda (…)”. A la luz de la vela “me agarré del trabajo como quien se agarra a un tronco para que el tiempo no me arrastrara”.

Cristina Pacheco me ha enseñado mucho sin saberlo. En sus textos semanales, en la televisión, en la radio y en sus libros está la periodista de tiempo completo y de toda una vida. Eso de ir a las calles más humildes para revelar lo que tienen de riqueza sus habitantes y entrevistar a la vendedora de la Merced y a la primera actriz, al director de orquesta y al organillero… con el mismo respeto, curiosidad y profesionalismo, representa toda una enseñanza.

La idea de que la cultura atraviesa todas las formas de vida cobró vida en su trabajo y en la diversidad de sus entrevistados y temas. Y en tiempos de Internet, nos recuerda la importancia de la calle, del recorrido y de los alcances de un oficio cuando se ejerce con los cinco sentidos y para el que no hay tema ni personaje menor si se le aborda con inteligencia y sensibilidad.

Su programa Conversando con Cristina Pacheco respondió cada viernes durante 25 años a la avidez cultural de un gran público de varias generaciones hasta que se despidió el 1 de diciembre. Escribió su texto dominical Mar de historias, en La Jornada, desde 1986 hasta que también dijo adiós el domingo pasado.

En el documental Cristina Pacheco, mujer de historias, la escritora confiesa que de tantas que la habitan, se olvida de la suya. No así la ciudad, sus lectores y su audiencia, que la reconocen y la abrazan.

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