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En defensa del periodismo cultural

11/12/2019
00:30
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El año pasado buscaba yo, para una columna, al verdadero autor de la idea que derivó en el mundialmente reconocido logotipo de los Juegos Olímpicos de 1968. ¿Saben en dónde encontré su vida, su lucha, su filosofía y sus sueños? En el Tomo II, de los cinco que integran Los indios de México. Después de 50 años desde que se publicó, la información más completa y fascinante de Pedro de Haro, marakame o chamán wixárika, autoridad moral del pueblo huichol, sigue siendo la que plasmó el periodista y autor de esa obra monumental: Fernando Benítez.

Lo conocí en 1979 cuando hacía mis pininos en el unomásuno, donde Benítez creó el ya legendario suplemento cultural sábado. Antes había fundado México en la Cultura en el periódico Novedades y La Cultura en México en la revista Siempre! Años después, me lo encontraría de nuevo en La Jornada, donde lanzó La Jornada Semanal. Historiador, antropólogo y escritor, autor de decenas de libros, fue una especie de Marco Polo del periodismo mexicano, padre de los suplementos culturales del siglo XX y motor a quien le debemos deliciosas polémicas y debates en torno al arte y la cultura de nuestro país.

Reviso la lista de periodistas que han obtenido el reconocimiento con el que me honra la FIL. A muchos les debo lo que soy o lo que aspiro ser. Por eso hoy quiero rendirles un homenaje personal. Los nombraré por orden de aparición en este escenario.

Dicen que la sociedad civil fue una antes, y otra después de Carlos Monsiváis. Y no era necesario ser su amigo personal para sentirlo cercano, para leerlo con la avidez de un náufrago en busca de brújula, la urgencia con la que un desafortunado pide un bolero o la necesidad de quien espera justicia en la palabra. Para los reporteros culturales, Monsi siempre está presente en la pantalla de la computadora como un semáforo que alerta contra el lugar común, la cursilería o la solemnidad, entre otros obstáculos del buen periodismo. El terror de imaginarlo como posible lector, o a entrevistarlo, obligaba a pulir las antenas para encarar su inteligencia, agilidad, sentido del humor y erudición en cualquier área de la vida humana: la literatura y los cómics, el cine europeo y el de barrio, el teatro y la carpa, la pintura y la caricatura, la poesía y el chiste, el blues y el corrido, los movimientos sociales, la vida urbana, la ridiculez y el absurdo de los poderosos... Escucharlo era un regocijo, pero también un boleto hacia la autocrítica y la conciencia.

Por Elena Poniatowska sé de la importancia que tienen las preguntas y la curiosidad, como elementos indispensables del periodismo. Con ella descubrí, y a cada rato redescubro, el significado profundo de la palabra “generosidad”, la importancia de la valentía para hacer las preguntas más inesperadas del mundo y el valor para sostener las convicciones contra viento y marea. A sus 87 años presenta una novela nueva y aún recorre calles, pueblos y libros con curiosidad insaciable y energía asombrosa. La colección Todo México, con sus mejores entrevistas, es la historia de nuestro país contada en voz de los creadores, de los personajes más vivos en el imaginario colectivo, de aquellos que no forman parte de enciclopedias académicas, pero sí de nuestra manera de ser, de vivir y de sentir la vida todos los días. Esta y sus demás obras son como una enciclopedia del alma de México. Y de los nutrientes culturales que nos han formado. En lo personal, su presencia ha sido definitiva.

Durante años, el Inventario de José Emilio Pacheco en Proceso fue nuestra cátedra semanal de periodismo, en donde, como dice Vicente Quirarte, el poeta daba fe de las cosas “como si por primera vez ocurrieran”, desde El Cantar de los Cantares, un lamento por la ciudad perdida, el juego de la Máquina If o la escritura de un haikú, hasta Internet. Decía que la realidad escribe mal, sin tono, ritmo o armonía… que debería tomar un taller literario (…) Sin embargo posee en alto grado/ una virtud artística suprema:/ No se repite nunca,/ Siempre es nueva,/ Siempre nos deja con la boca abierta,

Las páginas de José Emilio Pacheco, cargadas de erudición y poesía, son el taller por el que pasa la realidad para que podamos leerla y descubrirla de otra manera, observar con ojos nuevos la ciudad, pero también al mar y al colibrí, a la piedra y al grillo, a los dragones y a los helechos, al viento, a la luna y al sol, a la luz y a las tinieblas. Y atrás de todo, la discreción y la humildad, la independencia, el ansia de conocimiento. El escritor es una constante como referencia ética y aparece cada vez que la vanidad llega para seducir al ego.

Lo mismo que Pacheco, Vicente Leñero es memorable por su obra periodística-literaria y su postura ética. Leí muy joven y con gran avidez Los periodistas; inolvidable su entrevista con el subcomandante Marcos en Proceso, las puestas en escena de La mudanza o El martirio de Morelos y joyas bibliográficas como Sentimiento de culpa. Relatos de la imaginación y de la realidad o Gente así. Recuerdo su definición del quehacer periodístico como “talacha de urgencias, neurosis de presente, pasión por el instante que nos parece eterno a la hora de dar con la noticia y atrapar el secreto de un gran descubrimiento (…) Vocación por lo inmediato”. Sé que no hay que mitificar a nadie ni crear ídolos de bronce, pero yo cada vez que reviso su biografía y su obra vuelvo a creer que hay vidas ejemplares.

Raquel Tibol. Con ella aprendí a mirar las artes plásticas como ventana para observar al mundo a través de los ojos de los artistas que me enseñaron a ver y sentir con la imaginación. Supe que, como decía Alfonso Reyes, el acto de ver es “la operación más intelectual de nuestros sentidos”. Entendí que la sensibilidad se alimenta de conocimiento, disciplina, constancia y espíritu crítico. Que a veces hay que poner el dedo en la llaga, pero siempre hay que llamar a las cosas por su nombre. Que el rigor no está peleado con la pasión y que la historia del arte puede contarse con emoción. Que la congruencia y el dominio de la palabra otorgan autoridad moral. Recibí de doña Raquel uno que otro regaño y algún coscorrón, pero ningún tibolazo.

Cristina Pacheco. En sus textos semanales, en la televisión, en la radio y en sus libros está la periodista de tiempo completo y de toda una vida. Eso de ir a las calles más humildes para revelar lo que tienen de riqueza sus habitantes. Acercarse al artesano o al vendedor de cualquier mercado, a la primera actriz o a un director de orquesta, con el mismo respeto, profesionalismo y avidez, con la integridad en alto y la ética por delante representa toda una enseñanza.

Todavía escucho en este auditorio el eco de las palabras de Hugo Gutiérrez Vega al recibir el “Fernando Benítez”, cuando nuestro país ya se adentraba en las garras de la barbarie, en 2010: “Hay que aferrarnos a la defensa de las páginas culturales como una manera de aferrarnos a los actos civilizatorios. Y como una manera de darle a la palabra su lugar en el centro de la comunicación humana”.

De la inteligencia de Roger Bartra, el talento de Juan Villoro, la mirada de Graciela Iturbide, el compromiso de Sergio González Rodríguez, la amistad de Christa Cowrie, Pedro Valtierra, José Luis Martínez, Armando Ponce y la hermandad de Braulio Peralta está llena mi libreta donde laten mis aspiraciones y los más grandes afectos y complicidades en el camino.

Son 40 años. Viví el tránsito de la máquina de escribir a la computadora y el paso de una vida sin horarios, a la vida en pareja con Miguel, que primero toleró la locura de los tiempos periodísticos y muy pronto se convirtió en mi principal aliado. Pasé de las vigilias escribiendo un reportaje a las que impone una muy deseada maternidad. Tres hijos, Miguel, Mónica y María, mis jóvenes y luminosos maestros. Las ojeras, la angustia de terminar una nota para salir corriendo al Montessori a tiempo, la culpa durante las ausencias y, por lo mismo, la idea de que en cada texto hay que darlo todo como si fuera el último. La irrupción del modem primero y de Internet después, revolucionó nuestras vidas y el ejercicio de nuestra profesión que atestiguó la desmaterialización de la cultura.

Del periodismo de papel al ciberespacio y las redes digitales; del télex y el rollo fotográfico al celular y las apps; del caset y la libreta al gadget en turno… todo cambia todo el tiempo y hay que iniciar de nuevo cada día en este aprendizaje sin fin. Pero hay valores que permanecen: la independencia, la libertad y la soberanía intelectual; la idea de que el otro es lo más importante del mundo; la convicción de que la credibilidad se construye y es, como nos decía Carlos Payán, el capital más importante que tenemos; la certeza de que el periodismo de cinco sentidos es el más rico y confiable; de que los lectores merecen tu mayor esfuerzo ya sea en un libro, un reportaje, una columna o un tuit. Y la idea de que, junto a los proyectos, hay que dejar un espacio libre para lo que la vida te ofrezca.

Y hoy, igual que una tarde cualquiera en unomásuno, La Jornada, Equis, Proceso, Milenio, Cuartoscuro o El Universal, frente a la máquina de escribir o la computadora, la columna, un reportaje o un libro, me digo a mí misma: “Haces lo que más te gusta, lo que te apasiona y además te pagan ¿qué más quieres?”.

La verdad es que sí quiero más: Quiero que dejen de matar a periodistas en este país, que se reconozca su derecho a vivir dignamente con mejores condiciones de trabajo, que el freelanceo deje de ser sinónimo de semiesclavitud, que los viajes por el mundo dejen de considerarse un lujo para que sean un bien necesario que nos saque del ensimismamiento. Quiero que cesen los ataques al periodismo crítico desde la Presidencia. Y que la cultura recupere su espacio como una ventana para mirar la realidad desde muchos y variados ángulos, para entender nuestra historia, nuestro presente y poder imaginar un futuro; para registrar los miedos, las esperanzas, las inquietudes y los sueños de la gente. En síntesis, que el periodismo documente cómo nos sentimos en este mundo. Que los medios dejen de reflejar solo aquello que nos dice que somos el espejo de Tezcatlipoca para que le den lugar a la luz; que dejemos de contar muertos y podamos contar más historias acerca de lo que mejor hacemos, lo que nos define como personas: la memoria, el arte y la cultura. Quiero que la poesía tome el lugar de la verborrea política. Que la reflexión y la búsqueda de la verdad se abran paso entre el ruido y las noticias falsas. Que el periodismo contribuya a elevar el nivel de la conversación social. Que la imaginación, la fantasía y también el humor ocupen un mayor lugar para que nunca nos adaptemos al horror de la violencia que nos rodea. Que podamos decirles a las jóvenes generaciones que García Márquez tenía razón al decir que este es el oficio más bonito del mundo.

Decía Raquel Tibol sobre el periodismo cultural: “Por pequeña que sea nuestra presencia en el juego de las tensiones contemporáneas, debemos esforzarnos por optimizar esa presencia, nuestra porción de poder, que no es financiero ni militar sino definitivamente espiritual”.

También quiero encontrar más palabras para expresarle a la FIL y a todos ustedes mi gratitud por este reconocimiento. Y algo más: que este abrazo colectivo provocado por los libros y el amor a la lectura, no se termine nunca.

(Texto leído en el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez que recibió la autora el 8 de diciembre en Guadalajara en la clausura de la FIL 2019)