Cultura de la cancelación

Adriana Malvido

En unas líneas, una frase, desde un micrófono o un tuit, el prestigio de una persona ganado a pulso a lo largo de toda su vida puede evaporarse velozmente

Cultura de la cancelación, se le llama así al método utilizado en años recientes para terminar con la trayectoria de alguien que ha dicho algo que no gusta a la mayoría. En unas líneas, una frase, desde un micrófono o un tuit, el prestigio de una persona ganado a pulso a lo largo de toda su vida puede evaporarse velozmente. Porque transgredió expectativas, porque ejerció su derecho a disentir, porque toda la complejidad de sus obras o sus actos se simplificó desde un precepto moral.

Ejemplos recientes del ejercicio de la cultura de la cancelación: la advertencia de universidades británicas sobre la saga de Harry Potter de J.K. Rowling o la novela 1984 de George Orwell. En el primer caso la Universidad de Chester dice que la lectura del niño mago “puede conducir a conversaciones difíciles sobre género, raza, sexualidad, clase e identidad”. En redes sociales, la misma autora fue cancelada cuando se le calificó de transfóbica después de algunas declaraciones suyas sobre sexualidad. De la segunda, es la Universidad de Northampton la que analiza la prohibición, justo de una obra que trata sobre la censura y la cancelación. Otras obras por dictaminar son Final de partida, de Samuel Beckett, y V de Vendetta, de Alan Moore.

Más cerca, en Estados Unidos, la Junta Escolar del Condado de McMinn en Tennessee, acaba de prohibir la lectura de Maus, una novela gráfica sobre el Holocausto, creada por Art Spiegelman y ganadora del Premio Pulitzer, debido a “preocupaciones sobre blasfemias y una imagen de desnudez femenina en su representación de judíos polacos que sobrevivieron…”. Esto cuando uno creía ya parte del pasado intenciones como las de Sarah Palin de retirar de bibliotecas públicas a ciertos autores como Mark Twain, Katherine Paterson, Maurice Sendak, Roald Dahl, Aldous Huxley, Steinbeck o Faulkner.

Cancelación y censura andan senderos paralelos. A veces se cruzan. Diego de Landa pretendió cancelar expresiones culturales donde veía la mano del demonio, como los códices mayas cuando ordenó quemarlos en el siglo XVI. El nazismo quiso cancelar a Thomas Mann, a Stefan Zweig, a Ernest Hemingway, a Rosa de Luxemburgo y a muchos más para “purificar” la cultura alemana y encendió sus libros en la hoguera. “Todo escritor, pensador, académico o artista que pronunciara opiniones diferentes a las del régimen era considerado un adversario” (Cita tomada del Museo Memoria y Tolerancia). Ejemplos abundan en la historia, como documenta Irene Vallejo en El infinito en un junco. Pero hay que recordarlos para que no se repitan.

Cancelar ideas, palabras y conceptos … ¿es eso lo que hoy pretende la SEP en los libros de texto de educación básica? Marx Arriaga, director general de Materiales Educativos, ordena eliminar términos como “calidad educativa”, “competencia”, “sociedad del conocimiento”, “eficiencia” o “productividad” en el Plan de Estudios 2022 para “terminar con el sueño neoliberal”. Otras áreas de gobierno evitan el uso de conceptos como “capital natural”, “sustentabilidad” y “gobernanza” por la misma razón.

Cancelar el disenso, las complejidades, el prestigio y la credibilidad de personas o medios que discrepan ¿es la intención del Presidente cuando se ensaña, desde el máximo poder, contra periodistas y voces críticas, como Carmen Aristegui?, ¿o contra una mujer de la importancia de Julia Carabias en la historia de la conservación de la naturaleza en México?

¿Es la cancelación, que se extiende en redes, la mejor manera de argumentar? No en esa vida libre, democrática y en paz a la que aspiramos.

 

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