Carta secreta, de José Clemente Orozco

Adriana Malvido

Orozco escribía con tinta sobre papel. Un siglo después, podemos leerlo. En contraste, hace dos días todos nuestros mensajes digitales se evaporaron en segundos

El 5 de octubre de 1910, Francisco I. Madero lanza su Plan de San Luis en el que llama a la insurrección popular para el 20 de noviembre. En esos días, sin embargo, Porfirio Díaz continúa los festejos por el Centenario de la Independencia y a diario corta listones de regalos que llegan de todo el mundo. Desde un estudio en la calle de Manrique-Pila Seca, hoy República de Chile, en el Centro de la Ciudad de México, José Clemente Orozco le escribe, como todas las noches, una carta a Refugio Castillo, su novia secreta. La reproduzco con una advertencia: es políticamente incorrecta.

“Mañana dizque va a haber una fiesta en la escuela, van a ir todos los ministros y embajadores extranjeros y también el presidente y toda su parentela, va a ser la recepción del regalo de Italia que consiste en una reproducción en bronce de una estatua que es una obra de arte de un escultor de la Edad Media que se llama Donatello (…).”

Dos días después le narra lo que vio en la Academia de San Carlos:

“Ayer fue la fiesta que te conté; el primero que llegó fue el ministro de Italia, que por cierto tiene cabeza de garbanzo, luego llegó el ministro de Japón, que tiene 87 centímetros de estatura (nadie lo había visto hasta que se subió en una silla para saludar,) luego fue llegando un señor muy tieso y muy almidonado, el ministro de Noruega con unos bigotes tan largos y tan puntiagudos que con ellos les arañó la cara a todos los soldados que formaban la doble valla.

“Después entró el director de la escuela, un barrigonzote que pesa 349 500 kilogramos (…). Después entró otro señor muy risueño y tan saludador que les hizo caravanas hasta a los pilares del patio; me dijeron que era el ministro de España.

“Después de él llegó lo mero bueno: el ministro de China vestido con enaguas negras y una blusa negra toda bordada de seda y en la cabeza una especie de caja de cartón amarillo ‘Buenas taldes, señolitas y señoles’. Luego se presentó el embajador de Estados Unidos masticando chicle y después otra infinidad de personajes a cuál más de tiesos y estirados. Cuando todos se estuvieron haciendo caravanas se oyó el himno nacional y se metió al patio una parvada de guacamayas y pericos, eran los dizque guardias presidenciales, con pantalones colorados, chaquetines azul pálido, adornos verdes y todos llenos de plumas, espejitos y creo que hasta cuentas de vidrio; en medio de ellos venía Don Porfirio, creyendo seguramente que se le iba a recibir con aplausos y vivas pero ni quién chistara. Ya en el salón, fue la ceremonia de la entrega de la estatua, el embajador americano no cesó de masticar su chicle y ya como a las 6 se acabó todo. Ya que todos se iban y que se veía materialmente que a todos les dolía la cintura de tanto hacerse caravanas y reverencias de despedida, se oyó un ruido en la escalera, era que al chino se le enredaron las enaguas y fue a dar de narices contra el embajador americano al que con la fuerza del choque se le salió el chicle de la boca, el cual fue a ensartarse a los bigotes del ministro de Noruega; la cajita de cartón del chino quedó pintada en el suelo porque el director se paró sobre ella.”

Orozco escribía con tinta sobre papel. Un siglo después, podemos leerlo. En contraste, hace dos días todos nuestros mensajes digitales se evaporaron en segundos. ¿Qué permanece en la era de lo efímero? Hoy como ayer la urgencia de la palabra y del humor.

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