La secuencia se repite una y otra vez ante nuestros ojos. En Minneapolis un agente del ICE dispara contra Renee Good Nicole, de 37 años, poeta, madre de tres niños. Muere frente a Rebecca, su esposa. Hemos visto así, innumerables escenas de violencia contra mujeres, infancias, trabajadores migrantes, tirados al suelo, golpeados, arrastrados hacia un lugar que no vemos. Y siempre me pregunto: ¿Qué hay ahí donde no vemos?
Renee Good formaba parte de una organización ciudadana que voluntariamente cuida a sus vecinos de la ola de deportaciones masivas de inmigrantes emprendida por el gobierno de Donald Trump. La única arma que utilizan son silbatos y tambores con los que alertan a inmigrantes sobre la llegada amenazante de agentes del ICE. Rebecca cita a Nicole: “Estamos aquí para amarnos unos a otros, cuidarnos unos a otros, y mantenernos a salvo y enteros”.
Al exterior: vemos la calle. Pero ¿qué hay al interior de las casas que aparecen al fondo de las escenas en nuestras pantallas? Familias de inmigrantes bajo encierro, con miedo, muchas ya fragmentadas. Salir a la escuela, al trabajo o a buscar víveres es un riesgo. Aunque ahora también viven el peligro adentro de sus hogares, porque el ICE tiene permiso del gobierno federal de tirar puertas y llevarse a cualquiera que les parezca sospechoso, porque es negro, latinoamericano, mexicano, inmigrante… Ahí donde no vemos, detrás de puertas y ventanas, hay niñas y niños que sobreviven, como Ana Frank, pero en Estados Unidos y en pleno siglo XXI. O jóvenes estadounidenses, hijos de mexicanos indocumentados, capaces de alistarse como voluntarios en el servicio militar solo para proteger a sus familiares de una deportación, como ofrece el programa Parole in Place.
Afuera: manifestaciones masivas en Estados Unidos contra el ICE y en apoyo a los inmigrantes. La detención de 2 mil personas desde que comenzaron las redadas en Minneapolis. Una marcha por la paz, organizada por monjes budistas en Columbia, Carolina del Sur. El alcalde de Nueva York, Zohran Mandani, denuncia el arresto arbitrario de un empleado venezolano con autorización legal para trabajar en el ayuntamiento. Curas que cierran con rabia la puerta de sus templos a los agentes que llegan a la caza de personas, aunque estén en oración.
Adentro: en el Hotel Beverly Hilton de Los Ángeles, durante la entrega de los Golden Globes, Mark Ruffalo hace la diferencia desde la alfombra roja, con su pin “Be Good” en honor a Renee Good, y sus críticas a Trump y sus políticas migratorias. Afuera: el espíritu de la resistencia crece. Surge el movimiento “Singing Resistance” (Resistencia cantando), cuya primera actuación sucede el domingo en las calles de Minneapolis donde se reúnen 300 cantantes a corear: This is for our neighbors who are locked inside. Together we will abolish ICE (“Esto es por nuestros vecinos encerrados. Juntos aboliremos al ICE”).
La escritora Rebecca Solnit comparte en redes una adaptación anónima de la plegaria de San Francisco de Asís: Señor, hazme un instrumento del disturbio/ Donde haya apatía, déjame provocar/ Donde haya complacencia/ sea yo quien cuestione/ Hacer justicia en lugar de hablar de la justicia (…).
El lema “Be Good” tiene eco en múltiples expresiones creativas que se resisten a guardar silencio. Siri Hustvedt advierte en El País: “En MAGA empiezan a aparecer grietas. Hacerse con el poder no es lo mismo que conservarlo. La esperanza puede fomentar el cambio. La resistencia es fundamental y en este país hay un movimiento amplio y perseverante que va luchando (…). Pero es esencial saber a qué nos oponemos; no es conservadurismo. Es un nuevo tipo de fascismo que afecta al mundo entero”.

