El pasado miércoles 21 de enero quedó claro: uno de los acervos de arte moderno y contemporáneo más importantes y luminosos de México se va del país, cambia de dueño y hasta de nombre. Ahora se llamará Colección Gelman Santander, la gestión del legado estará a cargo de Fundación Banca Santander y se exhibirá a partir de junio en El Faro Santander, un nuevo espacio museográfico en la capital de Cantabria, España. También quedo claro que el gobierno mexicano aprobó y acompañó un proceso que traiciona la voluntad de Jacques y Natasha Gelman.

En noviembre de 2024 una subasta en la Casa Sotheby’s de Nueva York puso al descubierto que la colección creada por los Gelman y que Natasha heredó a México para que se exhibiera de manera permanente en un museo aquí, se había desintegrado pasando por encima de un testamento notariado que estipulaba la obligación de mantenerla unida. Y, ante los ojos del mundo y de las autoridades culturales de este país, se ofrecían al mejor postor 36 de sus piezas, incluidas varias con declaratoria de Monumento Artístico. Obras de Frida Kahlo, Diego Rivera, María Izquierdo y David Alfaro Siqueiros, por ejemplo. El INBAL exigió entonces retirar aquellas catalogadas como patrimonio nacional y cuya exportación definitiva se prohíbe.

Lo que era un rumor en el sentido de que Robert Littman, albacea del testamento que firmó Natasha Gelman en 1993, había vendido el acervo a empresarios regiomontanos, acaba de comprobarse. Y no lo informaron autoridades mexicanas, sino Daniel Vega, director de El Faro Santander. Entre sus revelaciones: La familia Zambrano de Monterrey compró la colección en 2023 a la Fundación Vergel (creada por Littman para administrarla) y acordó con Santander una “gestión a largo plazo y renovable” que se alcanzó con el apoyo y la intervención de la SC y el INBAL.

El valor estimado del acervo, coinciden especialistas, supera los 500 millones de dólares. Contiene obras maestras como Diego en mi mente, Autorretrato con monos, Autorretrato con trenza y 14 más de Kahlo; 11 de Rivera, como Vendedora de Alcatraces, Paisaje con cactus, Girasoles; óleos de Carlos Mérida, Rufino Tamayo (Retrato de Cantinflas), Autorretrato de José Clemente Orozco, pinturas de Gerzso, Zárraga, María Izquierdo, Covarrubias, Soriano, Toledo… … y fotografías de Manuel y Lola Álvarez Bravo, Graciela Iturbide, Gabriel Figueroa…

Cuando la colección Gelman se exhibió en el Museo Muros de Cuernavaca (2004-2008) tenía 300 piezas. Enredado en múltiples litigios con supuestos herederos, Littman las retiró una noche, las escondió por años y luego volvió a rentarlas a museos alrededor del mundo. Hoy, informan, son 160 obras las que viajarán a su nueva casa en el Edifico Pereda de Santander remodelado por David Chipperfield.

¿En dónde quedaron las demás obras? ¿Cuántas y cuáles se vendieron por separado? Si Natasha Gelman estipuló en su testamento que el legado debería mantenerse unido ¿puede desintegrarse sin consecuencias? Son múltiples preguntas en el aire. Después de que Santander dio la noticia, el INBAL emitió un comunicado en el que, en síntesis, reconoce que acompañó el proceso del acuerdo “de carácter privado” entre Santander y la familia Zambrano; asegura que “se trabaja coordinadamente” para el registro de las obras que cuentan con declaratoria; que pueden ser exportadas “temporalmente” y que dará seguimiento a la buena conservación del legado.

Algo más queda claro: la falta de una política de Estado, ya no solo de nuevas adquisiciones, sino en la conservación del patrimonio artístico moderno y contemporáneo.

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