En México solemos confundir el síntoma con la enfermedad. Por eso, el espectáculo reciente alrededor de Marx Arriaga se volvió un circo perfecto: ruidoso, indignante, útil para el debate inmediato… e irrelevante para el fondo del problema. Arriaga no es la causa del desastre educativo; es apenas el mensajero torpe de un proyecto que decidió mirar hacia atrás cuando el mundo entero corre hacia adelante. Un personaje desechable, sí, pero funcional para encubrir la responsabilidad mayor: un gobierno que se lava las manos del fracaso de un modelo que ofrece pasado y no futuro a las niñas, niños y jóvenes del país.

La llamada “nueva escuela mexicana” nació envuelta en una retórica que pretendía ser emancipadora, pero terminó siendo profundamente regresiva. La romantización de los pueblos originarios —que en teoría buscaba reivindicar su historia y su dignidad— se convirtió en un recurso político para anclar a las nuevas generaciones en un tiempo que ya no existe.

No se trata de negar la riqueza cultural del país, sino de reconocer que la educación pública no puede convertirse en un museo emocional mientras el mundo exige competencias digitales, dominio de lenguas extranjeras, pensamiento científico y habilidades tecnológicas que avanzan a una velocidad que México simplemente no está alcanzando.

El problema no es enseñar sobre los pueblos originarios; el problema es usar esa narrativa como coartada para no enseñar matemáticas, ciencias, programación, inglés o habilidades del siglo XXI. Es convertir la identidad en un ancla, no en un motor. Es confundir orgullo con aislamiento. Es creer que la justicia histórica se logra borrando el futuro.

Y ahí está el verdadero pecado del modelo educativo actual: no prepara a las y los estudiantes para competir en la era digital, para insertarse en un mundo interconectado, para comprender la inteligencia artificial que ya define empleos, industrias y oportunidades. Mientras otros países discuten cómo formar talento para la economía del conocimiento, México discute si los libros deben enseñar a sumar o a obedecer.

Pero sería ingenuo pensar que este retroceso es accidental. La educación pública se ha convertido en el recipiente de las frustraciones políticas de un movimiento que nació sembrando odio, rencor y división, y que encontró en las aulas el espacio perfecto para moldear generaciones desde la vulnerabilidad. No buscan cerrar brechas; buscan administrar la desigualdad para que siga siendo políticamente rentable.

Porque —y esto hay que decirlo sin rodeos— la élite morenista no educa a sus hijos en las escuelas que diseña para los demás. Mientras desprecian la educación privada en el discurso, la consumen en lo personal. Los casos son públicos y visibles: hijos de gobernadores, secretarios, legisladores y altos funcionarios estudian en colegios de élite en México o en universidades extranjeras donde jamás verán un libro de texto de la Nueva Escuela Mexicana. Es un doble estándar obsceno: para los suyos, excelencia; para los demás, ideología.

Esa hipocresía de los encumbrados morenistas, revela la verdad incómoda: el modelo educativo no está pensado para generar movilidad social, sino para garantizar que quienes hoy tienen poder lo sigan teniendo; porque un país con jóvenes formados para competir es un país que cuestiona, que exige, que se mueve, pero un país con jóvenes educados para obedecer es un país que vota como le dicen.

Los datos lo confirman. La deserción escolar aumentó después de la pandemia y no se ha recuperado. Según cifras oficiales, más de 600 mil estudiantes abandonaron la secundaria en los últimos ciclos, un incremento que debería encender todas las alarmas. No se van porque no quieran estudiar; se van porque el sistema no les ofrece herramientas reales para imaginar un futuro distinto. Y cuando la escuela deja de ser un puente hacia mejores oportunidades, se convierte en un trámite inútil.

Reitero, Marx Arriaga no es el responsable de esta debacle. Fue apenas el ejecutor desafortunado de una visión más profunda y más perversa: la de un proyecto político que no quiere generaciones más educadas, sino generaciones más manipulables.

La educación mexicana no necesita mártires ni villanos menores. Necesita un rumbo. Necesita futuro. Necesita que dejemos de romantizar el pasado para justificar la mediocridad del presente. Y necesita, sobre todo, que quienes toman decisiones recuerden que un país no se transforma sembrando rencor, sino sembrando oportunidades.

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