Hay decisiones de gobierno que no solo indignan: retratan. Funcionan como radiografías completas del sistema político que las produce. El nombramiento de Francisco Garduño en la Secretaría de Educación Pública y el de Alejandro Gertz Manero como embajador de México en el Reino Unido, son exactamente eso: placas clínicas del obradorato, imágenes nítidas de un país donde la impunidad no es un error… es un método.

Ambos nombramientos revelan lo mismo. Ambos confirman que en México, la irresponsabilidad pública se “castiga” con ascensos y la deshonra con diplomacia.

Garduño: el pedagogo de la negligencia

Francisco Garduño llega a la SEP después de su paso por el Instituto Nacional de Migración (INAMI), donde ocurrió una de las tragedias más atroces del sexenio: más de 40 migrantes murieron calcinados en una estación migratoria con las puertas cerradas con llave. No fue un accidente. Fue negligencia institucional. Fue deshumanización. Fue crimen.

Pero en el país del “no somos iguales”, la negligencia no inhabilita: habilita, parece ser un mérito curricular. La indignación se vuelve más amarga cuando recordamos que la misma fuerza política que hoy calla ante esto, fue la que marchó, gritó y exigió justicia por la Guardería ABC. Entonces, la indignación era moral. Hoy, la moral es opcional. Lo que alguna vez fue causa terminó siendo pretexto.

Gertz Manero: el diplomático de la venganza

Y si el caso Garduño indigna, el de Alejandro Gertz Manero completa el retrato. El exfiscal general, personaje que ha transitado por el poder público durante décadas, fue premiado con la embajada en el Reino Unido después de haber convertido la Fiscalía en un despacho personal. Sus abusos fueron públicos, sus venganzas, evidentes, su capacidad para manipular la justicia, documentada. Llegó al extremo de encarcelar a la esposa de su hermano, quien pasó casi dos años en prisión por una justicia selectiva, torcida y al servicio de un hombre que confundió el cargo con un arma. Gertz se va a Londres con honores diplomáticos, como si su paso por la Fiscalía hubiera sido ejemplar y no una advertencia de lo que ocurre cuando el poder se ejerce sin límites.

Dos nombramientos, una misma lógica

Garduño y Gertz pertenecen a la misma clase política privilegiada que el obradorato dice combatir, pero que en realidad protege. Son parte de un grupo que se mantiene unido por complicidades, silencios y deudas mutuas. Viejos políticos que han sobrevivido a todos los gobiernos porque todos los gobiernos han necesitado a alguien dispuesto a hacer el trabajo sucio. Ambos representan la misma ecuación: si eres útil al poder, el poder te cuida; las víctimas, en cambio, son ignoradas

Y claro, en este contexto, el sarcasmo se vuelve inevitable. Porque en Morena los requisitos para gobernar parecen tener otros estándares, más flexibles, más creativos, más… adaptados a la realidad del movimiento:

• Si eres acusado de violación, como Cuauhtémoc Blanco, puedes ser diputado federal o como Félix Salgado Macedonio, senador, poner a tu hija en una gubernatura y luego aspirar a sucederla.

• Si tienes señalamientos de vínculos con el narcotráfico, como Rocha Moya o Américo Villarreal, no te preocupes: en la transformación hay espacio.

• Si administraste desfalcos multimillonarios como Ignacio Ovalle en SEGALMEX, el movimiento te perdona y te coloca en un nuevo cargo.

• Si como Adán Augusto López, estuviste involucrado en el escándalo del huachicol fiscal y en grupos criminales como “la barredora”, no solo no pasa nada: te conviertes en presidenciable y hasta coordinador de senadores.

• Si tu empresa —como Vector, de Alfonso Romo— fue señalada por autoridades estadounidenses por lavado de dinero, puedes ser jefe de la Oficina de la Presidencia.

Pero si eres víctima… serás ignorado e invisibilizado.

Los nombramientos de Garduño y Gertz no son errores: son mensajes. Son recordatorios de que la continuidad entre López Obrador y Claudia Sheinbaum no es un invento opositor, sino una realidad evidente. No hay ruptura. No hay cambio de estilo. No hay nueva ética pública. Hay, eso sí, un grupo político que se protege a sí mismo con una disciplina férrea, casi religiosa, donde la lealtad al líder pesa más que la lealtad a México.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿De verdad México se merece esto?

Porque si seguimos normalizando que la incompetencia se premie, que la corrupción se tolere, que la justicia se use como arma y que las víctimas se olviden, entonces no solo estamos aceptando este régimen… lo estamos perpetuando.

Política y activista

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