Politólogo por El Colegio de México y maestro en Ciencias Sociales–Ciencia Política por The University of Chicago

La tradición diplomática mexicana es de silencio y obediencia ––de complicidad discreta y sumisión ante el poder––. La historia de la política exterior de México se oculta con crónicas desproporcionadas de hazañas que no lo fueron y recuentos de momentos valerosos que se trataron de simples desplantes simbólicos permitidos por la intrascendencia de las acciones mexicanas. La diplomacia de este país se ha conservado temerosa, errática y acomodadiza, lo mismo que su Servicio Exterior.

En 1913, las noticias del asesinato de Francisco I. Madero y de la captura del gobierno mexicano por los militares leales a Félix Díaz y Victoriano Huerta encontraron en la Secretaría de Relaciones Exteriores la calma de quienes sirven y no cuestionan. El cuerpo diplomático mantuvo su silencio característico y extendió su obediencia habitual a sus nuevos patrones. Federico Gamboa , miembro prominente del Servicio Exterior, aceptó dirigir la Cancillería por invitación de quien había usurpado la presidencia y, a pesar de la desconfianza que tenía por Huerta, escribió en su diario “Y en cuanto me resuelvo a aceptar, hay en mi aceptación un poco de todo: culto a México; anhelo de contribuir a su alivio; mucho de vanidad por lo altísimo del puesto, codiciado mentalmente de años atrás; júbilo por lo del regreso, en tan buenas condiciones particularmente. Hay de todo, de lo alto, de lo mediano y de lo bajo”. En los meses que siguieron, el Servicio Exterior ocultó los sucesos de la política mexicana y concentró sus buenos oficios en procurar el reconocimiento internacional del régimen golpista. La brevedad de este gobierno sorprendió a los diplomáticos mexicanos, que, con la victoria del Ejército constitucionalista en julio de 1914, quedaron abandonados en sus adscripciones y, evidenciados, aludieron a la lealtad al Estado mexicano y a la neutralidad política, para justificar su colaboración con el gobierno militar y reacomodarse en la estructura burocrática del nuevo régimen. Poco importa lo que ocurra ––importa “lo altísimo del puesto”.

Entre los objetivos de los servicios diplomáticos profesionales están proteger el disenso, fomentar la experiencia, limitar el oportunismo e impedir la ambición desmedida. Sin embargo, en su historia, la carrera diplomática mexicana, lejos de procurar las habilidades y el conocimiento de los miembros del Servicio Exterior, se ha ocupado de incentivar el acomodo silencioso y obediente de quienes están dispuestos a servir a gobiernos antes que al Estado. La tradición de la diplomacia mexicana es la obediencia incuestionable al canciller y al presidente, el silencio que espera recompensas burocráticas y la lealtad a las autoridades por encima del país. Así como en 1913 no causó sobresalto la templanza del Servicio Exterior ante los acontecimientos en México, hoy no extraña la ecuanimidad de los diplomáticos mexicanos cuando intentan limpiar la imagen en el exterior de un gobierno fracasado. La obediencia dócil de los miembros del Servicio Exterior a la política personalista del gobierno de Huerta hace pensar en la sumisión de los diplomáticos mexicanos ante las decisiones erráticas de las autoridades actuales. La política exterior mexicana se conserva temerosa, porque no sigue la racionalidad del Estado, sino la del gobierno. Las acciones internacionales de México son erráticas, porque no se respaldan en la razón ni en la experiencia, sino en la ocurrencia y el espectáculo. Este país actúa con la mansedumbre de sus diplomáticos. Los miembros activos del Servicio Exterior Mexicano aún recurren a la lealtad al Estado y la neutralidad política, para acallar lo que les dice la razón, disculpar su silencio y defender su complicidad. Poco les ha merecido la pena el país al que juraron lealtad ––lo importante, dijo Gamboa, aún es “… [el] puesto, codiciado mentalmente de años atrás”.

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