A la gente le urge salir; yo quisiera estar en casa: paramédico ante Covid

Nación 07/01/2021 04:25 Juan Pablo Becerra-Acosta M. Actualizada 08:07
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Tras 10 meses de enfrentarse a emergencias cotidianas, los paramédicos de la Cruz Roja de la CDMX acusan los signos del desgaste; por ello, sólo piden una cosa: que la gente se se quede en casa

Son los primeros que entran en contacto con el virus SARS-Cov-2. Los primeros que están expuestos a la virulencia y letalidad del coronavirus. Los primeros que llegan a la zona de batalla, a la verdadera primera línea: a los hogares de que quienes yacen afectados por la Covid-19, esa enfermedad que les acecha, que les da miedo, que los estresa, que los contagia, pero que no los doblega.

Son paramédicos de la Cruz Roja, estos hombres y mujeres que llevan diez meses de enfrentarse sin descanso a incesantes emergencias cotidianas, para intentar mantener con vida a quienes han sido azotados por la pandemia, todas esas miles de personas que, temerosas, han temblado de angustia en sus hogares, sin poder respirar bien, sumidas en la duda de si debían o no ser trasladados en una ambulancia hacia un hospital, para impedir que sus pulmones dañados acabaran de colapsar, y sus vidas se extinguieran frente a un tanque de oxígeno casero y la impotencia de sus familiares.

Muchos de ellos, de los paramédicos, llevan largo tiempo sin ver a sus familias, y hoy, cuando hay días que tienen servicios atrasados que no pueden cubrir debido a la elevada demanda de ambulancias; cuando hay jornadas extenuantes durante las cuales no encuentran hospitales con camas disponibles para los contagiados; cuando hay turnos que todos sus servicios son “códigos blancos”, atenciones a pacientes Covid, los paramédicos solo piden una cosa: que la gente se calme, se quede en casa, y deje de esparcir él virus en las calles y lugares cerrados.

Rubén Rodríguez es paramédico y Coordinador Estatal de Socorros en Ciudad de México.

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Bajo su mando operan todos los hombres y mujeres que prestan servicios como paramédicos en la capital del país. Él habla de la saturación del trabajo en estos días pasados, los decembrinos, cuando en ocasiones los infectados tuvieron que esperar horas para que fueran atendidos en un hospital, y eso si había suerte:

-Hemos tenido un problema en los tiempos de espera, en la asignación de los hospitales. Esto se deriva de la capacidad del espacio físico que existe en los hospitales (camas) y de personal (médicos, enfermeras). Por ejemplo, el 13 de diciembre tuvimos un caso atípico de siete horas de espera de la asignación de un hospital. La madrugada de ese día, en ese turno, tuvimos ocho casos que no pudimos atender: en siete de ellos no nos esperaron, en unos decidieron mejor quedarse en su casa, otros decidieron trasladarse por sus medios a la búsqueda de hospitales, y uno más fue atendido por la ambulancia de otra corporación.

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El paramédico Rubén Rodríguez afirma que los tiempos de asignación se han alargado mucho.

-¿Cómo van creciendo sus servicios Covid, sus códigos blancos?

-El punto más bajo de casos fue de 16% en un día. Eso fue alrededor de octubre. Ahorita en el corte de la mañana, por ejemplo, fue del 50%, y ayer en la noche fue de 63%. El gran problema es que eso nos genera un retraso en todos los demás servicios, porque no designan hospitales rápido, y entonces el tiempo de respuesta es muy alto. Llegamos a tener veinte y veinticinco servicios en cola, cuando en los peores casos teníamos dos o tres pendiente.

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-¿Alguna vez habían tenido retrasos similares?

-No. Nunca habíamos tenido los tiempos de retraso que ahorita tenemos. A pesar de todos los esfuerzos que están haciendo entre todos los tomadores de decisiones, la Secretaría de Salud, el CRUM (Centro Regulador de Urgencias Médicas, que es el encargado de decirle a cada ambulancia a dónde llevar un paciente, de acuerdo a la disponibilidad en los hospitales), Cruz Roja, ERUM, hay tiempos de respuesta que nunca habíamos tenido. Por eso el llamado muy insistente para que la gente se mantenga en su casa.

Las ambulancias entran y salen de Polanco, sede central de Cruz Roja, para que sean desinfectadas. Cada miembro de una ambulancia que ha tenido un caso Covid también tiene que volver a la base para desinfectarse antes de continuar su turno. Y eso va atrasando otros servicios. Acaban de llegar dos equipos, recién terminaron turnos: uno tuvo tres de tres códigos blancos, servicios Covid, y el otro cinco de cinco.

-Y hay otros problemas, como el tránsito…

-Sí, el tránsito ha estado como en diciembre de cualquier año. Es como la tormenta perfecta: se están justando diferentes cosas y eso está haciendo que sea vuelva más complicada la operación de todos los prestadores de salud. No hay hospitales ahorita como se quisiera, o los tiempos de espera son muy-muy largos. La gente, por esos tiempos de espera, a veces no ha alcanzado a llegar a un respirador…

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Diego Arcos es líder de paramédicos…

-¿Cómo va el estrés con este nuevo pico de casos?

-Han sido semanas complicadas. Cada vez más van en aumento los casos de Covid. Hay un estrés, un cansancio acumulado. Yo creo que lo más difícil es no saber cuándo va a parar. En abril pensamos que en mayo paraba, y pasó junio; y pensábamos que en julio. Luego iba bajando y otra vez tenemos un repunte bastante fuerte. Eso hace que el nivel de estrés esté alto. En ocasiones cuesta trabajo dormir, hay noches sin poder dormir, se va el apetito. Estás cansado y cuando logras dormir despiertas y sigues cansado. Y cada vez hay nuevos casos de compañeros que dan positivo, entonces viene otra parte del estrés en la que dices: “Cuándo me toca a mí”.

Y justamente, a él le “tocó” unos días después de la cobertura reporteril, que duró dos jornadas: contagiado, ha tenido síntomas leves, aunque molestos: dolor de cabeza y músculos y fiebre. Lo peor es la angustia, el miedo de saber si se la enfermedad se va a agravar.

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Continúa: “Por eso les pedimos que usen cubrebocas. Tú lo viste ahorita en la calle que íbamos al servicio: cuántas personas hay sin cubrebocas. Entramos a escenas con gente con Covid y cuántas personas están sin cubrebocas. O con cubrebocas que no son los correctos.
Diego hace un silencio. Luego tiene una catarsis…

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-Hay personas que quieren salir de casa y habemos personas que queremos regresar a casa. Sigo aislado desde abril, no voy a mi casa. Por ratos veo a mi hija y me vuelvo a separar. Duré cuatro meses sin verla, y ahorita voy otra vez por tres. Nos urge regresar a nuestra vida normal. Urge que mi hija vaya a la escuela, que tenga interacción con más niños, que pueda reír y jugar en un parque, y que yo deje de estar viviendo aquí. Y la gente no entiende…

-¿Cómo han aumentado los servicios Covid de ustedes?

-Hoy en día representan entre el 60 y el 80% de nuestra operación diaria. Muy poquitos servicios son los servicios ordinarios, choques, golpeados, enfermos no por Covid. En verano ya habían bajado a 35%, 20% en ocasiones. Creímos en algún momento que esto paraba porque los casos eran muy aislados, pero vimos cómo iban incrementando poco a poco, paulatinamente. Ayer simplemente se cubrieron 89 servicios Covid, el 70% de nuestro servicio.
Esos 89 códigos blancos en 24 horas representaron un promedio de al menos tres casos por hora. Tres ambulancias ululando cada hora por la Ciudad con enfermos Covid en camillas.

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-¿Y hoy?

-Esta mañana hubo 38 servicios, de los cuales 19 fueron Covid, la mitad. Una tarde está más elevada que la otra, pero no bajamos del 50%. Va para arriba y cada vez somos menos personal luchando día a día: compañeros que presentan una gripa pero que hay que cuidarlos; compañeros que dieron positivo; personas en situación vulnerable. Somos menos pero seguimos luchando. Y esperando que nos vacunen.

-¿Cómo están?

-Cansados, el estado de ánimo mucho más abajo de lo normal, la pasión que tenemos para seguir haciendo esto nos mantiene aquí. Seguimos luchando hombro con hombro para poder derrotar a este virus y lo seguiremos haciendo, pero cada vez vemos menos sonrisas y más ojeras, cada vez nuestros compañeros se ven más demacrados, más cansados…

Hace una nueva pausa.

-Pero mientras podamos seguir ayudando, lo haremos incondicionalmente, solo pedimos: por favor ayúdenos a que esto termine más pronto…

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En medio de la saturación de hospitales, debido al crecimiento de los contagios por coronavirus, y atrapados en el intenso tráfico decembrino que entorpeció su trabajo durante las emergencias, los paramédicos, se enfrentan con un fenómeno que aumenta: pacientes que padecen Covid, pero que por miedo a morir solos en un hospital, lejos de sus familiares, prefieren quedarse en casa, aunque arriesguen sus vidas.

De acuerdo a las actas de defunción de del Registro Civil de Ciudad de México, van 31 mil 70 casos de Covid-19 confirmados o sospechosos. De éstos, en 2,359 casos las personas fallecieron en sus hogares, el 7.59%.

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En la colonia Industrial Vallejo, de la alcaldía Azcapotzalco, vive la señora Natividad Chávez, de 78 años. Ella es hipertensa y desde hace años tiene problemas cardíacos, debido a dos arterias tapadas, pero no ha querido operarse. Ahora está sentada en un sillón y tose: su oxigenación es de 76%, cuando lo normal está por encima del 90%. Lleva ocho días sintiéndose mal y con cansancio extremo. Hasta hoy sus hijas decidieron llamar a la Cruz Roja, porque sus problemas para respirar aumentaron. Un paramédico la valora y le coloca oxígeno. Las hijas narran que hace días ella salió a un velorio, luego a una novenario y probablemente ahí se contagió, pero hay otro problema: ellas salen a trabajar, lo mismo que un sobrino que ahí vive, y pudieron ser foco de contagio. El paramédico les sugiere que vayan a hacerse un examen.

El oxígeno suplementario le da una sensación de alivio a la enferma.    

-Soy otra… -dice.

Ella y sus hijas deciden que se quede en casa con el concentrador de oxigeno. Rechanzan la opción de ir a un hospital…

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Jaime López, de 56 años, vive en la colonia San Pedro Zacatenco, en la alcaldía Gustavo A. Madero. Afuera del domicilio, que es una cerrada con varias casas, hay un letrero rojo enorme del gobierno capitalino alertando que es zona de alto contagio. Y sí: él y su esposa Leticia tienen Covid. Ella es casi asintomática, pero él se siente mal desde hace una semana. Está muy angustiado, tanto que preguntan a la joven paramédico que si puede tomar algo para los nervios. Ella les pide que llamen a un médico a ver si puede prescribirles un ansiolítico. El hombre satura 77%. La paramédico le pone un a mascarilla oxígeno y él siente alivio. La oxigenación sube a 90. Ella les explica que por la saturación que presenta sin oxígeno suplementario debería ir al hospital.

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Se hace un silencio entre las hijas, la esposa y él. Reaccionan y dicen que no, que veamos las noticias con hospitales saturados, que lo van a dejar en un pasillo sin atender.

-¿Le da miedo ir? -le pregunto al enfermo.

-Pues, entre comillas, digamos que sí, porque los hospitales están saturados y la gente se está muriendo ahí… -responde con mirada que refleja temor.

Se les informa que deben meditar bien sus acciones para no tomar una decisión tardía que provoque que cuando él llegue a un hospital esté muy grave. El tanque de oxígeno de Cruz Roja es retirado y el hombre se angustia pobre al ver de nuevo el oxímetro: ahora la saturación es de 70, el vientre se agita, respira con dificultad, le da taquicardia, su frecuencia cardiaca es de 115, como si estuviera corriendo.

Pero no van al hospital, le compran oxígeno, y se encomiendan…

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De vuelta a la base a desinfectar ropa, a tirar trajes Tyvek, guantes, mascarillas, a limpiar todo. Y de nuevo a la calle. Y de inmediato en la radio se avisa de un nuevo código blanco. El ulular de las ambulancias es contante toda la jornada. El estrés de estos hombres y mujeres, los primeros en entrar en contacto con el SARS-Cov-2 para salvar vidas, es un interminable fluir de adrenalina.

Cada vez menos sonrisas, casa vez más ojeras, cada vez más súplicas para que la gente se gente en casa, ahora en enero, y cada vez más peticiones para que los vacunen a ellos también…  

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