Obreras de la mafia: mujeres desechables del narco

Aunque la TV las pinta como muñecas, rodeadas de lujos, la mayoría están “al final” de las estructuras criminales, expuestas a abusos

Obreras de la mafia: mujeres desechables del narco
Una integrante de una mara o pandilla fue detenida en Honduras. Foto: Fuerza Nacional Antimaras y Pandillas de Honduras.
Mundo 03/12/2021 01:52 José Meléndez, corresponsal Actualizada 09:12
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San José.— En las montañas de Colombia son raspachinas y quimiqueras. En las calles de Guatemala, Honduras y El Salvador son paros o colaboradoras. En las barriadas de Brasil son mulas. En los tugurios de Costa Rica son cocineras.

Y en múltiples rincones del resto de América Latina y el Caribe son campanas, vigilantes, cobradoras, motociclistas, transportistas o… proveedoras de placeres sexuales en los escondites de las redes criminales, desde los cárteles del narcotráfico internacional hasta las maras o pandillas juveniles e infantiles, pasando por la delincuencia común y los grupos armados residuales de guerrillas y paramilitares. Son las obreras de la mafia… atrapadas en un tipo de esclavitud.

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Agentes antidroga de Costa Rica custodian a una costarricense arrestada por narcoactividad. Foto: Ministerio de Seguridad Pública de Costa Rica

En el temible entarimado, Centroamérica emergió a mediados de la década de 2010 como tierra de reinas: una hondureña —Nelly Suyapa L. H— reinó en el sicariato y una costarricense —Kattia Marcela S— en los matrimonios falsos, mientras que una guatemalteca —Marllory Dadiana Ch— en el contrabando de cocaína y una nicaragüense —Tanisa Zalezka S— en el tráfico de anfetaminas. Las cuatro cayeron presas y sus reinados con tronos al amparo de operaciones criminales, con nexos dentro y fuera de Centroamérica, fenecieron en las cárceles.

Pero sin el encanto ficticio o el paraíso de telenovelas o películas, en las que se les exhibe como muñecas rodeadas de lujos como piezas de ostentación y de caprichos de los capos del crimen organizado, la realidad es que la mayoría de las mujeres insertadas en las cadenas mafiosas latinoamericanas y caribeñas sobreviven lejos del glamur y cumplen una variedad de tareas peligrosas… como personal de desecho.

“El patrón que se sigue es que las mujeres están al final de la estructura [criminal]”, explicó la socióloga guatemalteca Carmen Rosa de León, directora ejecutiva del (no estatal) Instituto de Enseñanza para el Desarrollo Sostenible de Guatemala.

“En las pandillas [maras] es más evidente: las mujeres entran a realizar tareas delincuenciales casi siempre porque hay un vínculo afectivo entre la mujer y la persona que la induce, que pueden ser el hijo, la pareja o parte del entorno familiar. Hemos encontrado abuelitas que prestan sus cuentas bancarias para extorsiones”, dijo De León a EL UNIVERSAL.

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Una costarricense involucrada en una red de narcotráfico. Foto: Ministerio de Seguridad Pública de Costa Rica

En las maras “están más sujetas a ser capturadas porque se ponen más en evidencia en las extorsiones. Ocupan los lugares más visibles y de más baja categoría en el aparato criminal. En narcotráfico las que han llegado a puestos altos han sido mujeres con cercanía a los cabecillas”, relató.

Al subrayar que, sin importar su rango en la escala delictiva, “todas son también víctimas, victimarias y desechables”, describió que en las maras, que proliferan en México, Guatemala, El Salvador, Honduras y Estados Unidos, “son parte de las bajas (muertas y heridas) por las venganzas entre pandillas: atacan a madres, novias, esposas de los jerarcas [enemigos]”.

Puestos

En el tenebroso mundo marero de las calles guatemaltecas, hondureñas y salvadoreñas —Salvatrucha y 18—, algunas son paros o colaboradoras: desde introducir teléfonos celulares, dinero o droga a las prisiones y captar las ganancias de las extorsiones, venta de drogas y otros delitos hasta transportar personas, plata en efectivo, armas, vehículos y otros objetos. El puesto máximo en la Salvatrucha es ranflero y las ranfleras tampoco abundan.

Las mulas en Brasil son las mujeres reclutadas para traficar droga, dentro o fuera del país, y mover dinero, armas, teléfonos móviles y otros bienes. Las cocineras en Costa Rica son las mujeres que operan laboratorios caseros de droga y producen crack o piedra, obtenida de sobras de cocaína mezcladas con otros ingredientes y en negocios al menudeo con marihuana y cocaína.

En el resto del hemisferio también hay las que cumplen tareas de campanas o de vigilantes, para alertar de cualquier imprevisto, en un entorno en el que están expuestas, junto con su familia, a la drogadicción y al alcoholismo y a la violencia doméstica.

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Una costarricense, tras ser detenida por narcotráfico. Foto: Ministerio de Seguridad Pública de Costa Rica

En la jerga de las selvas en Colombia, las raspachinas son las cosechadoras de la hoja de coca, materia prima de la cocaína, y las quimiqueras son las que aplican las sustancias químicas en el proceso de producción de la droga.

“Ni ángeles ni demonios”, aclaró un informe de 2019 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés) sobre el involucramiento del sexo femenino en la narcoactividad en Colombia.

“Las mujeres que han entrado a desempeñar un papel en el narcotráfico son simplemente personas que, en un momento de sus vidas, impulsadas por múltiples factores, han optado por la realización de actividades ilícitas como medio de vida”, agregó el estudio, del que este diario tiene copia.

Al respecto, Insight Crime, institución privada de Colombia que investiga el crimen organizado internacional, advirtió que “las mujeres que trabajan en la siembra, cosecha y transformación de la droga pueden llegar a sufrir un deterioro en su salud causado por la exposición constante a las condiciones ambientales de las zonas de cultivo, particularmente si se encuentran en embarazo”.

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Policías de Costa Rica sacan detenida de su casa a una mujer, en un caso de narcotráfico en ese país. Foto: Ministerio de Seguridad Pública de Costa Rica

“Ya sea por decisión propia o porque fueron coaccionadas, la participación de estas mujeres tanto en la elaboración como en el tráfico y consumo de estupefacientes proviene en muchos casos de la necesidad de un mejor futuro económico y esto las deja expuestas a riesgos propios del ambiente en el que se desarrolla esta economía ilegal”, añadió.

Más allá de que operen en zonas urbanas y rurales, en áreas montañosas o en ciudades y aldeas de América Latina y el Caribe, por necesidades socioeconómicas o cautivadas por lazos amorosos con hombres criminales, o ambas, las obreras de la mafia no son ni reinas ni muñecas y se asemejan más a… esclavas.

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