En la conferencia de prensa en la que el presidente estadounidense, Donald Trump, detalló la operación en la que Nicolás Maduro fue capturado en Venezuela, el secretario de Estado, Marco Rubio, acaparó las luces, mientras hubo un gran ausente: el vicepresidente JD Vance.
Rubio ha dado entrevistas a diestra y siniestra y Trump adelantó que el secretario de Estado, junto con el de Guerra, Pete Hegseth, y el asesor en temas de seguridad y migración, Stephen Miller, serán los encargados de gestionar la “transición” venezolana, tras la caída de Maduro. Esa “gestión” no pasa por garantizar, al menos por ahora, la democracia en Venezuela, el respeto a los resultados de las elecciones 2024, o nuevas elecciones. Lo importante, considera Trump, es “revivir” la infraestructura petrolera.
Más allá de las intenciones de Trump, la operación en Venezuela es el momento de gloria de Rubio. De origen cubano, ha dejado siempre claro su odio por los regímenes venezolano y cubano. Y esta forma de ver el mundo encajó a la perfección con el deseo de Trump de expandir la influencia de Estados Unidos en América Latina. “Es nuestro hemisferio”, dijo el mandatario el domingo. Y lo dijo literalmente.
Trump ve un hemisferio occidental alineado 100% con sus deseos y ganas de hacer negocios. Para Rubio, ha sido la oportunidad perfecta para lidiar con Maduro y con el régimen cubano, que con la caída del venezolano sufre un golpe mortal.
Mientras tanto, Vance ha sido el gran perdedor. Aunque ha salido a defender la operación en Venezuela, el brillo ha sido, todo, para el secretario de Estado. Y a decir por las palabras de Trump, el vicepresidente tampoco tendrá mucho qué decir en cuanto a cómo ve Estados Unidos el futuro venezolano y la presencia estadounidense, más allá de repetir que “Maduro tuvo muchas oportunidades”.
De cara a las próximas elecciones estadounidenses, lo que pasó en estos últimos días puede ser clave. Rubio es el rostro de la política exterior de Trump, de su visión de “primero Estados Unidos”, de alinear a Latinoamérica y castigar a los rebeldes.
Trump ha dicho que Vance o Rubio podrían ser los candidatos perfectos para sustituirlo, ya que él, por ley, está impedido de buscar una nueva reelección (al menos, hasta el momento). Pero quien tendrá más foco es Rubio. Para bien o para mal.
El secretario de Estado tiene que ver de qué manera lidiar con la Venezuela pos-Maduro. Los venezolanos le importan poco a Trump. Lo que quiere es sacar provecho y garantizar acceso al petróleo.
Por ahora, el chavismo extiende la mano al diálogo, temerosa de terminar en una prisión, o peor. Pero una vez que los intereses económicos de Trump y de los chavistas choquen, las cosas podrían cambiar.
Otro factor es la oposición venezolana, que pronto pasó de la celebración por la caída de Maduro a la preocupación, al verse hecha a un lado del futuro que Trump ve para el país sudamericano.
Los opositores ya dejaron en claro que no basta con que caiga Maduro, que Venezuela necesita democracia y respeto a la voluntad de los venezolanos. ¿Cómo responderán Trump y Maduro?
Por ahora, Rubio disfruta su momento de gloria. Si le durará, si lo impulsará en su carrera hacia la Casa Blanca, o se convertirá en su sepulcro, está por verse.
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