Donald Trump cumple hoy un año en el poder. Para el mundo, han sido 365 de un terremoto que ha transformado la forma de hacer política y cambiado la negociación por la imposición y la amenaza.
Estados Unidos es una democracia porque aún existe una división de poderes, porque hay elecciones libres, porque en teoría hay un Estado de derecho por el cual, todos están sujetos a la ley. Pero es una democracia herida de muerte, con una lesión que causó el hombre al que los estadounidenses eligieron para defenderla.
Hay división de poderes, pero Trump se ha saltado al Congreso para lanzar ataques contra supuestas narcolanchas, igual que para atacar Venezuela y detener al presidente Nicolás Maduro. E inclinó a la Corte Suprema a su favor con más jueces conservadores que liberales, lo que le ha favorecido en diversos juicios. Hay elecciones libres y este año, comicios de medio término donde los republicanos se juegan el mantener la mayoría en el Congreso. Pero Trump, según la Casa Blanca en broma, dijo que “ni siquiera deberíamos tenerlas”. Bajo su propio criterio, ha “logrado tanto”, que esos comicios no tienen razón de ser.
Hay libertad de prensa —otro requisito indispensable de un sistema democrático—. Pero la Casa Blanca hizo a un lado a periodistas de diversos medios para rodearse de influencers y reporteros afines que hagan las preguntas “adecuadas”, que elogien cada acción de Trump. El estilo de Trump se resume a: “Lo quiero, lo tomo”. No hay doctrina, ni política Trump. No importan las alianzas, ni la diplomacia, ni las reglas del derecho internacional, ni los organismos multilaterales. Sólo le importa ganar y obtener lo que quiere, sea el Nobel, el petróleo venezolano… o Groenlandia.
Actúa como un emperador que quiere extender su reino y que cree que el mundo, en su totalidad, le pertenece. ¿Quiere el petróleo venezolano? Pues tira a Maduro y deja, bajo amenaza, al chavismo que controla el negocio del crudo, bajo amenaza de que, o hacen lo que les dice, o les va peor que a su líder. ¿Quiere Groenlandia? Pues amenaza con tomar el territorio danés por la vía militar y a los países de la OTAN con aranceles si se atreven a interferir en sus deseos.
¿Quiere hacer negocios en Gaza? Pues impone un Consejo con la gente que a él le gusta, con funcionarios, presidentes que sólo él puede escoger. Un consejo que decidirá el futuro de los palestinos pero donde la voz definitiva, la única que importa, es la de Trump. Y expresa su deseo de que este Consejo resuelva cualquier conflicto internacional. Si eso significa despacharse a la ONU, pues que así sea, parece pensar.
Trump se ve a él mismo como el emperador de un reino llamado Tierra, donde todos deben obedecer su voluntad y el que no, en vez de ser azotado, es invadido, castigado con aranceles, ignorado. Intentar congraciarse es inútil. Porque si mañana amanece con ganas de que Brasil le entregue la Amazonia, dirá que la necesita “por seguridad nacional”.
La democracia, los derechos humanos, el sufrimiento de los pueblos, le importan poco. Al emperador Trump solo le importa él mismo, su beneficio y el de sus cercanos. Con tal de imponerse, aplasta a quien haya que aplastar. Por eso, nadie está a salvo. El que hoy es aliado, mañana puede ser una piedra en el camino. Nerón quemó Roma. Pero Trump puede incendiar el mundo entero.
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