Líderes del narco: una historia de amor y odio

Mundo 14/06/2021 02:53 José Meléndez, corresponsal Actualizada 15:18
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La prohibición de las drogas y la declaración de guerra de EU catapultó a los capos de México y Colombia al poder; se trata, a decir de expertos, de una política mal diseñada porque agrava el problema

San José.— Luego de que Estados Unidos declaró en 1971 la guerra contra las drogas, en un acto sin precedentes en la historia mundial del crimen organizado, las mafias de México y Colombia se transformaron, aprovecharon la prohibición de los estupefacientes para empoderarse en cárteles y enriquecerse, con lo que emergieron personajes que concitaron una mezcla de odio y amor, y de repudio y admiración, sobre todo en América Latina.

Los jefes en turno del contrabando de marihuana, heroína y después de cocaína en México y Colombia permanecieron por décadas en las sombras como figuras sin mayor trascendencia, pero la proclama que el gobierno estadounidense lanzó el 17 de junio de 1971 de declarar la guerra contra las drogas los catapultó, progresivamente, a un poder también sin antecedentes.

Para el economista colombiano Jorge Restrepo, director del (no estatal) Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos en Bogotá, hay un factor que convirtió a los cárteles y a los capos en poderosos y casi intocables: la prohibición.

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“La prohibición y la criminalización es una política con mal diseño, porque genera unas rentas e ingresos extraordinarias, no sólo del tráfico, sino de la distribución al menudeo de drogas.

“Y toda la cadena de cultivo, provisión de precursores, desde químicos hasta combustibles para procesar, como la gasolina, y la fabricación, el tráfico y la distribución son rentas muy importantes”, dijo Restrepo a EL UNIVERSAL.

“Lo que fracasó es ese puntal de la política contra las drogas basado en la prohibición. El problema está en la prohibición a nivel global, que se le atribuye a Estados Unidos, pero hoy los responsables no son únicamente ellos, sino muchos otros países, comenzando por los asiáticos, con esa perspectiva tan fuerte de mantener la prohibición del consumo de algunas drogas y volverlas ilícitas”, afirmó.

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Cuando el narcotraficante mexicano Pedro Avilés Pérez fue asesinado el 15 de septiembre de 1978 en una emboscada militar en Culiacán, Sinaloa, heredó a su red de cómplices de la mafia de contrabandistas de marihuana y heroína de México a Estados Unidos la necesidad de unirse como organización criminal bajo el concepto de federación.

Sin la fama mediática que luego ganaron sus sucesores, Avilés comandó el tráfico de marihuana y heroína al país de Norteamérica y su asesinato obligó a sus antiguos y principales socios —desconocidos públicamente en ese momento— a aliarse para repartirse el territorio mexicano, en vez de peleárselo en mortales y sangrientas disputas.

De 1978 a 1980, los mexicanos Miguel Ángel Félix Gallardo El Jefe de jefes, Joaquín El Chapo Guzmán, Héctor El Güero Palma Salazar, Amado Carrillo Fuentes el Señor de los Cielos, Ernesto Fonseca Carrillo Don Neto, Rafael Caro Quintero, Ismael El Mayo Zambada, Juan García Ábrego, Don Juan Nepomuceno Guerra Cárdenas, los Beltrán Leyva y los Arellano Félix, entre otros, se reagruparon y organizaron en cárteles, aliados en una federación de reparto de jurisdicciones.

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Fue así como Félix Gallardo (preso), Fonseca Carrillo (prisión domiciliaria) y Caro Quintero (en fuga) fundaron el Cártel de Guadalajara. Los hermanos Benjamín (preso) y Ramón (asesinado) Arellano Félix consolidaron el Cártel de Tijuana. Marco (asesinado) y Alfredo (preso en Estados Unidos) Beltrán Leyva trabajaron en una mafia bajo sus apellidos.

El Chapo (preso), El Güero Palma (en arraigo, tras purgar prisión en México y Estados Unidos) y El Mayo Zambada (prófugo) crearon el Cártel de Sinaloa. El Señor de los Cielos (murió en 1997) creó el Cártel de Juárez.

Guerra Cárdenas (fallecido), experto en contrabando de licor a Estados Unidos desde la década de 1930) y su sobrino García Ábrego (preso) se afianzaron con el Cártel del Golfo.

La repartición operó en algunas ocasiones sin sepultar las rencillas por traición.

Colombia, mientras tanto, reforzó en las décadas de 1970 y 1980 su posición de buque insignia del narco como principal productor mundial de cocaína y puesto de mando de un negocio que proyectó al poder a personajes como Pablo Escobar Gaviria, Gonzalo Rodríguez Gacha El Mexicano, Jorge Luis Ochoa Vásquez, Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela El Señor, José Chepe Santacruz y Hélmer Pacho Herrera, entre otros.

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En uno de sus viajes a Estados Unidos como criador y negociador de caballos, Ochoa intuyó la necesidad de organizar el negocio completo de la distribución de cocaína en un gigantesco mercado como el estadounidense.

En 1976 y en una alianza en el noroccidental departamento (estado) de Antioquia, de ganaderos, traficantes de esmeraldas y otras redes criminales, nació el Cártel de Medellín, liderado por Escobar, Rodríguez y Ochoa. El canal de distribución en Estados Unidos fue montado por Ochoa, con sus hermanos Fabio y Juan David.

Los Rodríguez Orejuela, Herrera y Santacruz fundaron en 1975 el Cártel de Cali, en el suroccidente de Colombia.

Amparado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el narcotraficante hondureño Juan Ramón Matta Ballesteros enlazó a inicios de los 80 a los cárteles de Guadalajara y Medellín en un pacto criminal forjado con la complicidad política de los gobiernos de México y Estados Unidos.

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Relaciones públicas

Con sus finanzas rebosantes, los jefes del narco no olvidaron inmiscuirse en tareas de relaciones públicas para contrarrestar el constante ataque mediático y político que les exhibió como criminales y terroristas culpables del dolor de miles de personas.

El imparable flujo de dinero surgido en la narcoactividad permitió a los capos en México y en Colombia financiar partidos políticos, campañas electorales, reinas de belleza, equipos de futbol, empresas, diputaciones, senaturias, a periodistas, a clanes de sicarios y programas de construcción de viviendas, gimnasios y canchas deportivas o parques.

Cuando murieron o cayeron presos, a nadie extrañó presenciar multitudinarias manifestaciones callejeras en México y en Colombia con escenas de llanto por la muerte o el encarcelamiento de sus benefactores.

“La llamada guerra contra las drogas es un fracaso como tal por sus resultados”, aseguró la comunicadora social guatemalteca Liduvina Hernández, directora ejecutiva de la (no estatal) Asociación para el Estudio y Promoción de la Seguridad en Democracia, en Guatemala.

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“Lejos de significar avances en el control de un asunto que debe atenderse desde la óptica de la salud, el enfoque de dar prioridad a la seguridad dio paso al fortalecimiento de los cárteles. Éstos han crecido, se han diversificado y consolidado en el continente”, aseveró Hernández a este diario.

“Los cárteles acumulan poder local por medio de las redes político-económicas ilícitas que se imbrican con el poder central. Hablar de narco-Estados no es una falacia, como muestran los casos de Honduras y Guatemala”, añadió.

Aunque muertos, hubo algunos agradecimientos en muestras de odio y amor.

El 17 de junio de 2015, al cumplirse 44 años de que Estados Unidos declarara la guerra a las drogas y en un acto que provocó repudio, el gobierno mexicano de Tamaulipas inauguró una calle en Reynosa con el nombre de Juan Nepomuceno Guerra, traficante de drogas y licores, fallecido en 2001 y patriarca fundador del Cártel del Golfo.

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