Por Scarlett Limón Crump
El regreso de Donald Trump al centro de la política internacional no sólo reconfigura alianzas y tensiones geopolíticas. También revive un estilo de liderazgo que muchos creían superado: el del “hombre fuerte”, donde el poder se mide en confrontación, desprecio por las reglas multilaterales y una retórica que privilegia la dominación sobre la cooperación.
En ese escenario, las pocas mujeres que hoy encabezan gobiernos o instituciones internacionales enfrentan un desafío doble. No sólo deben navegar un mundo marcado por guerras, tensiones comerciales y crisis económicas; también deben hacerlo frente a una cultura política que durante décadas ha asociado autoridad con masculinidad. Trump nunca ha ocultado ese estilo. A lo largo de su trayectoria ha ridiculizado públicamente a mujeres periodistas, descalificado a rivales políticas por su apariencia y reducido el debate a ataques personales. Esa lógica no desaparece cuando se traslada a la arena internacional: redefine el tono de la diplomacia y reintroduce una política exterior basada en la intimidación.
Como ha señalado la académica Cynthia Enloe, la política internacional no es neutral al género: está profundamente moldeada por ideas sobre masculinidad y poder. En ese terreno, liderazgos como el de Ursula von der Leyen al frente de la Comisión Europea o el de Claudia Sheinbaum en México enfrentan una paradoja: defender intereses nacionales en un entorno donde la política global vuelve a parecerse a un campo de testosterona geopolítica.
Sin embargo, el liderazgo femenino también ha mostrado otra forma de ejercer el poder. En distintos espacios internacionales, muchas mujeres líderes han privilegiado la negociación, la construcción de consensos y la defensa del multilateralismo como herramientas de estabilidad.
La pregunta es si el mundo está dispuesto a reconocer ese estilo como una fortaleza y no como una debilidad. Porque si algo evidencia la era Trump es que el problema nunca ha sido la capacidad de las mujeres para liderar, sino la resistencia de la política internacional a abandonar sus viejas masculinidades. En un momento en que el poder vuelve a expresarse a golpes de fuerza y espectáculo, quizá el liderazgo más disruptivo sea precisamente aquel que se atreve a gobernar sin necesidad de performar la masculinidad del poder.
Analista Internacional, Doctorante en Estudios de Género
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