El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se burló de una llamada que dijo haber sostenido con la presidenta Claudia Sheinbaum sobre el golfo de México. No es la primera vez. Tampoco es la única dirigente a la que Trump ha tratado de ridiculizar.
La lista incluye al presidente francés, Emmanuel Macron; al primer ministro británico, Keir Starmer; al de Canadá, Mark Carney; al de Países Bajos, Mark Rutte, y a la de Dinamarca, Mette Frederiksen. Trump ha exhibido mensajes enviados en privado por líderes europeos; asegura que dirigentes extranjeros lo han llamado para “besarle el trasero”. Todos, afirma, “mueren” por hacer tratos con él. Enfrente de sus supuestos “amigos” en Latinoamérica, los que se sumaron a su Escudo de las Américas para combatir al narco, dijo que “no voy a aprender su maldito idioma”. Según el mandatario estadounidense, “sólo Jesucristo” es más famoso que él.
Las burlas y críticas contrastan con declaraciones que ha hecho sobre otro tipo de líderes. Al presidente ruso, Vladimir Putin, lo llamó “genio” y hasta le permitió enviar crudo a Cuba pese al bloqueo de EU. A pesar de la molestia que ha expresado porque afirma que el líder del Kremlin le dice “una cosa y hace otra”, y porque no ha podido poner fin a la guerra con Ucrania a pesar de prometer que lo haría en 24 horas, nunca se ha burlado de él como de otros dirigentes democráticos, supuestos aliados.
El presidente de EU pasó de llamar “rocket man” y “maníaco” al líder norcoreano, Kim Jong-un, a calificarlo de “tipo duro”, “honorable”, “líder fuerte”. Se deshizo en elogios por el “trabajo increíble con el problema de la droga” del expresidente filipino Rodrigo Duterte, detenido por órdenes de la Corte Penal Internacional (CPI) por presuntos crímenes contra la humanidad cometidos en su guerra contra las drogas. No tiene empacho en “elogiar” a la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, por hacer, básicamente, lo que él le ordena.
Los líderes que despiertan la admiración de Trump dejan en claro lo poco que le importan las reglas democráticas, el respeto por los derechos humanos, la soberanía de otros países, las alianzas y demás tipos de “nimiedades”.
A Trump le gusta aplastar a los demás, mostrar que él es el que manda. Atacó Irán porque creyó que eso lo mostraría como “el hombre fuerte” al que hay que temer y obedecer; aquel con el que no se juega.
Ambas caras de la moneda evidencian, al mismo tiempo, por qué Trump es un dirigente tan peligroso, capaz de entrar a un país, sacar a un presidente, imponer otro y decir descaradamente que el objetivo no es mejorar la calidad de vida de un pueblo reprimido o empobrecido, sino el petróleo.
Nicolás Maduro en Venezuela, como Miguel Díaz-Canel en Cuba, son indefendibles. Pero también lo son las acciones de un presidente que carece de límites; el líder de la potencia mundial que por décadas fue el símbolo del mundo democrático y que hoy está mucho más cerca de la autocracia.
Trump es un bully que ataca y presume su superioridad sobre todos los que considera más débiles que él; su único límite son otros más bullies que él. Por ellos sí expresa respeto. Para él, arriesgar a soldados estadounidenses, exponer a su Partido Republicano a la derrota en noviembre, incendiar Roma (o EU, si fuera el caso), lanzar ataques selectivos en México o en cualquier otro país, no son ideas descabelladas. Si cree que así manifestará su “grandeza”, lo hará. Dado que, además, se aburre pronto, tiene la capacidad de dejar el mundo en llamas antes de dejar el poder.
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