Por Jorge Lomonaco
El presidente Trump firmó una orden ejecutiva para imponer aranceles a países que vendan petróleo a Cuba, además de considerar al régimen “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad de EU. Ello se suma al aumento de la presencia militar alrededor de la isla en lo que constituye en los hechos, ahora sí, un bloqueo marítimo en el estrecho de Florida.
La cubana es una de las economías más débiles de la región. Con una bajísima productividad y una alta dependencia de las importaciones —para las que no cuenta con divisas—, sufre una contracción acumulada y una profunda recesión. La profunda crisis económica ha provocado severos déficits en la generación de energía por la escasez de combustibles que es imperativo importar, lo que causa apagones constantes. El objetivo de EU parece ser claro: asfixiar económicamente a Cuba con medidas muy bien enfocadas para atizar el descontento popular.
No parece una estrategia absurda. En 2021 las protestas conocidas como 11-J tuvieron en jaque al gobierno y sólo pudieron ser sofocadas con una violentísima represión y procesos judiciales al vapor que dejaron, según reportes confiables, un saldo de casi 200 desapariciones forzadas, a cargo de fuerzas policiales y para-policiales, y hasta cinco muertos. El potencial de una nueva ola de manifestaciones de una población cada día más harta es enorme y la capacidad de respuesta del régimen, considerablemente menor.
Resulta inevitable que Cuba se mire en el espejo de Venezuela. Aunque unos y otros lo negaran repetidamente, la simbiosis entre ambas era evidente. La convergencia ideológica pronto se convirtió en una alianza geopolítica que se afianzó con una codependencia hasta acabar en la invasión de cuerpos de seguridad cubanos. Por encima de Diosdado Cabello, heredero elegido por Chávez, Cuba impuso a Maduro, quien resultaba mucho más fácil de manejar. Si bien Venezuela es ahora tutelada por EU, por lo menos desde la muerte de Chávez lo era por Cuba. La caída de un régimen no puede dejar intacto al otro.
¿Qué podemos esperar? Trump ha dado marcha atrás con frecuencia o ha dejado caer sus amenazas en el olvido: TACO o “Trump siempre se raja”, en buen mexicano. No fue el caso de Venezuela. Como Cuba, forma parte de su patio trasero. A diferencia de Groenlandia, en el país sudamericano Trump no enfrentaba oposición doméstica significativa ni tampoco internacional. En el caso de la isla, todavía menos. Si Venezuela era importante, Cuba es personal para el secretario de Estado, el cubano-americano Marco Rubio. La caída del régimen en la isla sería un triunfo propio y una plataforma significativa para una eventual candidatura presidencial.
Por si fuera poco, la reconstrucción de Cuba sería mucho menos complicada que la de Venezuela. La población en la isla es un tercio del país sudamericano y su territorio menos de una octava parte. Cuba cuenta con buenas instituciones y cuadros en el gobierno preparados durante décadas, mientras que la comunidad cubano-americana está ansiosa desde hace años por invertir cientos de millones de dólares en la isla, tanto por razones sentimentales como por las oportunidades de negocios que avizoran. Para derrocar a Díaz-Canel ni siquiera haría falta una intervención militar quirúrgica como en Caracas. Infiltración de los servicios de seguridad, financiamiento a la sociedad civil y un poco de paciencia serían suficientes.
Diplomático de carrera por 30 años, fue embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos
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