Antivacunas: la reacción de los indignados y olvidados

Tras las manifestaciones espontáneas desencadenadas por el primer confinamiento, la nación experimentó choques violentos en el verano de 2020; en enero pasado fue en reacción al toque de queda para frenar el avance de la variante británica

Antivacunas: la reacción de los indignados y olvidados
Asistentes a una protesta contra las restricciones por el coronavirus en La Haya, el pasado 26 de noviembre. Foto: Kenzo Tribouillard. AFP
Mundo 02/12/2021 02:42 Inder Bugarin / Corresponsal Actualizada 02:45
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Bruselas.— El malestar social se propaga por Holanda como una mecha incendiaria, sin que muestre señales de sofocarse una vez que aparece en las calles.

Tras las manifestaciones espontáneas desencadenadas por el primer confinamiento, la nación experimentó choques violentos en el verano de 2020; en enero pasado fue en reacción al toque de queda para frenar el avance de la variante británica.

En noviembre, la nación volvió a ser testigo de comercios saqueados, vehículos incendiados, choques violentos entre manifestantes y policías, y ataques al personal médico.

Los campos de batalla aparecieron: Rotterdam, La Haya, Stein, Roermond, Urk, Groninga, Spakenburg, Katwijk, Roosendaal y Leeuwarden. La cifra de detenidos bajo cargos de violencia, vandalismo y asalto a la autoridad pública, entre otros, rebasó las 80 personas.

El dimisionario Ministro de Justicia de Países Bajos, Ferd Grapperhaus, aseguró que la violenta manifestación en el puerto de Rotterdam fue organizada por criminales profesionales; el premier Mark Rutte los llamó “idiotas”.

Para Ettore Recchi, profesor de Sociología en Sciences Po, en París, las recientes protestas en Holanda y que tuvieron eco en Bélgica, Austria, Croacia y Dinamarca no son acontecimientos aislados ni repentinos ni exclusivos del contexto de la pandemia, forman parte de un fenómeno asociado al malestar social, al distanciamiento con el sistema y que ha ido creciendo en Europa en la última década, teniendo como más reciente antecedente a los chalecos amarillos en Francia.

“No tiene mucho que ver con Covid o la salud, más bien con la crisis que hay en occidente. En los últimos 30 años la globalización ha dejado atrás a las clases medias bajas, las grandes perdedoras, que están indignadas y lo manifiestan en todo evento posible (...) El relativo despojo del que han sido objeto ha provocado que pierdan fe en la política. Saben que no pueden esperar mucho de la actual configuración política, por lo que se afianzan a sus libertades”.

En entrevista con este diario, explica que la ciudadanía es el vínculo entre el individuo y la normativa, y está regido por derechos y compromisos. En la actualidad, el sentido de ciudadanía se quebró, lo que resultó en que muchas personas estén dispuestas a renunciar a obligaciones, que algunos estudiosos definen como lightening of citizenship.

“Así que si la vacuna es la obligación, ellos dicen no, ellos dicen la ciudadanía son derechos, pero no obligaciones, porque se sienten desfavorecidos. Ese es el fondo del proceso, no tiene nada que ver con la situación de salud”.

El también profesor en el Centro de Políticas Migratorias del Instituto Universitario Europeo de Florencia afirma que “no son idiotas”, sino que tienen una clara lectura de lo que ha ocurrido en las últimas tres décadas en materia de distribución de la riqueza.

“Son los perdedores, están perdidos, y lo saben. No son ningunos idiotas, hasta cierto sentido son víctimas. ¿Criminales? Depende de lo que hagan”. Recchi dice que el salir a las calles conscientes de que circula un virus potencialmente mortal refleja el sentimiento de revuelta, de enojo hacia un Estado que no ha cuidado de los rezagados, el desvanecimiento de la confianza colectiva y el fortalecimiento del síndrome del individualismo. “Hay una amenaza adicional (...) a causa de la inflación. Si los precios aumentan será leña sobre el fuego. Eso es aún más peligroso que el Covid”.

Jelle van Buuren, profesor de la Universidad de Leiden, coincide en que detrás de lo visto en las calles está el malestar social, al igual que la desconfianza de larga data en el gobierno por temas que van desde falta de acceso a vivienda y empleo permanente, hasta discriminación basada en perfiles étnicos.

“A causa de dos décadas de políticas neoliberales y recortes en los servicios sociales, un número cada vez mayor de ciudadanos se siente desalineado con el sistema político y la administración pública, sienten que sus voces no son escuchadas, no son tomadas en serio, se sienten abandonados”, dice a EL UNIVERSAL, pero ve en las manifestaciones una acumulación de frustración asociada a los confinamientos, particularmente entre los jóvenes. La resistencia, dice, está formada por una eléctrica mezcla entre individuos, redes y grupos organizados.

“En cada uno de estos espacios, el pensamiento conspirativo es parte de la cosmovisión y la forma como explican la crisis de coronavirus; se basa en la desconfianza en la política, la ciencia y los medios. Las redes (...) son una fuente importante para difundir las teorías de la conspiración, pero también para organizar manifestaciones y, a veces, disturbios. Las medidas las consideran un atentado más a sus libertades y autonomía”. El investigador sostiene que en el caso de Holanda, crece el número de ciudadanos que desconfían en la estrategia gubernamental contra la pandemia.

Advierte que mientras la frustración y la ira subyacente sigan arraigadas, habrá que esperar más disturbios.

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