Lo que inició en 1843 como una manda al Señor de la Cuevita para salvar de una pandemia del cólera, este viernes refrendó su poder de convocatoria en la alcaldía Iztapalapa y demostró, un año más, por qué la representación de la muerte de Jesús fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

En contraste con los días lluviosos y fríos de principios de semana, ayer salió el sol, las altas temperaturas no detuvieron el fervor de los capitalinos y turistas, quienes acudieron al Viacrucis que culminó con la crucifixión del nazareno, interpretado por Arnulfo Eduardo Morales Galicia, egresado de la Facultad de Medicina de la UNAM.

El reconocimiento internacional de la UNESCO fue simbólico y representativo para los más de tres mil actores y extras que participaron en esta edición y quienes mostraron su orgullo y dedicación en cada pasaje bíblico que se ejecutó en la Casa de Los Ensayos, la Macroplaza de Iztapalapa y el Cerro de la Estrella.

Israel Ramírez, quien viene desde Atlalico,hizo el recorrido con una cruz que pesaba 140 kilos. Foto: Luis Camacho/ EL UNIVERSAL
Israel Ramírez, quien viene desde Atlalico,hizo el recorrido con una cruz que pesaba 140 kilos. Foto: Luis Camacho/ EL UNIVERSAL

Los asistentes presenciaron las tres caídas y asombrados por la valentía de Arnulfo Eduardo Morales en su papel del Rey de los Judíos, lo acompañaron por más de ocho kilómetros cargando una cruz de entre 95 y 98 kilos aproximadamente y seis metros de largo.

A las 16:26 horas, el mesías cumplió su sentencia y fue crucificado en el Cerro de la Estrella que, por un momento, se convirtió en el Monte del Calvario.

El misticismo de esta tradición se reflejó en el cielo, que pasó de un fuerte sol que pegó durante el recorrido por los ocho barrios, a un cielo nublado al momento en que Jesús subió a la cruz y murió.

La representación 183 es la primera que cuenta con el respaldo de la UNESCO, y aunque no hubo una novedad en diálogos y escenografía, la fe y devoción a una tradición se hizo presente como cada año.

Desde temprana hora se observó a nazarenos de todas las edades envueltos en fe, devoción e, incluso, dolor por el desempeño físico de cargar la cruz, algunos descalzos, otros con huaraches.

De acuerdo con el Comité Organizador de la Semana Santa Iztapalapa (COSSIAC), alrededor de 6 mil jóvenes, adultos y niños recorrieron las calles de Iztapalapa cargando cruces de todos los tamaños por amor a Cristo, agradecimiento e, incluso, una manda y, a la vez, reforzando una tradición devota que se niega a morir.

Xiany Harumi, de siete años, acudió por segunda vez al Viacrucis; con fe y amor recorrió, con una pequeña cruz, las calles de Iztapalapa para cumplir con una manda y tener una mejor salud, pues padeció malestar en sus pulmones.

“Me siento muy orgullosa y feliz, porque yo pedí estar bien y se me cumplió”, comentó.

Israel Ramírez, quien viene desde Atlalilco, hizo el recorrido impulsado por la fe y un motivo muy claro: pedir por el bienestar y la salud de su familia y de quienes lo rodean.

Su cruz pesaba aproximadamente 140 kilos, una carga que se vuelve aún más demandante con los cerca de 80 adornos que la acompañan este año. Cada elemento tiene un significado, convirtiendo el recorrido en una experiencia de resistencia y devoción.

Viridiana Flores, del Barrio de San Sebastián, en Iztapalapa, presenció la representación entre lágrimas y suspiros, ya que, dijo, era un sueño que llevaba toda su vida esperando cumplir. “Mi corazón se rompe”, expresó llorando al recordar el momento en que Jesús fue golpeado con látigos. Con información de Luis Camacho

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