Crónica de una cena cannábica

El uso del CBD ha tenido una mayor apertura en la alta cocina, chefs han encontrado en este componente no psicoactivo de la marihuana un elemento interesante con el cual lograr experiencias únicas y controladas

cena cannábica
Foto: Raquel del Castillo
Menú 16/12/2020 01:00 Raquel del Castillo Actualizada 12:43
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Hola, te esperamos a las siete en punto para cenar, la ubicación de nuestro Food Sesh viene adjunta. Gracias por elegir esta experiencia. Decía el mensaje que tanto esperé todo el día para llegar a la cena canábica en La Juárez. Nunca había ido a una, y no sabía qué esperar. No fumo mota porque me da sueño y tampoco me gustan los brownies porque dan esa sensación de bajón, en donde sientes que te vas a morir, no es lo mío. Aún así decidí tomar el riesgo de ir a conocer esta cena clandestina, al menos el menú se leía delicioso: comida tailandesa, arte y una terraza al aire libre.

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Fui de las primeras en llegar. En cuanto abrieron la puerta, mi primera impresión fue de haber entrado a una sesión de spa. Tanto la cocinera A, como la artista V me recibieron en atuendos blancos, ¿un poco de gel?, ¿te puedo tomar la temperatura?, como las preguntas inmediatas. 

Todo comenzó en el recibidor del depa con un cocktail de sake y una rodaja de papa a manera de tostada con atún curado y wasamole, un guacamole muy sencillo con wasabe, cremoso y astringente. Al terminarlo me llevaron a la terraza, una mesa muy bajita que invitaba a sentarse en el suelo. Entré en el primer hueco que vi, me quité los zapatos para no ensuciar las telas blancas que cubrían el piso, además de que era más cómodo. Noté que varios hicieron lo mismo, así que no lo dudé. 

  • La dosis de consumo por persona de CBD en una cena de este formato es de 40 mg.

Es curioso tener una experiencia tan íntima y no conocer a nadie en la mesa en donde se va a compartir la cena. Al centro estaba A con todos los ingredientes con los que cocinaría a lo largo de la velada, era un bodegón iluminado por las velas y las luces del jardín. Yo me sentía normal, ya habían pasado 30 minutos desde mi primer bocado y yo no sentía cambios. Presté atención a la música, una mezcla extraña entre drum n´bass y jazz. 

Sobre una loseta llegó una hoja de lechuga tatemada en la cual dispusieron fideos chinos. Comencé a pellizcar la hoja, de sabor dulce y textura suave. Empecé a ser torpe con el tenedor, así que los últimos noodles los comí con la mano a discreción. No conocía a nadie, así que los buenos modales podía dejarlos para después.

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El tercer tiempo fue una ensalada de pulpo con alga aonori, uvas y tomate verde. Una combinación interesante de acentos ácidos, dulces y de mar. Fue en ese momento cuando comencé a escuchar las conversaciones y el clac clac de los platos que iban y venía de la mesa improvisada a la cocina. Eran las 8:15 de la noche y algo había cambiado.

Lo siguiente fue un pescado con miso, una pasta de frijol suave. La carne era tan suave que decidí volver a usar las manos para explorarlo y cerciorarme de que no tuviera alguna espina. Además del sabor, lo placentero fue el sonido del papel encerado en el que venía servido, muy similar al papel de china, era un ruido como de radio mal sintonizado.

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Después llegó una ensalada de papaya verde al estilo tailandés con salsa de pescado, cacahuate y coco hecha delante de nosotros por A. Un sabor agridulce que le dio paso al kimchi, un momento que rompió en el paladar por su acento fermentado en boca. En ese momento repasé el cómo regresar a casa, no olvidar la bolsa y lo más importante, localizar mis zapatos. 

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De postre llegó medio mango con sticky rice sobre una copa de champagne con leche de cereal, ¿qué hace un mango en diciembre si no es su temporada? La verdad es que no lo rechacé, lo tomé con las dos manos y lo devoré, era tan dulce como si hubiésemos estado en pleno agosto. Eran las 10 en punto de la noche, decidí ir a casa, me sentía satisfecha, y aunque pasara el tiempo  no sentía la necesidad de saciar el famoso monchis, eso sí, dormí como un bebé sin interrupciones. 

 

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